Los valores como guías que hacen que nuestros actos tengan significado, que los dotan de sentido y de dirección son continuamente mentados por todo tipo de personas en todo tipo de situaciones como un recurso bastante útil que hace cargarse a uno de argumentos en múltiples sentidos y para sostener múltiples y a veces hasta dispares argumentaciones.
A veces se aduce a la falta de los mismos, o a su pérdida, otras veces se recuerdan ciertos valores para justificar acciones, pero pocas veces se hace un análisis crítico de qué son los valores, cuáles debieran ser los valores fundamentales en nuestra sociedad, y qué papel deben jugar éstos en nuestras actividades diarias, abarcando campos tan dispares pero a la vez tan relacionados como pueden ser la economía, la psicología y la política.
Sobre estos tres campos se me revela una reflexión surgida de la lectura de diversos textos, artículos sobre individualismo, economía de mercado, políticas neoliberales, psicología positiva (y los omnipresentes manuales de autoayuda y el coaching), y también sobre modelos alternativos de plantearse la economía (Economía del Bien Común, Economía Solidaria, modelos neomarxistas etc.), la política y la psicología. Un elemento central, que no el único y puede que ni siquiera el principal, de esta confrontación entre formas distintas y antagónicas de plantearse la vida en sociedad, el yo, la personalidad humana, las políticas públicas etc. Son los valores que las ponen en juego, que las sustentan.
A nadie se le escapa que la economía capitalista de mercado está sustentada por una serie de premisas que priman, por encima de todo la máxima ganancia personal (o corporativa), muchas veces por encima de cualquier consideración ética, ecológica y humana. Esta máxima, la cual podemos ver como la mayoría de las personas de nuestra sociedad justifica como “natural” (cuando lo natural es exigir que el fin último de las entidades sociales sea el bien de toda la sociedad, que es la que les permite desarrollarse y existir), no lo es tanto si profundizamos un poco en los valores que lleva asociados. La economía de mercado se mueve por motores de dudosa utilidad en nuestras relaciones personales: insolidaridad, desprecio, falta de empatía, competencia extrema…Si preguntáramos a cualquier persona si éstos valores le representan, la mayoría diría que no, entonces, ¿por qué permitimos que la economía, verdadero eje vertebral de nuestras sociedades se rijan por valores que las personas ni queremos ni utilizamos en nuestras relaciones óptimas y satisfactorias? Incluso en las relaciones comerciales, la cooperación se ha mostrado mucho más eficiente que la competencia, pues el establecimiento de metas comunes y el trabajo conjunto para conseguirlo es mucho más motivante que el miedo constante a no estar a la altura de ser más que el “contrario” para superarle.
Tres cuartos de lo mismo pasa en los campos de la política y la psicología. El neoliberalismo, ideario político de aquellos que más se benefician con el funcionamiento antes descrito de la economía, nos brinda políticas públicas de desmantelamiento de todo lo común, lo público, pues no consideran que algo que afecta a la toda la población deba ser administrado bajo criterios no empresariales y creen que cualquier herramienta del estado dirigida a corregir las desigualdades existentes en nuestras sociedades son un mal gasto del dinero público. Estamos pues, ante la evidencia de la misma contradicción: insolidaridad, egoísmo, falta de empatía, desprecio al débil…
En los últimos años venimos asistiendo a una ola gigante que arrasa con lo mejor de la psicología científica, clínica, básica, académica, y esta ola tiene en su cresta una enorme sonrisa, tan grande que allá por donde pasa nubla la realidad de todos aquellos que quedan absortos por tan grande resplandor. La psicología positiva, la cual bebe en sus raíces del individualismo norteamericano y la ideología del self-made-man (hombre hecho a sí mismo), y sus correlatos literarios de la autoayuda y comerciales del coaching, dibuja una concepción del ser humano como autocausado, autodeterminado, sólo en el mundo, autodirigido y el cual debe, como fin último, conocerse al máximo para autorrealizarse y así llegar cuanto antes y para siempre a la felicidad, la propia. Es decir, una persona que sólo debe preocuparse por ser feliz, cueste lo que cueste, pues ese es el fin último de la existencia humana (otro de los mantras que muchas personas en nuestra sociedad consideran como natural), sin tener en consideración a los demás sólo como herramienta que ayuden en un determinado momento a conseguir ese fin (incluso con obras de caridad incluso intervención social). De nuevo, tenemos una disciplina fundamental en nuestras sociedades que nos marca cómo somos, por qué hacemos lo que hacemos y cómo debiéramos ser para funcionar adaptativamente en sociedad, diciéndonos que los valores sobre los que se sustenta la esencia humana son el egoísmo, la falta de empatía, la competencia, la insolidaridad, el beneficio propio antes que nada etc.
A parte de los valores, hay otra característica muy relacionada que se deja entrever y que puede llegar a estructurar diferencialmente el binomio antes señalado en forma de valores. Podríamos, de una forma simplona pero no muy desacertada, dividir esos dos campos opuestos que tímidamente se han dibujado y descrito y que son sustentados por valores opuestos, siendo separados por una línea de cal blanca donde a un lado es presidido por la competencia y otro por la cooperación, como dos ejes vertebradores de todo lo anteriormente expuesto
Ante esta situación, cabe preguntarse por qué, si la abrumadora mayoría de las personas de nuestras sociedades si la dan a elegir escogería como propios valores como la sinceridad, el aprecio, el respeto, la empatía, la ayuda mutua etc., en campos tan importantes como los descritos, hay serios y fuertes intereses en funcionar bajo los valores opuestos.
La respuesta, a estas alturas del partido, creo que está bastante clara, pues al Poder (sobre todo económico que se sirve del político y de ciertos campos académicos como la psicología mencionada pero también de la psiquiatría, la farmacia, la sociología, la ley etc.) le viene muy bien que estemos aislados, que compitamos ferozmente, que creamos que en este mundo sólo importa lo que nos pase a nosotros porque nuestro objetivo vital es únicamente ser felices y sacarnos las castañas del fuego nosotros mismos, pues en la medida en que estemos entretenidos en esa tarea, si no aprendemos a cooperar, ser solidarios, empáticos, si no sabemos escuchar y relacionarnos bajo valores que fomenten el aprecio entre seres iguales, nunca podremos articular un relato común de nuestras situaciones, y mucho menos poner en tela de juicio las relaciones de poder que nos oprimen y hacen que nuestra existencia (o la de nuestros semejantes bajo situaciones de injusticia social) no sea la deseada, y nunca podremos, y esto es lo que más miedo les da, cambiar esas situaciones mediante la acción común, mediante la fuerza de la unidad.



