domingo, 26 de octubre de 2014

Valores que nos hacen humanos…y les dan miedo


Los valores como guías que hacen que nuestros actos tengan significado, que los dotan de sentido y de dirección son continuamente mentados por todo tipo de personas en todo tipo de situaciones como un recurso bastante útil que hace cargarse a uno de argumentos en múltiples sentidos y para sostener múltiples y a veces hasta dispares argumentaciones. 

A veces se aduce a la falta de los mismos, o a su pérdida, otras veces se recuerdan ciertos valores para justificar acciones, pero pocas veces se hace un análisis crítico de qué son los valores, cuáles debieran ser los valores fundamentales en nuestra sociedad, y qué papel deben jugar éstos en nuestras actividades diarias, abarcando campos tan dispares pero a la vez tan relacionados como pueden ser la economía, la psicología y la política.

Sobre estos tres campos se me revela una reflexión surgida de la lectura de diversos textos, artículos sobre individualismo, economía de mercado, políticas neoliberales, psicología positiva (y los omnipresentes manuales de autoayuda y el coaching), y también sobre modelos alternativos de plantearse la economía (Economía del Bien Común, Economía Solidaria, modelos neomarxistas etc.), la política y la psicología. Un elemento central, que no el único y puede que ni siquiera el principal, de esta confrontación entre formas distintas y antagónicas de plantearse la vida en sociedad, el yo, la personalidad humana, las políticas públicas etc. Son los valores que las ponen en juego, que las sustentan. 

A nadie se le escapa que la economía capitalista de mercado está sustentada por una serie de premisas que priman, por encima de todo la máxima ganancia personal (o corporativa), muchas veces por encima de cualquier consideración ética, ecológica y humana. Esta máxima, la cual podemos ver como la mayoría de las personas de nuestra sociedad justifica como “natural” (cuando lo natural es exigir que el fin último de las entidades sociales sea el bien de toda la sociedad, que es la que les permite desarrollarse y existir), no lo es tanto si profundizamos un poco en los valores que lleva asociados. La economía de mercado se mueve por motores de dudosa utilidad en nuestras relaciones personales: insolidaridad, desprecio, falta de empatía, competencia extrema…Si preguntáramos a cualquier persona si éstos valores le representan, la mayoría diría que no, entonces, ¿por qué permitimos que la economía, verdadero eje vertebral de nuestras sociedades se rijan por valores que las personas ni queremos ni utilizamos en nuestras relaciones óptimas y satisfactorias? Incluso en las relaciones comerciales, la cooperación se ha mostrado mucho más eficiente que la competencia, pues el establecimiento de metas comunes y el trabajo conjunto para conseguirlo es mucho más motivante que el miedo constante a no estar a la altura de ser más que el “contrario” para superarle.

Tres cuartos de lo mismo pasa en los campos de la política y la psicología. El neoliberalismo, ideario político de aquellos que más se benefician con el funcionamiento antes descrito de la economía, nos brinda políticas públicas de desmantelamiento de todo lo común, lo público, pues no consideran que algo que afecta a la toda la población deba ser administrado bajo criterios no empresariales y creen que cualquier herramienta del estado dirigida a corregir las desigualdades existentes en nuestras sociedades son un mal gasto del dinero público. Estamos pues, ante la evidencia de la misma contradicción: insolidaridad, egoísmo, falta de empatía, desprecio al débil…

En los últimos años venimos asistiendo a una ola gigante que arrasa con lo mejor de la psicología científica, clínica, básica, académica, y esta ola tiene en su cresta una enorme sonrisa, tan grande que allá por donde pasa nubla la realidad de todos aquellos que quedan absortos por tan grande resplandor. La psicología positiva, la cual bebe en sus raíces del individualismo norteamericano y la ideología del self-made-man (hombre hecho a sí mismo), y sus correlatos literarios de la autoayuda y comerciales del coaching, dibuja una concepción del ser humano como autocausado, autodeterminado, sólo en el mundo, autodirigido y el cual debe, como fin último, conocerse al máximo para autorrealizarse y así llegar cuanto antes y para siempre a la felicidad, la propia. Es decir, una persona que sólo debe preocuparse por ser feliz, cueste lo que cueste, pues ese es el fin último de la existencia humana (otro de los mantras que muchas personas en nuestra sociedad consideran como natural), sin tener en consideración a los demás sólo como herramienta que ayuden en un determinado momento a conseguir ese fin (incluso con obras de caridad incluso intervención social). De nuevo, tenemos una disciplina fundamental en nuestras sociedades que nos marca cómo somos, por qué hacemos lo que hacemos y cómo debiéramos ser para funcionar adaptativamente en sociedad, diciéndonos que los valores sobre los que se sustenta la esencia humana son el egoísmo, la falta de empatía, la competencia, la insolidaridad, el beneficio propio antes que nada etc. 
A parte de los valores, hay otra característica muy relacionada que se deja entrever y que puede llegar a estructurar diferencialmente el binomio antes señalado en forma de valores. Podríamos, de una forma simplona pero no muy desacertada, dividir esos dos campos opuestos que tímidamente se han dibujado y descrito y que son sustentados por valores opuestos, siendo separados por una línea de cal blanca donde a un lado es presidido por la competencia y otro por la cooperación, como dos ejes vertebradores de todo lo anteriormente expuesto 

Ante esta situación, cabe preguntarse por qué, si la abrumadora mayoría de las personas de nuestras sociedades si la dan a elegir escogería como propios valores como la sinceridad, el aprecio, el respeto, la empatía, la ayuda mutua etc., en campos tan importantes como los descritos, hay serios y fuertes intereses en funcionar bajo los valores opuestos.

La respuesta, a estas alturas del partido, creo que está bastante clara, pues al Poder (sobre todo económico que se sirve del político y de ciertos campos académicos como la psicología mencionada pero también de la psiquiatría, la farmacia, la sociología, la ley etc.) le viene muy bien que estemos aislados, que compitamos ferozmente, que creamos que en este mundo sólo importa lo que nos pase a nosotros porque nuestro objetivo vital es únicamente ser felices y sacarnos las castañas del fuego nosotros mismos, pues en la medida en que estemos entretenidos en esa tarea, si no aprendemos a cooperar, ser solidarios, empáticos, si no sabemos escuchar y relacionarnos bajo valores que fomenten el aprecio entre seres iguales, nunca podremos articular un relato común de nuestras situaciones, y mucho menos poner en tela de juicio las relaciones de poder que nos oprimen y hacen que nuestra existencia (o la de nuestros semejantes bajo situaciones de injusticia social) no sea la deseada, y nunca podremos, y esto es lo que más miedo les da, cambiar esas situaciones mediante la acción común, mediante la fuerza de la unidad.

domingo, 12 de octubre de 2014

¿”Hay que aislar al ébola, no a los países”?

 “Isolate Ébola, not countries” es la frase que ayer, en la conferencia de prensa que daba cierre a la asamblea anual del Fondo Monetario Internacional en Washington, lucía Christine Lagarde en su solapa. Después de una semana leyendo en redes sociales las múltiples opiniones al respecto de lo que ya algunos llaman la “crisis del ébola”, casi una por cada persona con acceso a la web, y cansada del maquillado o a veces explícito argumento de que los casos de ébola africanos deben quedarse en África, leer que la directora del FMI sostiene una postura similar a la mía me alivió considerablemente; sentimiento que se reforzó al leer la siguiente frase de su intervención: “Si se necesitan más recursos para frenar el brote en África Occidental, estaremos ahí". Casi caigo en la trampa de la complacencia.


  Los altos niveles de adrenalina y cabreo acumulados con cada conversación que he mantenido al respecto del polémico traslado de voluntarios infectados a España me hizo defender, uno de los días en los que perdí la inhibición prefrontal en el debate, una enésima secuela de Saw, versión reality, en España… pero Lagarde no está indignada porque un grupo de listillos cuya militancia social se limita a desarrollar agujetas escribiendo en facebook quiera eliminar la única posibilidad existente hoy en día de que no se reduzcan aún más las plantillas de profesionales adecuadamente formados que pueden mantener a raya la enfermedad en Liberia, Sierra Leona y Conakry condenándolos a ellos, y a los receptores de sus futuros cuidados en el caso de que su recuperación hubiera salido bien, a una muerte segura mientras más profesionales locales se infectan por la alta presión del cuidado (y esto es, tener que cuidar a muchos, con cuidados complejos y con sólo dos manos) y figuran como bajas del equipo asistencial por no poder ser evacuados; es decir, por no ser ciudadanos españoles, ni norteamericanos, ni franceses… y mientras países con adecuados medios sanitarios esperan a que les toque de cerca para enviar dichos medios que, no sé si por casualidad o por cuestiones de guerra preventiva que no hace más que perpetuar la idea de que el ser humano es una alimaña, son propiedad del ejército. No, Lagarde no siente rabia; Lagarde sólo dice lo que sabe que algunos queremos oír haciendo alarde de sus buenas dotes de comunicación política y de su conocimiento de que, hace tan sólo unos meses, la ha cagado bien cagada de cara a la opinión pública.

Resulta que la realidad en África del oeste, ese lugar del mundo rejodido, como diría Galeano, desde que en las décadas 50 a 70 los territorios que hoy la conforman lograran su independencia con la promesa enunciada por Francia de constituir en ellos dos grandes estados, un estado Tuareg y el gran Estado de África del Oeste, como respuesta a los reclamos de sus gentes: la reunificación étnica de parte del áfrica negra tras la separación acaecida por la división fronteriza en la época colonial, a modo de muro de Berlín invisible, y la independencia de un pueblo con un sistema organizativo político y social, ético y religioso diferente al del resto, la comunidad Tuareg… la realidad de esta región… es que la infraestructura sanitaria, y no solo esta, no es suficiente para sustentar la carga asistencial derivada de una enfermedad como el ébola, pero tampoco la de la malaria, malnutrición crónica, o diarrea aguda… contribuyentes todas ellas a la alta tasa de mortalidad, fundamentalmente infantil, de estos países y, por tanto, la presencia de agentes externos se hace indispensable.

La realidad es también que el único agente externo con capacidad para organizar hospitales de campaña por conocimientos y medios es Médicos Sin Fronteras, ONG paradójicamente francesa, cuya labor está siendo irremplazable pero que, recordemos, ni en esta ocasión ni en sus demás proyectos, al igual que gran parte de las iniciativas de cooperación al desarrollo de otras organizaciones distribuidas por el planeta, favorecen los cambios estructurales necesarios para que esa dotación sanitaria, necesidad básica y derecho de los pueblos, sea costeada por quién debe hacerlo: los propios gobiernos de los países en desarrollo o como también los definía Galeano y volviendo a citarle, de los “países arrollados por el desarrollo ajeno”. Y es que un profesional de la cooperación al desarrollo correctamente formado debe entender y respaldar que, si su trabajo está bien hecho y da resultados, el destino del mismo es desaparecer y no ser necesario. Toda medida que no se encamine a este objetivo supone crear dependencias, tan injustas e indignas como el propio empobrecimiento.

Entonces… ¿dónde está la incidencia sociopolítica, el poner contra las cuerdas al gobernante de turno, cada vez que se construye un hospital con fondos extranjeros? Hay que salvar vidas, sí, y además empoderarlas, hacerlas dueñas de esa vida que salvamos y eso… eso supone cambiar la política allí, en África, haciendo a los gobiernos responsables de la vida de su gente sin que incluyan, como ya he visto, las partidas económicas de cooperación al desarrollo provenientes de gobiernos extranjeros como uno de los ingresos estables en sus presupuestos anuales del estado; pero también aquí, incidiendo sobre nuestros gobiernos, para que ese envío de dinero en el marco de la cooperación al desarrollo coopere al desarrollo del país receptor y no al propio, al ir acompañados de concesiones territoriales a empresas nacionales o privilegios arancelarios para la importación de materia prima africana y exportación de residuos europeos.

Aquí es donde está la trampa de Lagarde, cabeza de lista y ojalá lo fuera (porque de eso se derivaría el hecho de su elección más o menos democrática que es hoy en día una utopía) de una de las estructuras económicas que sustenta la realidad de la desigualdad mundial. Por eso no puedo evitar una sonrisa socarrona de medio lado cuando leo que desde ella se nos invita a no aislar a los países afectados cuando, de hecho, llevan aislados del ritmo frenético de crecimiento de otros durante décadas y son las políticas económicas que parten de organismos como el que preside las principales responsables de ello. 



Lagarde se ha comprometido a costear los gastos necesarios, iniciativa a la que también se ha sumado Mario Draghi desde el Banco Mundial, pero… ¿Qué implica enviar dinero en concepto de apoyo sanitario a África para el FMI? ¿Hasta qué punto nos estamos salvando a nosotros mismos, a nuestra propia gallina de los huevos de oro, y no llevando a cabo un acto de justicia social? Y lo más importante… si esta iniciativa auxiliadora lleva detrás un análisis de necesidades y una intención sanadora que parte de la sensibilidad hacia la vida humana, ¿porqué no se habla de la República Democrática del Congo delante de los micrófonos, donde la epidemia sigue extendiéndose? Es que la R.D.C ya está muy vista… primero el Ébola, donde este virus ya sembró el pánico en 1976 (aunque previamente lo había sembrado en Europa un virus similar, el marburgo, pero los trapos sucios mejor lavarlos en casa…); luego las matanzas entre hutus y tutsis que atravesaron las fronteras del norte del país usadas como vía de escape por los tutsis para salvar la vida en el genocidio de Ruanda; más tarde la guerra del coltan, donde los niños no mueren por su mala suerte al haberse infectado de un virus sino porque los que mantienen abiertas las minas, empresas tecnológicas no precisamente africanas que necesitan dicho material para fabricar baterías ligeras, han decidido su suerte… ¿y ahora otra vez el Ébola? Esto es afán de protagonismo. No, no hay gratuidad, vivimos en un mundo interesado en el que hasta del Ébola se sacará beneficio; eso sí, para los de siempre. Ya expresó Jean-Marie Le Pen que “el Ébola puede solucionar el problema de la inmigración en tres meses”; de hecho, lo ha solucionado. Por primera vez un virus se ha convertido en experto en comunicación política y manipulación de la opinión pública.