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viernes, 26 de junio de 2020

Para entender Estados Unidos hay que entender el western. Parte 1- De Ford a Leone


Hace unos meses escribí en esta misma publicación una entrada sobre la importancia del cine de samurais para entender la cultura, la sociedad y la política de un país como Japón. En este tiempo, hemos visto como todo el mundo pero particularmente Estados Unidos ha vivido una temporada particularmente convulsa, por lo que quizá parezca una cita obligada el hacer lo propio con el gran genero del cine americano, el Western. Es de conocimiento público que el cine del Oeste es a la sociedad estadounidense lo que el cine de samurais es para la Japonesa (literalmente de hecho, porque buena parte del cine de vaqueros que conocemos está inspirado en películas japonesas de samurais de los años 40 y 50, pero tal y como Kurosawa admite en su autobiografía, estas a su vez estaban en buena medida inspiradas en los propios westerns de John Ford de los años 20 y 30 así que ya se sabe, quien roba a un ladrón... y por cierto, no deja de ser interesante que los que están universalmente considerados como los dos directores de cine mas grandes de todos los tiempos, Kurosawa y Kubrick, ambos reconocieran a John Ford como su principal inspiración) y por ello hablamos de un género que ha evolucionado con la propia historia de su país, que ha cambiado con su sociedad y que ha respondido a los diferentes periodos políticos y culturales de la nación que de dio a luz. Es por ello que entender la historia del género Western es entender la historia de Estados Unidos.

Quizá una de las grandes particularidades del género Western es que en sus comienzos no era un cine que narrara específicamente episodios históricos (como puede ser el cine de samurais en Japón o el de capa y espada en Europa) sino que narraba cuestiones relativamente actuales. Muchas de las grandes leyendas del oeste vivieron (y dispararon) no solo en los últimos años del s.XIX sino también bien entrado el XX. Jesse James (quizá el forajido más conocido del Lejano Oeste) murió de un disparo en 1882 a una edad bastante temprana (34 años), pero es significativo que casi todos los grandes pistoleros y cowboys populares que lograron disfrutar de algo de longevidad llegaron a ver el s. XX con sus propios ojos. Billy Willson, un forajido enormemente popular que tras ser capturado se reconvertiría en sheriff, viviría hasta 1918, cuando fallecería a consecuencia de un disparo en un tiroteo. Butch Cassidy y Sundance Kid también vivieron bien pasado el s. XX, hasta que el ejercito Boliviano les acribillara en 1908 (como iremos viendo, y por motivos relativamente evidentes, los disparos solían ser la causa principal de muerte de estos caballeros) e igual suerte sufrió Gregorio Cortez, el gran pistolero de la población de El Paso, que fallecería en circunstancias desconocidas (todos sabemos lo que eso significa) en 1916 a los 40 años. Los agentes de la ley que se opusieron a estos criminales y que también forjaron una gran fama a nivel nacional se movieran en cronologías similares. Pat Garrett, el legendario agente de la ley que logró matar en un tiroteo a Billy el Niño, moriría (oh sorpresa) tras recibir un disparo en 1908 y el archiconocido Wyatt Earp, héroe de OK corral, posiblemente el tiroteo más famoso del Oeste americano, viviría hasta 1929, y por cierto, milagrosamente este sí murió de viejo, concretamente en un bungalow en Los Ángeles mientras disfrutaba de sus últimos años y habiendo tenido el privilegio de poder llegar a verse a sí mismo como personaje en una película, "Wild Bill Hickok" (1923) y habiendo colaborado en el guión de la película de 1932 (Law & Order) que sería la primera de muchas adaptaciones que produciría Hollywood sobre la vida de Earp. Parecida suerte correría N.K. Boswell, famosísimo sheriff, y ranchero que fundaría la población de Wyoming y que fallecería igualmente de causas naturales a los 84 años en 1921 (y seamos honestos, llegar a los 84 años en el lejano Oeste era señal inequívoca de ser más duro que el pedernal).

Así pues, como podemos ver, el western no nace como un género puramente histórico sino que en sus comienzos (con las novelas de vaqueros de finales del XIX y los seriales radiofónicos y películas mudas de principios del XX) podemos hablar de un género casi de plena actualidad o en todo caso que narra sucesos muy recientes y por lo tanto cercanos al público generalizado. Así el Western mudo básicamente adaptaría al cine las aventuras de las novelas pulp que suponían una amplia y barata fuente de entretenimiento popular para una nación que se extendía hacia la costa Oeste y estaba prácticamente forjando un país. Así pues, hablamos de un entretenimiento que regurgitaba los temas propios del entretenimiento de masas de la época y del género de aventuras. Un ejemplo de esta etapa sería la famosa película de 1903 "Asalto y robo de un tren" dirigida por Edwin S. Porter, la cual sería el primer western de la historia (y rodada, tal como hemos visto, en una época en la que en EEUU todavía había pistoleros asaltando trenes). Así pues, en al época del cine mudo el western no era sino un ejemplo de cine de entretenimiento para las masas y que reflejaba cuestiones y situaciones manidas del género, unos bandoleros cometiendo crímenes, un agente de la ley que quiere atraparles, alguna damisela en apuros y poco más, todo ello enmarcado dentro del espíritu y los valores de una sociedad de frontera como puede ser la estadounidense durante la segunda mitad del XIX y que plasmará en el western los rasgos básicos que incluso hoy en día conocemos, desde su ubicación geográfica a la presencia de temas como la violencia o la oposición hombre-naturaleza. La poca consideración que tenía este tipo de cine llevó a que los estudios contrataran a directores jóvenes para dirigirlas, dando así la oportunidad de entrar en el mundo del cine a nuevos realizadores que con el tiempo se convertirían en leyendas, como el mencionado John Ford.



No sería hasta los años 40, ya con el cine sonoro, cuando el género western se impondría como la gran espina dorsal del cine de EEUU con el estreno, en 1939, del clásico de John Ford "La Diligencia". Esta película, que conseguiría nada menos que 7 nominaciones a os Oscar y otros reconocimientos, demostraría que el género western podía tratar temas adultos y complejos, iniciando así la etapa clásica del cine del Oeste. Nos encontramos así ante un cine profundamente identitario que tiene dos objetivos. Por un lado, definir lo que se puede considerar como la sociedad puramente americana (algo que no era baladí en un país relativamente joven, formado en su mayor parte por inmigrantes y que había tenido una enorme guerra civil hacía menos de 75 años y cuyas cicatrices seguían presentes. Así, vemos a un cine que profundiza en los valores que, se entendía, debían de ser inherentes al buen ciudadano americano, como puede ser el respeto a la justicia, la libertad, o la propiedad privada. Es de destacar la presencia sutil (o no tan sutil) de ciertas connotaciones de este cine, como puede ser el hecho de que el derecho a la libertad o a la propiedad habitualmente siempre se ve asociado con el derecho a portar armas (cosa americana por excelencia) o el individualismo, siendo este un cine que habitualmente ensalzará cómo el buen ciudadano americano.

Por otro lado, es clave entender que este cine de los años 40 y 50 aparece en el contexto de un nuevo orden internacional, con EEUU oficialmente como gran superpotencia occidental y enfrentándose en una guerra fría con la URSS. Este sentimiento omnipresente de amenaza extrema se plasma en el cine del oeste en la presencia de un antagonista colectivo, los pobladores indígenas (vamos, los indios de toda la vida) que plasma la existencia de una amenaza antagónica prácticamente existencial para la sociedad estadounidense. Los pobladores indígenas no son como un simple forajido, no ejercen como antagonistas porque quieran algo que entre en conflicto con el protagonista o porque no respeten la legalidad. Son una amenaza porque su mera existencia supone un conflicto irresoluble para la sociedad americana idealizada que se representa en el western. Los indios hablan un idioma diferente, tienen un estilo de vida diferente e incluso una apariencia externa diferente, y por lo tanto su mera existencia implica un conflicto irresoluble con los pobladores americanos. Un ejemplo de este antagonismo se puede encontrar en películas como "Río Grande" o la obra maestra de 1956 "Centauros del Desierto". En estas obras se impone la visión de Estados Unidos como una nación bajo una constante amenaza externa y que requiere de una constante oposición armada contra la misma para poder sobrevivir. En otras palabras, la lucha de EEUU contra enemigos externos y sociedades diametralmente opuestas no se ven como una elección intencionada de la propia nación (y mucho menos como una forma de entender y mantener su influencia exterior) sino como una necesidad consustancial a su propia supervivencia. 

Si ya hemos visto cómo en el western clásico la sociedad de frontera estadounidense se entiende como una encarnación idealizada de las virtudes de la sociedad estadounidense prototípica, y el protagonista del western encarna al buen ciudadano americano que ha interiorizado estos valores, entonces el antagonista (el bandido, forajido, criminal, etc.) representará todo lo contrario, aquellas actitudes que se entienden peligrosas para la sociedad. Aquellos individuos que no encajan con el ideal de sociedad que presenta el western clásico son así, por lo tanto, inherentemente peligrosos para la estabilidad del país. Esto por lo tanto lleva a desenlaces que habitualmente presentan una confrontación final entre dos personajes que representan estos ideals plenamente opuestos. Un ejemplo paradigmatico de esto sería el clásico de Zinnermann de 1952 "Solo ante el peligro", en la que un sheriff de un pueblo del Oeste interpretado por Gary Cooper llega incluso a arriesgar su vida para defender la ley y el orden, así como todos los ideales que representa (esta película también tiene una lectura sobre la caza de brujas en los 50 pero mejor no nos metemos ahí porque eso daría para otro artículo).

Este western clásico que encarna una versión idealizada de la sociedad americana y hecho por y para una sociedad de posguerra que combina un profundo optimismo político y económico con la construcción de una identidad como nueva potencia hegemónica empieza a quebrarse en los 60, cuando en EEUU empiezan a pasar cosas diferentes. Por un lado los fracasos en Bahía de Cochinos y el continuo desgaste en Vietnam comienzan a generar un sentimiento de pesimismo con respecto al rol de EEUU como potencia internacional, mientras que episodios como el asesinato de Kennedy, el movimiento contra el racismo y posterior asesinato de Martin Luther King o el movimiento hippie comienzan a cuestionar los hasta entonces monolíticos valores tradicionales estadounidenses. La sociedad americana comienza a abandonar así en los 60 la ingenuidad y el optimismo que caracterizará a los 50 para comenzar a abrazar ciertas corrientes contraculturales que hasta el momento no habían tenido cabida entre el gran público. Y naturalmente el western no será ajeno a esto. Surge así en los 60 el llamado "western crepuscular" del que un gran ejemplo será la obra maestra de John Ford "El hombre que mató a liverty Valance". Vemos aquí un cine de vaqueros que no es tanto una ruptura o una revolución como una evolución con respecto al western clásico y en el que estos valores que en películas anteriores se daban como incuestionables comienzan ahora a observarse con un ojo crítico, si bien las narrativas de este cine siguen girando entorno a ellos. En esta película por ejemplo, se ofrece una visión algo más sombría y pesimista de los representantes de la ley, los valores "inherentemetne americanos" que pueblan el western profusamente se reflejan aquí también con sus limitaciones y sus propias contradicciones. Si bien el discurso que la película propone es relativamente parecido al del cine que le precede, los westerns de esta epoca aportan algo más de relativismo moral y cinismo a su visión del western y, por ende, de la sociedad americana en general.



El incremento del peso que la contracultura tendría en EEUU en la década de los 60 llevaría a que los grandes directores de western clásico dieran paso a autores revisionistas que buscaban crear un western diferente para una américa diferente. Es obligatorio aquí mencionar a Sam Peckimpah, director de películas icónicas del género como "Grupo Salvaje", el cual vendría en los 60 y 70 a subvertir el género al proponer un western desmitificador en el que la violencia es mucho más realista y la frontera entre lo bueno y lo malo se desdibuja. Peckimpah evita continuar la tradición de colocar a sus personajes como arquetipos de la virtud o la decadencia moral y en su lugar los ubica en un área moral gris. Se rescata la figura del bandolero como protagonsita, deconstruyendo así los inflexibles valores morales del cine de la década previa. De esta forma, el nuevo western de los 60 y 70 dota a sus personajes de una tridimensionalidad moral y psicológica que en muchos casos impide trazar una línea exacta que separe el bien del mal. Este cine ha de entenderse como una mirada cínica y pesimista a una América que en los años 60 y especialmente 70 atravesaba un periodo de crisis moral. El papel de gran potencia mundial había colapsado con la derrota de Vietnam, escándalos de corrupción como el del Watergate habían disminuido la confianza en el gobierno por parte de la población a mínimos históricos y la crisis del petroleo había llevado a la clase trabajadora estadounidense a preocuparse por cosas como el desempleo o incluso el abastecimiento de productos esenciales por primera vez desde la crisis del 29. El movimiento hippie se había degradado hasta convertir la drogadicción en un serio problema de salud pública y cada vez más corrientes de pensamiento criticaban desde el ámbito intelectual abiertamente los valores que hasta el momento parecían incuestionables mientras los índices de criminalidad no paraban de crecer. Incluso movimientos relativamente contraculturales, como el feminismo de la segunda ola o el movimiento de los Panteras Negras cuestionaban ahora abiertamente de manera cada vez más intensa los valores sociales (como las realidades familiares y de género o las relaciones entre cuidadnos blancos y negros) que hasta el momento la mayor parte de la sociedad estadounidense había aceptado incondicionalmente. En otras palabras, la sociedad que el cine de los 50 había presentado como ideal estaba ahora colapsando por cada uno de sus lados. Así, un cineasta como Peckinpah recoge el testigo de un público que demanda ver en la pantalla grande personajes con los que se puede identificar. Desencantados, cínicos y violentos que habitan un mundo oscuro y pesimista. Incluso el proceso de financiar películas se ve modificado. Surge ahora algo que era inpensable en la década anterior, la producción independiente. Productores que ya no depende de los estudios directamente y buscan inversores interesados en sus proyectos. Esto dará a los directores una libertad creativa sin precedentes que usarán para explorar temas hasta entonces impensables en una producción cinematográfica. El protagonista del cine John Ford en los 50 nunca duda de que sus valores son correctos o de su deber moral, puede encarar mayores o menores dificultades, pero su voluntad de hacer lo correcto se irrebatible, reflejando de esta forma al ciudadano estadounidense promedio de los 50, que no tiene duda alguna de que los valores inherentemente americanos son incuestionablemente correctos, que sus instituciones son honestas y leales a la ley y que la aceptación del estilo de vida americano es una garantía de una sociedad idílica. El protagonista del cine de Sam Peckimpah de los 70 tiene una visión cínica y moralmente relativista del mundo que le rodea, esta continuamente redefiniendo sus propios valores y tiene una visión pesimista de la sociedad, al igual que el ciudadano estadounidense de los 70, desencantado con un país sumido en una profunda crisis política y económica, un gobierno corrupto en el que como ciudadano ya no confía y unos valores cada vez más cuestionados por una realidad social cambiante.



Este tipo de western preludia, sin embargo, otro subgénero que en las décadas de los 60-70 vendrá a redefinir por completo el género y a subvertir prácticamente casi todo lo que se había construido durante las décadas anteriores. Hablo de no otra cosa que el famoso Spaghetti Western y del gran director Sergio Leone. Se juntan aquí dos factores clave. Por un lado, la visión pesimista y desmitificadora del lejano oeste alcanza en este cine su máxima expresión, complaciendo a unas audiencias que cada vez reclaman con más fuerza este tipo de historias. Por otro lado, estamos ante unos westerns producidos (paradógicamente) fuera de EEUU, y por lo tanto, realizados por directores extranjeros que observan la sociedad estadounidense desde fuera, con todas sus contradicciones y sombras. Para los 60 y 70, el cine europeo ya se había recuperado del mazazo de la Segunda Guerra Mundial y gozaba de un nuevo estatus como epicentro del cine de arte y ensayo y de películas de menores presupuestos que las americanas pero artisticamente más sugerentes o que trataban temas de mayor complejidad. En este contexto, el Spaghetti Western continuará por al senda del revisionismo del western de los 60 y 70 mostrando el oeste americano no como un vergel donde los valores inherentemente positivos de la sociedad americana tradicional florecen y crecen, sino como un ligar hostil y violento, salvaje y poblado por personajes desmitificados y éticamente ambiguos. La forma más clara de apreciar este cambio puede que sean las propias elecciones de casting. Si el rostro del western clásico era John Wayne, un hombre de aspecto bonachón y carácter afable, el protagonista indiscutible del nuevo western será no otro que el macho alfa por excelencia de Hollywood, Clint Eastwood, un actor que encarna un prototipo de protagonista totalmente diferente, más violento, taciturno, moralmente ambiguo y que abandona el idealismo del héroe del oeste clásico para consolidar la figura de un nuevo tipo de protagonista, el antihéroe, un personaje que rechaza los tradicionales y estrictos códigos morales de la década anterior de la misma forma en que la sociedad americana comenzaba a rechazar los valores que hasta ese momento habían caracterizado el estilo de vida americano. La famosa triología del dólar ("Por un puñado de dólares", "La muerte tenía un precio" y "El bueno, el feo y el malo") vendrá a dinamitar por completo los últimos vestigios del western clásico y a consolidar una nueva mitología del Oeste americano más acorde con los tiempos al mismo tiempo que le conseguiría a un hasta entonces desconocido Sergio Leone fama internacional y una demanda por plagio de Akira Kurosawa.

A esto se suma también una renovación artística de gran calado que viene a redefinir por completo la estética del género. Como ya habíamos dicho, mientras que la idiosincrasia americana entendía el cine esencialmente como un entretenimiento, en los ámbitos europeos se empieza a defender su cualidad como forma de expresión artística. La aparición de publicaciones como "Cahiers du Cinema" y de festivales de cine como el de Berlín o Cannes a mediados del s. XX comienzan a pergeñar la idea del director como un artista, como alguien que no sólo hace películas como una rentable forma de entretenimiento sino también con la voluntad de plasmar una serie de ideas a través del uso de un lenguaje cinematografico específico. En este contexto, los directores ya no aspiran únicamente a contar una historia a través de un estilo "invisible" sino que plantean ahora la voluntad de plasmar su propio estilo en el conjunto. Ya no importa únicamente que se cuenta sino también cómo se cuenta. Como buen director europeo, Sergio Leone recoge estas inquietudes artísticas y las incorpora a género del western, usando la gramática audiovisual (los planos, el montaje, la música, la ambientación, etc.) para darle una profundidad adicional a su cine que le permite, además, utilizar su característico estilo audiovisual para profundizar en la psicología de los personajes , los temas tratados en la película o la propia visión del director de las virtudes y los conflictos de la sociedad americana. Es así que con Sergio Leone y el Spaghetti Western, el cine del Oeste adquiere una renovación tanto temática y de contenido como estética y artística.

Así, hemos visto cómo un género que nace en la literatura popular del s. XIX y que durante el primer tercio del s. XX se entenderá como un mero entretenimiento de masas alcanzará en los años 40 y 50 un estatus clave en la industria cultural norteamericana, llegando incluso a transformarse en el género que mayor influencia tendrá sobre (y como producto de) los valores y principios de una sociedad de posguerra que encara su futuro como superpotencia con optimismo en el futuro y el convencimiento de representar valores y derechos universalmente positivos como la libertad, la propiedad o la justicia. No obstante, a medida que la sociedad estadounidense atraviesa su propio proceso de deconstrucción de si misma y sus estructuras ideológicas en los años 60 y 70 y que el Hollywood clásico comienza a mostrar una acusada fatiga entre el público, un nuevo tipo de western se alza. Un western que abraza el relativismo moral, la figura del antihéroe y una visión desmitificadora de la sociedad americana que deconstruye los valores y sistemas ideológicos sobre los que se asienta y que conecta con unos espectadores cuyo optimismo por el mundo que les rodea se ha transformado, a causa de ciertos procesos históricos, en cinismo y pesimismo. Vemos así cómo el genero Western evoluciona al mismo paso que la propia sociedad americana lo hace, retroalimentándose mutuamente a través de sus temas y sensibilidades. El género que dio al cine americano buena parte de su identidad, por lo tanto, muestra su naturaleza indisoluble con respecto a la sociedad y al país que le dio a luz a base de transformarse a si mismo de forma continuada para dar una respuesta a los nuevos dilemas y las nuevas inquietudes de una población estadounidense cada vez más consciente de las contradicciones y desequilibrios de EEUU como país.

De aquí en adelante, el western, al igual que la sociedad americana, sufrirá unas transformaciones si cabe más interesantes que con la venia del lector trataremos en unos días en la segunda parte de esta entrada (que ya está redactada pero tardará unos días en salir porque hoy en día casi nadie se puede leer 10 páginas del tirón.).


domingo, 29 de marzo de 2020

Las series de más éxito de 2019 nos explican cómo, cuando y por qué la violencia es positiva.


Quizá de manera inadvertida pero no por ello menos sorprenderte, el ya terminado 2019 nos ha dado una información cuanto menos interesante sobre los gustos y preferencias de las audiencias de TV a nivel global. Si nos alejamos del boato de los premios, de la crítica especializada (siendo muchas veces su especialidad el ensalzar películas mediocres y denostar obras maestras para luego entonar el mea culpa una década después) y nos fijamos en el mayor premio de todos, el del público y la audiencia, hay cuatro series que han destacado en las cuatro grandes plataformas de streaming actuales. En primer lugar, el éxito de The Boys en Amazon la ha llevado, según numerosos medios, a ser la serie con mayor éxito de audiencia del año de Amazon Video. Por su parte, y atendiendo a informes filtrados por la propia compañía de streaming, Netflix ha observado cómo las aventuras de Geralt en la recién estrenada "The Witcher" se han convertido en la nueva serie más exitosa del año en términos de audiencia. La tercera en discordia, HBO, a pesar de añadir nuevas series a su catálogo con piezas como "Chernobyl" o "Watchmen", ha visto cómo su gran caballo de batalla y la que ha traido la mayor audiencia a su canal ha sido la última temporada de "Juego de Tronos". Finalmente, la recientemente creada Dinsey + ha observado cómo su gran y de momento único éxito de audiencia ha sido el spin off de Star Wars "El Mandaloriano" un animado western espacial en el que seguimos las aventuras de un duro cazarecompensas para proteger a su monísimo bebé yoda.

A primera vista, nada en estas series parece salirse de lo ordinario. Nos encontramos ante cuatro productos de entretenimiento de cuatro plataformas de streaming diferentes, y sin embargo, existe una lectura interna que no puede escaparsenos para enteder cómo estas series han resonado tan profundametne con una audiencia cada vez más global. Dejando a un lado cuestiones como el marketing, el presupuesto o las preferencias de los usuarios, en los cuatro casos asistimos a un fenómeno que requiere una doble lectura; por un lado, entender cómo se ha explorado un tema de lectura cuanto menos controvertida, la violencia como elemento beneficioso para la sociedad en diferentes contextos (dado que en los cuatro casos hablamos de series con protagonistas que usan la violencia de forma explicita en numerosas ocasiones a lo largo de los episodios) y por otro, es imposible dejar de apreciar cómo estas series se han coronado como lideres de audiencia en sus respectivas plataformas, conectando así con un público que se ha sentido más cercanas a estas que a otras ficciones con discursos diferentes.

Para comprender qué significa esta loa al uso de la violencia en nuestra sociedad, es imprescindible analizar pormenorizadamente los cuatro casos y entender la narrativa que se establece en cada uno de ellos y cómo se vincula tanto a nuestro acervo cultural como a las sensibilidades actuales de la sociedad. En primer lugar echemos un vistazo a The Witcher, la serie basada en las novelas de fantasía medieval del autor polaco Andrzej Sapkowski y que narra las aventuras de Geralt, un brujo que se dedica a cobrar por cazar a criaturas sobrenaturales malignas que atacan a los humanos para poder financiar sus tres grandes aficiones en la vida, beber, blasfemar y las prostitutas. No obstante, a medida que pasan los episodios veremos cómo la linea entre buenos y malos es cada vez más gris, siendo en ocasiones las criaturas sobrenaturales meras víctimas inocentes de la intolerancia o la codicia humana o del despotismo político. En estas circunstancias, nuestro protagonista intentará usar sus habilidades de la forma más justa posible, sin dudar en usar la violencia para matar a las criaturas que en verdad supongan una amenaza para la inocente población humana pero luchando también del lado de las criaturas y en contra de los humanos cuando el honor y la justicia natural así lo determinen. A decir verdad el rol de nuestro amigo Geralt tiene muchas lecturas, empezando por un análisis basado en la estructura estamental medieval en la que cada grupo social ejerce una responsabilidad concreta en el mantenimiento de la sociedad, pero quizá sea más inteligente relacionarlo con uno de los autores más malinterpretados de la historia, el pensador británico Hobbes, el cual pasó a la historia por acuñar la manida pero no incierta frase "El hombre es un lobo para el hombre" y por la autoría de la obra "El Leviatán" en la cual expone como, siendo un hecho constatado que los humanos por naturaleza tendemos al conflicto, la competencia e incluso la violencia entre nosotros, es necesaria la existencia de una gran autoridad, en este caso el Leviatán, un modelo de estado absolutista constituido a través de la cesión por parte de los individuos que componen la sociedad de una parte de su libertad y sus derechos mediante el contrato social y que, a cambio de esta autoridad legítima, garantiza la seguridad, un cierto grado de libertad y unos derechos básicos al individuo. En la obra de Hobbes, el Leviatán tiene la potestad casi absoluta de actuar sobre el individuo, lo cual incluye al administración de justicia y por supuesto el uso de la violencia en la medida que sea necesario para garantizar el bien común, si bien siempre respetando unos derechos básicos e inalienables de individuo. Si bien a ojos actuales esto nos puede parecer autocrático y dictatorial (también es cierto que los ojos actuales no han visto als guerras de religión de Europa del s. XVII, crisis de subsistencia o motines populares) el concepto de Leviatán ha permanecido en el ADN de las sociedades democráticas modernas. El sociólogo alemán Max Weber se inspiró en este para su teoría del "Monopolio del uso de la violencia" en virtud del cual el estado existe en virtud de la capacidad que tiene de regular y monopolizar el uso de la violencia. Para Weber, el uso de la violencia, ya fuera en acto o en potencia, es una característica intrínseca y necesaria de cualquier sociedad, incluso (y muy especialmente) las democracias liberales occidentales. Pensemoslo de este modo, imagínese usted un médico o un frutero, a primera vista parecen dos profesiones de lo más pacíficas, y sin embargo existen gracias a esta violencia de fondo que ejerce el estado y gracias a las cuales se garantiza el pago de impuestos que permiten por un lado que el médico cobre por su labor o se puedan financiar hospitales y por el otro que se respete la propiedad privada del frutero y que nadie le robe el género. Llegando a más, el arqueólogo y antropologo italiano Mario Liberani, experto en el origen de las civilizaciones mesopotámicas, llegó a postular que el uso de esta violencia reglada por parte de las primeras sociedades humanas en pos del bien común y la estabilidad social sería el elemento clave que permitiría la formación de civilizaciones complejas.



Volviendo a Geralt, nos encontramos ante un personaje que personifica esta concepción del uso de la violencia como elemento no disruptivo o dañino, si no cohesivo y protector para la sociedad. Gracias al ejercicio por parte de Geralt de una violencia socialmente reglada y autorizada, sancionada por la legalidad y la legitimidad vigente, se permite que el conjunto de la sociedad funcione. El personaje de Geralt, así como la serie en si misma, puede plantearse si el uso de la violencia encaja o no con los derechos individuales de los personajes en cuestión concretamente, pero nunca se plantea la ética del uso de la misma como herramienta cuando es necesario, y lo que es más, se reconoce como positiva, valiosa y constructiva para la sociedad. A través del protagonista de esta serie, Geralt, el espectador observa cómo la violencia es cosustancial a cuestiones tan absolutamente esenciales como puede ser el impartir justicia o la defensa de personas especialmente vulnerables. Así mismo, también se observa cómo la ausencia de esta clase de violencia puede llegar incluso a ser más dañina que su presencia al correr un riesgo evidnete de derivar a situaciones de abuso de poder, injusticia o incluso de anarquía y violencia descontrolada y destructiva. Para exponer un símil que el lector pueda entender fácilmente, la pequeña dosis de violencia reglada y legitimizada de Geralt actúa como vacuna, previniendo la aparición o consolidación de otra clase de violencias mucho más peligrosas. Al igual que el Leviatán de Hobbes, Geralt logra a través del uso de la fuerza garantizar que la sociedad pueda funcionar normalmente, tal y como, en nombre de los estados liberales modernos, las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado hacen en la actualidad.

No obstante, esta argumentación puede llevar a que nos hagamos una pregunta muy seria. ¿Quien decide cuando una determinada autoridad es legítima o no? ¿Dónde está la línea entre el uso constructivo y positivo de la violencia y su abuso? En otras palabras, ya sabemos de lo positivo de firmar un "contrato social" pero ¿Quién lo firma? Para contestar a esa pregunta, analizaremos la temporada final de Juego de Tronos. Dado que creo que todo el mundo que en la este artículo será conocedor de la temporada final, omitiré el describirla y directamente trataré los detalles que nos incumben. Como todo el mundo recordará, en el último episodio vemos como Daenerys usa su casi ilimitado poder para organizar una matanza e imponerse por la fuerza. Ante la perspectiva de que el reinado de Dani lleve a Westeros a una suerte de fascismo medieval, Jon Nieve decide optar por la solución del tiranicidio (ciertos artículos escritos por personas tan ignorantes que no deberían tener una plataforma pública lo criticaron tildándolo de feminicidio, lo cual es totalmente absurdo, un tiranicidio y un feminicidio son dos cosas totalmente difernetes, pero eso sería tocar la cuestión de roles de género que es algo que ya haremos más adelante) matando a Daenerys. Para entender por que Jon Nieve decidió matar a su amada reina es imprescindible comprender la oposición entre dos corrientes de pensamiento político medievales y modernas, el Pactismo y el Absolutismo. A diferencia de otros autores de fantasía contemporáneos, George RR Martin tiene un conocimiento relativamente profundo de la política, cultura y sociedad de la Europa Medieval y eso se nota en su literatura. Así pues, a lo largo de toda la serie, Jon y Daenerys van paulatinamente ejemplificando modelos contrarios de entender el poder monárquico. En el Caso de Jon vemos un claro representante de un monarca pactista, esto es, un rey que se entiende a si mismo como un "primero entre iguales", es decir, alguien que si bien ostenta una posición principal de autoridad, comparte una parte de su poder con otros individuos con los que necesariamente ha de llegar a acuerdos de cara a tomar decisiones. A lo largo de la serie vemos a Jon constantemente viéndose obligado a reunirse con diversos consejos y teniendo que llegara acuerdos y convencer a otros señores incluso a pesar de su título de Rey. Esta forma de gobernar era la típica de la Edad Media, en donde los reyes muchas veces dependían para tomar decisiones de llegar a acuerdos con los consejos de nobles, el clero o los representantes las ciudades. En otras palabras, la autoridad real está contrarrestada por una serie de organismos que pueden tener intereses contrarios a los del propio rey y que fuerzan a que se llegue a compromisos entre las diferentes partes en la toma de decisiones, significando que todas estas partes disfrutan de algo de representación política llegando a darse en algunos casos que un rey no pudiera tomar las decisiones que deseaba tomar por la oposición de las cortes (que se lo cuenten esto al los Habsburgo). Aunque algunos reyes trataron de imponer su autoridad a través de diferentes mecanismos (Alfonso X con las siete partidas, Felipe IV con la unión de armas, etc.) esto nunca llegaría a cuajar hasta entrada la Edad Moderna con la monarquía autoritaria, en el que el Rey (o la Reina) ostentaba una posición de autoridad superior a la de cualquier otro poder en su reino (aunque en ocasiones limitados por las cortes, como es el caso de la monarquía Hispánica). Este modelo llegará a su máxima expresión en el s. XVII con el alzamiento del Absolutismo y en el XVIII con el Absolutismo Ilustrado, en el cual el Rey es, tal como el nombre indica, la autoridad absoluta a todos nos niveles y su poder es, por lo tanto, completamente ilimitado (al menos en teoría) y es la cabeza del estado en todas sus formas. Y precisamente es Daenerys la representante de esta formula de gobierno, una monarca en la que todo el poder comienza y termina en su persona, que no ha de rendirle cuentas a nadie, que entiende que la obediencia de todos sus súbditos a su personas es incuestionable e innegociable y que tiene en sus dominios una potestad absoluta en sus dominios. Para describirlo rápidamente, mientras en Invernialia ni siquiera Jon Nieve está por encima de la ley, en su territorio Daenerys es la ley.

Como es de esperar, ambas formas de gobierno son absolutamente contradictorias. En el caso de Europa, el absolutismo colapsaría por completo durante la revolución francesa cuando en 1793 a Luis XVI se le fue la cabeza en la Plaza de la Concordia (ah, adoro el humor negro) y el alzamiento del estado liberal recogería algunos elementos del pactismo tradicional como la existencia de consejos de representantes o la limitación del poder real, mezclandolo con numerosos elementos puramente modernos como la división de poderes, el sufragio o en algunos casos la república como forma de gobierno. En Juego de Tronos también asistimos a una confrontación similar, en la que vemos como una monarca absoluta (Danenerys) termina abusando del ejercicio de la violencia que le confiere su autoridad. En el momento en que eso pasa, cuando un monarca pasa a realizar un uso destructivo y abusivo de la violencia, Jon, representante del pactismo, recurre al tiranicidio. Merece la pena mencionar que la fórmula del Tiranicidio como herramienta legítima para eliminar a un gobernante que abusar de su poder ya existía mucho antes de la revolución, siendo sus máximos representantes tanto algunos pensadores ilustrados como la Orden de los Jesuitas, quienes defendían el tiranicidio como un derecho fundamental del pueblo, que estaba en su pleno y legítimo derecho de asesinar a sus gobernantes en caso de extrema necesidad y si estos gobernantes vulneraban los derechos básicos de la población (el llamado "derecho natural").



En este caso vemos cómo el uso de la violencia adquiere otro matiz diferente, concretamente un elemento de protección del pueblo contra el abuso siendo así entendida como una herramienta política tan legítima y válida como cualquier otra. Llegado el caso, nadie cuestiona el tiranicidio como una fórmula para deponer a un goberante que ha abusado del monopolio del uso de la fuerza, sino que se considera una reacción natural (incluso un derecho del propio pueblo) frente a esto. Queda patente, por lo tanto, la existencia de una dualidad en el uso de la violencia, que puede ser entendida como una herramienta por parte del estado o del gobernante para garantizar el correcto funcionamiento de la sociedad y el imperio de la ley pero que en situaciones concretas puede ser utilizado contra dicho gobernante también con absoluta legitimidad. Esta dualidad permite, por lo tanto, mantener el equilibrio entre uso y abuso de la fuerza por parte de los poderes estatales.

Pero los dos ejemplos que hemos visto hasta ahora se enmarcan en el contexto de la fantasía medieval y pueden parecer demasiado lejanos a la realidad contemporánea. Ahí es donde entra en juego al fantástica serie de Amazon "The Boys". Esta serie se enmarca en una realidad distópica en la que los superhéroes existen y, además de luchar contra el crimen, se comportan como estrellas del cine y atletas profesionales, lo cual abarca desde protagonizar películas y millonarias campañas de marketing varias y ser considerados ídolos de masas a estar envueltos en casos de abusos sexuales y asesinatos por negligencia, abusar de las drogas en orgiásticas fiestas privadas y tener un absurdamente desmedido peso en la política nacional y la opinión pública. Todos estos héroes trabajan para una despiadada multinacional que consigue jugosos contratos públicos de defensa a costa de crear amenazas para la seguridad pública que sólo ellos pueden combatir, amenazar y sobornar a políticos, etc. En la serie seguimos a Billy Butcher, un policía sacado directamente de las pelis de acción de los 80 que, cansado de los abusos constantes de esta megacorporación y sus superhéroes, decide iniciar una cacería por su cuenta buscando y matando a todos estos héroes de diversas formas no remcomendadas para menores de 18 años. En el caso de e"The Boys" vemos cómo los dos conceptos que hemos arriba tratado se dan la mano. Por un lado, el guión de la serie da a entender que la profusa violencia de Billy Butcher se ve absolutamente justificada a nivel social habida cuenta del riesgo que estas personas suponen para el conjunto de la sociedad y de como su eliminación es imprescindible para la protección de la misma. Al igual de lo que ocurre con The Witcher, en ningún caso se cuestiona el uso de la violencia como herramienta legítima para la eliminación de individuos especialmente lesivos para el conjunto de la población o que interfieren directamente con los derechos básicos de esta, sino que se entiende como un uso totalmente legítimo y constructivo de la misma. Así, la serie constantemente hace una diferenciación entre la violencia legítima y la ilegítima, siendo la primera aquella realizada por los protagonistas, que emana de la legitimidad que confiere su función de protectora de los derechos y libertades básicos de la población y que redunda en un beneficio colectivo y la segunda, realizada por los superhéroes y que, si bine igual de agresiva superficialmente, es rechazada y presentada como disruptiva para la sociedad a causa de ser ejercida por un poder autoritario, antidemocrático y que pone en riesgo esos mismos derechos y libertades básicos antes mencionados . En este sentido, merece la pena rescatar el artículo del académico estadounidense Garret Hall "The Jungian Psychology of Cool: Ryan Gosling and the Repurposing of Midcentury Male Rebels" en el cual analiza diversos personajes interpretados por el actor Ryan Gosling en su carrera y que ejecutan actos violentos de manera recurrente llegando a la conclusión de que dichos actos en ningún momento pueden interpretarse como un comportamiento tóxico para la sociedad, dado que en todos estos casos, sus actos redundan positivamente en su entorno. Así, el autor define dos formulas para diferenciar ambos ejercicios de la violencia, argumentando que aquiellos que se pueden entender como socialmente responsables se caracterizan por compartir estos dos factores;

1- Son reactivos: El protagonista no inicia sus actos violentos motu proprio, sino que son una respuesta a una situación previa que atenta contra la legalidad o la seguridad del protagonista o del grupo.

2- No son interesados: El beneficio derivado de tal acción violenta no redunda directamente en el ejecutor de la misma sino en una tercera personas o grupos de personas que se ven restituidos ante una situación de injusticia previa.



Vemos así como la labor de Butcher encaja (más o menos) dentro de estos dos factores, los cuales son claves para entender las limitaciones que Weber entiende dentro del ejercicio del monopolio de la fuerza por parte del estado. No obstante, por otro lado, no puede negarse que existe también en el comprotamiento de Butcher un tinte de tiranicidio, quizá no contra unos monarcas dado que la serie se ubica en la época actual, pero si contra unas figuras muy similares. En The Boys, estos superhéroes trabajan para una maquiavélica multinacional que a través de sus acciones y su influencia política, mediética y económica se presenta como una influencia profundamente disruptiva para la democracia liberal tradicional, siendo así su existencia indivisible de la de un capitalismo posmoderno en el que una corporación monopolítica adquiere una dimensión y un poder casi comparable al de cualquier monarca absolutista de hace 300 años. Así, el asesinato de estos superhéroes representa también una forma de rebeldía contra un poder despótico e ilimitado que ejerce una autoridad que se entiende, excede los límites de lo legítimamente establecido y que pone en riesgo la libertad y la seguridad individual, justificándose por lo tanto el uso del asesinato contra los representantes de dicho poder despótico.

Esta dualidad queda totalmente patente gracias a la relación entre el dúo protagonista de la serie, Billy y Hughie. Hughie es un joven que personifica al ciudadano promedio actual. Un joven de unos 30 años, bien educado, urbanita, rechaza cualquier uso de la violencia así como los roles masculinos tradicionales vinculados a ella, y tiene una creencia ingenua en que la civilización y las redes sociales establecidas entre los miembros de la misma garantizan su seguridad. Todas estas creencias se disipan de un plumazo cunado uno de estos "héroes", en pleno estado de embriaguez a causa de una sobredosis de drogas en una fiesta, mata a su novia. Cuando esto ocurre, Hughie observa cómo la relación de poder-dependencia que existe entre la ciudadanía normal y los grandes poderes (en este caso las personas con habilidades metahumanas) es incontestable y cómo estos utilizan numerosas formas de violencia contra el (desde la física causando la muerte de su novia, hasta la mediática al culparla a ella en los medios de comunicación para limpiar la imagen del superhéroe en cuestión o la económica, amenazándole a través de su carisimo bufete de abogados con una demanda si cuenta la verdad). Quizá incluso más significativo es cómo la mayoría de personajes a su alrededor (su padre, sus compañeros de trabajo, amigos, etc.) coinciden en que lo mejor que puede hacer es dejarlo ir, en un ejercicio de indefensión aprendida por parte de todo el mundo que rodea a Hughie que no hace sino evidenciar la ausencia dentro de la filosofía de la no violencia de mecanismos reales para garantizar la propia seguridad en dinámicas de poder asimétricas. Para comprender esto es necesario entender que todas las relaciones sociales se basan en las relaciones de poder, esto es, el vínculo y la forma según la cual unos individuos ejercen el poder sobre otros. Para ponerlo de forma sencilla, imaginemos que yo voy a una zapatería de mi barrio a comprar unas botas que cuestan 50€. El zapatero tiene cierto poder sobre mí ya que tiene algo que yo quiero, las botas, pero al mismo tiempo yo tengo poder sobre el al poseer algo que el quiere, los 50€. Este equilibrio de intereses genera una relación simétrica de poder que garantizará una relación pacífica entre ambos. No obstante, pueden darse también relaciones asimétricas, como por ejemplo la que se da entre un trabajador de una gran empresa y un empleado.  En este caso, el nivel de poder que tiene la empresa sobre el trabajador individual (proveedora de su salario) es mucho mayor que el que tiene el empleado (aportación de ciertas horas de trabajo anuales y/o habilidades laborales específicas) siendo así que los empleados han de buscar una fórmula para equilibrar  esta asimetría en caso de que la empresa abuse de su posición de poder (como puede ser afiliarse a un sindicato y amenazar con una huelga). 

Sin embargo el giro que aporta el universo de The Boys a esto es el de cómo esta relación asimétrica está totalmente rota al darse el caso de que una de las partes (los superhéroes y la empresa que los controla) acumula todo el poder mientras que la ciudadanía normal no tiene ninguno (ni siquiera los tribunales de justicia ordinarios están legalmente autorizados para iniciar procesos contra los superhéroes, por no mencionar los costes legales que una batalla judicial tendría para la economía del común de los mortales). Ante esta realidad, que la mayoría de la gente parece haber aceptado sin resistencia gracias al bombardeo mediático y propagandístico constante (lo cual no deja de ser otra forma de dominio, el control de la industria cultural, que en la teoría Adorniana podría incluso relacionarse con el fascismo), aparece Billy Butcher, un policía que se dedica a cazar a estos héroes y a matarlos. A través de un ejercicio de la violencia que de primeras nos puede parecer inapropiado o incluso obsceno, Billy Burcher logra, en cambio, un aporte muy positivo para la comunidad, ya que sus acciones sirven para que la ciudadanía recupere al menos una fracción de su poder sobre los superheroes, restaurándose así el equilibrio de poderes entre ambos y facilitando que las relaciones entre ambos grupos vuelvan a ser constructivas y saludables. En otras palabras, cuando Billy Butcher corta a un superheroe a la mitad con una motosierra o le hace explotar metiendole dinamita por el culo y detonándola, no estamos viendo un espectacular ejercicio de violencia gratuita en una deliciosa pieza de male power fantasy (bueno, un poco sí, y lo adoro, para qué nos vamos a engañar) sino también una metáfora sobre el ejercicio de empoderamiento del individuo contra los poderes que le oprimen y abusan de su posición de poder a través de un uso de la violencia que se ve legitimado en virtud de su defensa de sus derechos inalienables.

Finalmente, la cuarta en discordia, The Mandalorian, abandona en parte los conflictos de las tres que ya hemos tratado para observar la ética de un personaje masculino fundamentalmente violento desde otra perspectiva, la de la paternidad. Así, el Mandaloriano es un cazarecompensas que a lo largo de la serie vivirá numerosas aventuras y desventuras mientas cuida de un bebé alienígena que ha quedado a su cargo. Es interesante que en esta serie se utilice el universo de Star Wars para explorar un aspecto tan complejo como la paternidad (en especial atendiendo a cómo la etapa de Star Wars de Disney se ha caracterizado por unos personajes que tienen la complejidad de una regadera y la profundidad de una bañera para recién nacidos). En este caso, vemos a un personaje con numerosos paralelismos con Geralt en The Witcher (que nunca cuestiona el uso de la violencia cuando está éticamente legitimado) actuar directamente como un rol paternal sobre un hijo adoptivo en un contexto abiertamente hostil. En este caso, es destacable cómo este rol asertivo y violento del Mandaloriano, que bebe de los westerns de Sergio Leone y que es relativamente fácil de relacionar con un modelo tradicional de masculinidad se representa no como un elemento inapropiado o tóxico sino, todo lo contrario, como un referente positivo para el niño que tiene a su cargo. Lejos de caer en al tentación de poner al personaje taciturno y de gatillo fácil como un elemento peligroso en el desarrollo de un menor, este adquiere un rol de protector y mentor, en una interesante metáfora sobre el rol familiar y social que individuos así tienen, esto es, el de garantizar a través de su uso de la violencia que el resto de individuos que la integran tenga su libertad individual, seguridad y otra derechos fundamentales garantizados. 



Que en el caso de El Mandaloriano el uso de la violencia sea poco menos que una responsabilidad paternal no deja de ser una proyección de lo que ya hemos visto en las otras 3 series, una forma de entender la violencia como un recurso imprescindible para que, paradógicamente, sea posible la convivencia pacífica del conjunto de los individuos y de defender cómo estos roles, a veces cuestionados, critidos o estigmatizados en exceso, no dejan de estar en los cimientos de nuestras sociedades. Lejos de representarse como una mala influencia, vemos cómo este uso de la fuerza, ya sea en acto o en potencia, es indisoluble del rol parental que el Mandaloriano adopta y que contribuye a la seguridad y al correcto desarrollo de la figura filial que representa el bebé Yoda estableciendo una metáfora a nivel familiar de cómo, dentro del conjunto de la sociedad, este ejercicio protector, legítimo, limitado y racional de la fuerza es indispensable para la supervivencia de la misma. En otras palabras, se presenta el uso de la fuerza como un elemento protector de los derechos del individuo y una forma de garantizar el disfrute de los mismos a aquellos más vulnerables (como puede ser en este caso el bebé, si bien luego esto tiene sorpresa).

Pero como se decía al inicio de esta entrada, no es por casualidad que se escogieran estas cuatro series para analizar este fenómeno, sino que esto responde al hecho de que estas han sido las 4 series más vistas en sus respectivas plataformas por la audiencia de 2019. Seguramente, una buena parte del éxito de estas ficciones se deba a sus efectos especiales, su carácter de entretenimiento y su popularidad online, pero dejando esto a un lado, no se puede negar que sus temas han tenido una resonancia incuestionable con las audiencias. Considerando lo hasta ahora expuesto, quizá no sea excesivo considerar que estas series están en consonancia con la cultura popular y la consideración que los diferentes usos de la violencia tiene entre el conjunto de la población. ¿Son acaso el éxito de estas series el reflejo de una audiencia que entiende el uso de la violencia, siempre dentro de los límites de la legitimidad, como esencial para el funcionamiento de la sociedad en la linea de Hobbes, Liberani o Weber? ¿La tolerancia por el tiranicidio en la ficción indica un hastío generalizado hacia la clase política o, por el contrario, el apego a figuras que usan la violencia refleja la ansiedad de una población que se siente cada vez más indefensa y sin figuras protectoras frente a las amenazas externas? ¿El éxito de The Boys implica a una sociedad cada vez más descontenta con la economía posmoderna y que ve en las grandes corporaciones un nuevo tirano que amenaza sus vidas y sus libertades? ¿Ven las audiencias de El Mandaloriano un modelo parental que puede ser un referente profundamente beneficioso para el desarrollo de nuestros jóvenes?

miércoles, 15 de enero de 2020

Lo que el cine de Samuráis nos dice de Occidente (y de Oriente).




Quienes me conocen saben que el cine del lejano oriente es mi debilidad. Si tuviera que elegir un país donde se hace el mejor cine del mundo en este momento, seguramente elegiría Corea del Sur (en serio, esa gente es incapaz de hacer una peli mala) y las obras atemporales de directores como Bong Joon-ho, Chan-Wook Park o Kim Ji-Woon con Japón (con nombres como Takeshi Kitano, Hirokazu Koreeda o el incombustible Yoji Yamada, que con casi 90 años sigue estrenando prácticamente una nueva película cada 18 meses porque se ve que el pescado crudo frena el envejecimiento) y Hong Kong (con Wong Kar-Wai, quien ostenta el título de haber dirigido la que es considerada como la mejor película de lo que llevamos de s. XXI según la crítica especializada, "In the mood for love") empatados en segundo lugar y China (destacando a veteranos como Chen Kaige o Zhang Yimou y jóvenes promesas como Chloe Zhao o Jia Zhangke) y Taiwan (del archiconocido en Occidente Ang Lee al menos popular pero igualmente relevante Edwar Yang) en un muy meritorio bronce (se que técnicamente Taiwan y Hong Kong deberían incluirse en China pero me niego en rotundo a darle a Xi Jinping y a las ratas del PCC ese placer). Incluso de forma más amplia y alejándonos del triangulo Seul-Tokio-Pekín, el continente asiático se caracteriza por una industria cinematografia profundamente robusta, desde las famosas producciones del Bollywood hindú (las cuales no es que encajen mucho con mis gustos la verdad, pero no se puede negar el profundo impacto tanto nacional como internacional que tiene) a la económicamente constreñida pero extremadamente rica producción cinematográfica Iraní (siendo Asghar Farhadi el más famoso pero desde luego no el único representante). Incluso países con industrias claramente menores y de producción orientada al consumo propio como Tailandia, Filipinas o Indonesia han dado a luz de vez en cuando algunas películas sorprendentemente sólidas que incluso logran cierto tirón a nivel internacional gracias a festivales como Cannes, Venecia o Berlín. Vamos, que el cine del otro extremo del planeta me encanta, y podría decirse que a diferencia de lo que pasa en Occidente, estamos ante directores capaces de hacer un cine de autor, maduro y artisticamente relevante que a la vez ha logrado disfrutar de un cierto éxito de masas que en Occidente no se ha dado (con excepciones como puede ser el cine de Polonia) y que les permite encontrar financiación para sus proyectos de forma relativamente fácil.

Y sin lugar a dudas, el subgénero de samurais es sin duda uno de los más representativos del cine oriental. Si revisamos brevemente su historia, este ha pasado por una amplia gama de evoluciones que representan las propias transformaciones políticas y sociales de Oriente en general y muy especialmente en Japón. Así, si observamos en el protocine japonés (el anterior a la introducción del sonido) ya existía predilección por el género chanbara (así es como se denomina en Japón al cine de samurais) si bien este era heredero directo de tradiciones narrativas previas y representaba historias populares y tradicionales con samurais y argumentos sobresimplificados en los que de alguna manera se ensalzaba el pasado glorioso japonés, en un esfuerzo nacionalista muy en consonancia con las políticas del gobierno japonés de principios del s. XX y en el que las artes fueron en buena medida utilizadas para fomentar una narrativa que justificara el cruento expansionsmo continental e isleño del que el país nipón haría gala en los compases previos a la Segunda Guerra Mundial. Es destacable en este periodo alguna película que por primera vez se atreve a cuestionar estos valores tradicionales. Destacan en este aspecto directores como Sadao Yamada, quien introduciría por primera vez la figura del samurai empobrecido, de la que luego hablaremos más, (y quien siempre se opuso a la censura que Tokio imponía a todas las películas y que cuando fue forzosamente reclutado para la invasión de China se negó a disparar un sólo tiro hasta que, con sólo 29 años, moriría en la misma guerra por una enfermedad siendo sus últimas palabras "por favor, hagan buenas películas", si este señor no es el ídolo perfecto para cualquier cineasta es que, desde luego, desconozco el significado de la palabra "ídolo") No obstante, nos encontramos en lineas generales un cine de samuráis que, en consonancia con los intereses del gobierno, favorece los intereses de una ideología profundamente nacionalista al remitir a un pasado japonés glorioso. Tras la guerra y la invasión de EEUU el género chambara sería prohibido durante los años de la ocupación precisamente por las implicaciones nacionalistas del mismo. En los 50, tras la marcha de las tropas americanas, el genero volvería a resurgir pero ahora, sin censura y habiendo experimentado los horrores de la guerra, los cineastas japoneses lo abordaban de forma totalmente distinta. De la mano del grandísimo Akira Kurosawa nos encontramos ahora un cine de samurais que critica profundamente el pasado feudal y muestra el mundo de los samurais como decadente y lleno de miseria (capturando el espíritu japones de posguerra, con un país que había pasado de ser la primera potencia del Pacífico a ser derrotado, bombardeado nuclearmente y humillado). Así, películas como "Los 7 samurais" , "Yohimbo" o "Harakiri" ahondan en la figura del samurai empobrecido (en ocasiones, incluso espadachines que no tienen rango de samurai) que vive en una sociedad decadente en la que la mayor parte de la población vive bajo el violento yugo de personajes mezquinos y en los que la pobreza, la desesperanza y la muerte son la norma. En estas películas, como norma general, los héroes ya no son los antiguos samurais tradicionales, sino aquellos que se apartan de las tradiciones y las normas sociales del Japón feudal para actuar en base a su criterio ético, incluso si esto les supone un demérito social (ejemplo de libro está en "Los 7 samurais" en la que un grupo de aldeanos es atacado por unos peligrosos bandidos y la única ayuda que reciben viene de un grupo de samuráis pobres, sin prestigio ni buena posición social que sin embargo hacen lo correcto). Esta generación de oro del cine de samuráis llegaría hasta los años 70. En esta época, la estabilidad y el crecimiento de Japón estaba más que consolidado y las tribulaciones habían pasado al plano político, en el que el Partido Liberal Democrático (que llevaba desde los 50 en el gobierno ininterrumpidamente) comenzaba a mostrar síntomas de corrupción interna en incapacidad de gestionar los dañinos efectos de la crisis del petroleo en la economía nipona, mientras que en el exterior las relaciones con la URRS y China se enrarecieron profundamente a causa de diversas disputas geográficas. Las películas de samurais hechas en este periodo evolucionan en su tono y pasan a focalizar su atención (y crítica) sobre las clases dominantes. Así, películas como "Ran" o "Kagemusha" se olvidan de la figura del antihéroe honesto para diseccionar las élites políticas y sociales del japón feudal (en una clara metáfora al partido gobernante, que en 1993 finalmente perdería las elecciones.) Durante los años 90 y 2000 asistimos a un resurgimiento de este género (en parte gracias a la explosión de la influencia del manga y el anime en Occidente) con 2 vertientes claras, una enfocada a producir películas de acción para el consumo masivo y que recurren a los samurais buscando una mitología común que permita llegar a un público amplio (similar a lo que pasa en occidente con el cine de superhéroes, siendo la saga de "Azumi" un ejemplo claro) y otra que recupera las narrativas de los años 50 y 60 de crítica a la tradición de los samurais y la decadencia del Japón feudal pero añadiendo ciertas lecturas como puede ser el tratamiento de la alienación del individuo, la lucha de clases o incluso cuestiones familiares, siendo la trilogía de "El ocaso de samurai" de Yosi Yamada o el film de Kitano "Zatoichi" claros ejemplos de esto.

Así, puede decirse sin riesgo a equivocarse que en el cine de samuráis es una constante la representación de un pasado feudal japonés como una época de atraso y penurias para criticar tanto el pasado como el presente. Ahora, propongo comparar este cine con el cine de samuráis realizado en occidente. Como ejemplo, compararemos dos películas que se sitúan en la misma época histórica (y rodadas con una diferencia de tan solo 3 años de diferencia) "El último samurai" de Edward Zwick y "El Ocaso del Samurai" de Yoji Yamada. En la cinta americana de 2003, Tom Cruise interpreta a un capitán del ejercito americano consumido por sus remordimientos de la guerra que es contratado para instruir a las tropas imperiales de Japón y luchar contra los samurais hostiles al nuevo gobierno Meiji que pretende abolir los privilegios feudales y occidentalizar Japón. Durante la primera batalla, Cruise (su personaje tiene un nombre, pero ni lo recuerdo ni me importa) es capturado y trasladado a los dominios del líder samurai que encabeza la rebelión, Ken Watanabe. Fascinado por el estilo de vida samurai, caracterizado por el honor y fuertes valores éticos, Cruise termina por adoptar el estilo de vida tradicional y convertirse en un samurai más, encontrado así la redención y la paz interior. Cuando las tropas imperiales vuelven a atacar a los samurais, estos lanzan un último ataque en el que casi todos perecen. Herido pero habiendo sobrevivido, Cruise intercede por los samurais ante el emperador logrando que este acepte mantener algunos de los aspectos del modo de vida tradicional y posteriormente se queda a vivir en Japón manteniendo el modo de vida samurai. Por contra, la cinta japonesa (a veces llamo “cintas” a las películas porque me crié con VHS y eso deja marca, lo siento por los lectores mas jóvenes que se preguntarán de qué narices hablo) de 2002 "El Ocaso del Samurai" se ubica en 1865 y nos cuenta la historia de Iguchi, un joven y empobrecido samurai de rango bajo que tras la muerte de su esposa compagina su trabajo en el castillo de un gran señor feudal con el cuidado de sus dos hijas y su madre con alzheimer. Un día, recibe la visita de Tomoe, una antigua amiga que ha regresado a casa de su hermano tras abandonar a su marido, un samurai de rango alto alcohólico y maltratador llamado Koda. Mientras ambos comienzan a recordar su infancia y a enamorarse, el marido de Tomoe aparece, amenazándola para que vuelva con el, por lo que Iguchi decide retarle a un duelo. Al principio Koda se siente confiado en su victoria, habida cuenta del bajo rango de Iguchi y de que este usa una espada de muy baja calidad dada su pobreza. No obstante, Iguchi logra derrotarle, lo cual hace que adquiera una inesperada popularidad entre el resto de samurais, en especial por parte de Yogo, uno de los samurais de mayor rango de su clan. Poco después, el hermano de Tomoe le pide a Iguchi que se case con ella, pero Iguchi se niega ya que dadas sus estrecheces económicas y su bajo rango no podría darle a Tomoe una buena vida. Paralelamente, el Shogun de Kioto (algo así como el primer ministro del Japón feudal) fallece y en las consecuentes luchas de poder Yogo se opone a la posición política del resto del clan, por lo que se le ordena suicidarse, a lo que el samurai se niega. Así, y dada su recién descubierta habilidad con la espada, Iguchi es encargado con la tarea de enfrentarse a Yogo y matarle a cambio de un aumento de su rango y patrimonio, lo que finalmente le permitiría dar una mejor vida a sus hijas y casarse con Tomoe. Cuando ambos se preparan para enfrentarse, Iguchi y Yogo descubren que tienen numerosas cosas en común (ambos son de origen humilde y ascendieron gracias a su habilidad como guerreros, ambos perdieron a sus esposas por enfermedad, etc) hasta el punto de que Iguchi se plantea dejarle huir, pero Yogo insiste en combatir y finalmente es derrotado por Iguchi, que tras esto vuelve a su casa para casarse con Tomoe. En el epílogo, una de sus hijas, ya anciana, nos cuenta cómo 3 años después Iguchi moriría de un disparo durante la Rebelión Meiji y Tomoe se iría con las dos niñas a vivir como maestra a Tokio hasta su muerte ya en los primeros años del s.XX y habiendo dejado atrás todo lo que representaba la forma de vida samurai.

¿Notan ustedes la diferencia ente ambas tramas? No hace falta ser un lince para apreciar las notables divergencias entre dos películas ambientadas en el mismo contexto, prácticamente en la misma época (una tiene lugar durante la revolución Meiji y otra unos pocos años antes) y localización y casi hasta rodadas al mismo tiempo. En la versión americana nos encontramos con una visión decadente de la sociedad occidental y un análisis pesimista de la industrialización y la civilización y cultura moderna en la cual se hace un ejercicio de escapismo hacia un pasado idealizado, el del Japón feudal, el cual es una antítesis total de los elementos que se critican del presente. Así, la exaltación de los valores aparentemente perdidos en Occidente como el honor o la fraternidad y la representación del mundo del Japón feudal como una realidad bucólica y feliz simbolizan el pesimismo hacia el mundo moderno. Paradójicamente, en la peli japonesa ocurre justo lo contrario, los samurais son presentados como gañanes alcohólicos que abusan de mujeres, se burlan de aquellos en situación de necesidad y viven en una sociedad decadente, absurda y en último término condenada a la extinción (y gracias a Dios). Precisamente para los creadores japonenses, es justo esa misma modernidad que en El Último Samurai se critica la que supone la salvación y la oportunidad de vivir en una sociedad racional que no está regida por los estamentos, la tradición o la violencia incontrolada.

Para entender por qué se da esto es imperativo retrotraerse a la antigua Roma (bueno, en realidad no lo es, pero no he podido evitarlo) y concretamente a los trabajos de un escritor latino llamado Tácito. Este autor vivió en el s. II dc, el cual observó la mayor expansión territorial, mayor desarrollo económico y social y mayor estabilidad política de toda la historia del Imperio Romano. No obstante, en sus obras, Tácito cargaba furibundamente contra lo que el consideraba que era la decadencia absoluta de la sociedad romana y en su lugar ensalzaba las virtudes de los pueblos germanos (los cuales carecían de cosas tan básicas en Roma como baños públicos, un código legal o una producción artística relevante). En otras palabras, Tácito usaba las virtudes de la sociedad en la que vivía y las oportunidades y privilegios que gracias a ella disfrutaba para atacar a la misma en un intento de defender una versión ideal de las sociedades ajenas a dicha civilización (los pueblos germanos) que en ningún caso se correspondía con su descripción real. A cualquier lector que esté familiarizado con las corrientes de pensamiento del s. XVIII habrá reconocido aquí las características básicas de lo que se denomina "el mito del buen salvaje", lo cual viene a ser la idealización los pueblos "primitivos" o con formas de vida más tradicionales por contraposición a los más modernos, a los cuales se tilda de pervertir la naturaleza humana.

Es necesario destacar cómo generalmente estas idealizaciones se basan en visiones utópicas y poco relacionadas con la realidad de dichos pueblos, y generalmente son fruto de aquellas sociedades o individuos para los que los avances y beneficios de la industrialización y la modernización son tan naturales que apenas se valoran. Así, todos aquellos que idealizan las virtudes del Japón feudal con respecto a la sociedad industrial occidental obvian por completo cómo dicha sociedad industrial es también responsable de unos avances médicos y de condiciones de vida sin precedentes que han salvado millones de vidas, tienen códigos legales que protegen legalmente a todos sus integrantes y les otorgan derechos inalienables o se rigen por gobiernos democráticamente electos por la ciudadanía. El propio Ortega y Gasset explicaba en su conocida obra "La rebelión de las masas" cómo las críticas al estado liberal (que en la literatura de Gasset venía a encarnar a la sociedad industrial y postindustrial moderna) que ensalzan modelos alternativos existen únicamente gracias al privilegio que supone el formar parte del propio estado liberal y rara vez, por no decir nunca, son fruto de un análisis racional sino que se basan en sentimentalismos exacerbados o ideas deformadas.

Así, el cine nos muestra esta dicotomía de forma maravillosa. Si para los guionistas zampa-hamburguesas y bebe-Starbucks de Los Angeles, incapaces de sobrevivir in su Iphone y sin un coche con aire acondicionado (lo cual es comprensible en una ciudad en donde en verano los 40º se alcanzan sin demasiado esfuerzo, todo hay que decirlo) los cuales no sólo se criaron en una sociedad totalmente moderna, sino que son hijos y nietos de personas en igual situación, el Japón feudal supone la vuelta a un ideal platónico de sociedad ancestral perfecta, para los japonenses, quienes tienen en su historia un recuerdo mucho más cercano y traumático de dicha sociedad, supone todo lo contrario, volver a una sociedad en donde existen unas carencias incompatibles con la dignidad humana. Si bien cuando se dan en el cine, estos análisis no dejan de ser relativamente inocuos, el hecho de que se plasmen en la gran pantalla, en donde gracias al alcance del entretenimiento de masas pueden modelar de forma profunda la idiosincrasia de gran parte de la sociedad, hacen que de alguna forma representen un riesgo si se permite este mismo razonamiento en otras áreas. Pensemos en la ciencia por ejemplo, es posible que el lector haya oído más de una vez hablar de los beneficios para combatir determinada dolencia de cierto remedio de una tribu africana o del amazonas por contraposición a los fármacos industriales occidentales, lamentablemente esta lógica no parece tan sólida cuando se tiene en cuenta que la esperanza de vida de los miembros de dichas tribus no suele sobrepasar los 35 o 40 años mientras que los que vivimos en países donde tomamos las cosas que fabrica la Bayer llegamos a los 75 o 80. Incluso en muchos casos se replica esta arbitraria lógica en cuestiones más personales, como puede ser la formación de la propia identidad. Esto se ve claramente en EEUU, un país formado en su mayor parte por población inmigrante, y en la cual es profundamente común que numerosas personas basen su identidad en el origen de sus antepasados, desde europeos (descendientes de irlandeses, escoceses, polacos, etc.) a afrodescendientes (generalmente descendientes de esclavos de la costa Atlántica de África, si bien es interesante que estas personas tiendan a identificarse con las poblaciones afro-mediterraneas y más concretamente de Egipto, un lugar situado a más de 6000 km de sus verdaderos lugares de origen, y que probablemente se deba a la influencia del antiguo testamento sobre numerosos grupos religiosos en EEUU, peo eso ya es salirse del tiesto y mejor lo dejamos para otra entrada) personas de origen asiático (Corea, Vietnam, Japón, etc.) y otros muchos, idealizando en grado sumo dichos lugares de origen (siendo, paradójicamente, en bastantes ocasiones incapaces de señalarlos en el mapa gracias a la “excelencia” del sistema educativo de EEUU) sin tener en cuenta cómo dichas sociedades en muchos casos pueden caracterizarse por realidades antidemocráticas, homofóbicas, misóginas, etc.

No es casualidad que dichos escapismos se den en la sociedad Occidental industrial y postindustrial, ya que esta ha logrado generar unas condiciones de crecimiento económico, avance científico y tecnológico, estabilidad política y bienestar social prácticamente sin precedente y por lo tanto ha generado un profundo vacío en una sociedad que por lo general ya no tiene que pelear por la mera subsistencia como si ocurría en el pasado que se tiende a "idealizar". A consecuencia de esto, nos encontramos con una tendencia hedonista a, desde la posición privilegiada que nos da el pertenecer a dicha sociedad, ensalzar otras realidades, o mejor dicho, las imágenes idealizadas de otras realidades que en la práctica no conocemos en profundidad y en las que posiblemente ya habríamos muerto sen caso de haber nacido en ellas. Esta necesidad de idolatrar lo que a la larga no es más que una creación artificial no es en el fondo más que una forma controlada de gestionar el vacío existencial inherente a la postmodernidad y la necesidad de referentes, ya sean reales o ficticios, y la agilidad, en este caso de la industria del cine, para aprovechar esta necesidad y vender un producto cultural que de alguna forma la satisface. En otras palabras, se da la aguda paradoja de que muchas veces estas formas de vida que admiramos por ser ajenas al consumismo y al mercantilismo occidental en realidad han llegado a nosotros edulcoradas y procesadas por dicho mercantilismo para nuestro consumo. Así pues, una película como "El Útimo Samurai", si bien no ofrece ninguna información relevante sobre la realidad del Japón feudal, si que nos dice muchas cosas sobre la sociedad occidental, sobre la capacidad de la industria del entretenimiento de idealizar el pasado para vender un escapismo vacío a sus consumidores, sobre la necesidad de muchas personas de encontrar referentes inmateriales, en ocasiones retrotrayéndose a un pasado inexistente, o de la tendencia de gran parte de nosotros de caer en mensajes irracionales o abiertamente falsos y la forma, en muchos casos deliberada, en la que anulamos nuestra capacidad de crítica.

Evidentemente, Hollywood sacando provecho del mito del buen salvaje para generar un producto de entretenimiento no es nada nuevo ni supone ningún peligro inmediato para la sociedad Occidental (además de que tengo serias dudas de que nadie ajeno a la Cienciología y con un cociente intelectual que le permita caminar y mascar chicle al mismo tiempo pueda tomarse en serio ningún mensaje transmitido por Tom Cruise), pero quizá la continua exposición a esta clase de mensajes necesite que de vez en cuando veamos alguna película sobre japoneses hecha por los propios japonenses para tratar de entender realmente de qué hablamos cuando hablamos de katanazos.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Personajes del cine y la TV que son fascistas y no lo sabías.




Por algún motivo que desconozco, si bien la mayor parte de la población tiende a no prestar demasiada atención por norma general al estudio de la historia, siempre hay un tema que es la excepción a la regla, un tema del que todo el mundo parece desear ser (o incluso autoproclamarse) un experto y del que la gente haría lo que fuera por saber más excepto leer un buen libro. La segunda guerra mundial y el fascismo. Ello se puede notar tanto en una clase de instituto (doy fe de que siempre hay el típico chaval que se sabe desde el diámetro de las orugas de los Panzer V hasta la marca del fabricante de las pinturas con las que Hitler hizo el cuadro con el que fue rechazado en la escuela de Bellas Artes) como entre el público generalizado, en el cual el público autoproclamado experto en este tema se cuenta por miles. Incluso esto tiene un reflejo en la cultura de masas. Baste fijarse en algo tan sencillo como la programación del Canal de Historia para darse cuenta de que cerca del 50% de su programación está relacionada de alguna forma con Hitler o los Nazis, siendo el 50% restante utilizado para hablar de vikingos, templarios, alienígenas construyendo pirámides y cosas similares.

No obstante, con todo este conocimiento bruto, existe entre las audiencias generales un escaso aprovechamiento del mismo a la hora de hacer un juicio crítico de muchas de las cosas que, accidental o intencionadamente muchos creadores ponen en la pantalla. Durante muchos años hollywood y el mundo del entretenimiento en general ha usado a fascistas y nazis como antagonistas ideales dado que el prácticamente universal odio y repulsa que se siente hacia los mismos por el gran público hace imposible empatizar con ellos y por lo tanto los transforma en el villano perfecto al que disparar, golpear o apuñalar sin pizca de remordimiento o ambigüedad moral. No obstante, una de las cualidades del fascismo es una inusitada capacidad de seducción que ha permitido que ciertas de sus ideas nucleares prendan de forma inconsciente en los creadores de nuestro entretenimiento y que, por lo tanto, tengamos inadvertidamente a protagonistas defendiendo comportamientos e ideas que encajarían con el ideario fascista.¿Qué me diría usted si le dijera que muchas de sus series y películas favoritas están protagonizadas por personajes ideológicamente afines al fascismo? ¿Y si le dijera que quizá usted ha estado alentando y admirando a dichos personajes?

Como no podía ser de otra manera, vamos a empezar por algo sencillito que más o menos todo el mundo controla, Johnny Rico y prácticamente cualquier otro personaje humano en el clásico de culto de 1997 "Starship Troopers" dirigido por el genial Paul Verhoeven, director de filmes tan dispares como "Instinto Básico" o "Robocop" (una de las mejores criticas a la sociedad de consumo, el avance tecnológico desmedido y el capitalismo tardío que jamás he visto). En esta película se nos cuenta cómo en un futuro en el que EEUU ha anexionado a todos los países de la tierra y está comenzando una expansión en el espacio los humanos han de invadir un planeta sito en el otro extremo de la galaxia habitado por insectos gigantes con el pretexto de que dicho planeta ha de ser destruido para evitar que se altere la órbita de ciertos meteoritos que pueden impactar contra la tierra. Quizá lo más interesante de esta película es cómo adopta la morfología de una obra de propaganda , muy similar a los archiconocidos documentales "¿Por qué luchamos?" de Frank Capra, pero imbuidos de contenidos ideológicos muy cercanos al Nacional-socialismo. En primer lugar, destaca un rechazo total hacia el concepto de la democracia, habiendo sido sustituida esta por un gobierno militar. Más si cabe, es necesario el servir en el ejercito para participar en la vida política y ser reconocido como ciudadano. Esto nos lleva a un hipermilitarismo en el que la sociedad a su conjunto está al servicio de la fuerza militar y no al revés. Esta filosofía se materializaría de la forma más clara con la disputa entre Hjalmar Schacht, ministro de economía de la república de Weimar y los primeros años de la Alemania de Hitler y uno de los más importantes economistas del s. XX, y Hermann Göring (quien no creo que necesite introducción.). Cuando Schacht, que no comulgaba en absoluto con el ideario nazi, fue nombrado ministro de economía por Hitler, propuso una serie de reformas que apostaban por incentivar la industria civil y el consumo para elevar el nivel de vida medio del pueblo alemán, pero rápidamente Göring se opuso a esta política que implicaba, entre otras cosas, reducir la inversión en desarrollo militar. Mientras que para Schacht la prioridad era el desarrollo de la economía y el bienestar social, para Göring estos era aspectos secundarios supeditados a la fuerza militar. Así, si bien durante los primeros años de gobierno de Hitler el despegue del nivel de vida alemán se debió en buena parte a las medidas de Schacht, cuando este fue destituido por motivos ideológicos Göering propuso un nuevo modelo de economía en el que toda la industria se supedita al desarrollismo militar, causando un retroceso del nivel de vida de los alemanes en los años inmediatamente previos al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Schacht terminaría apresado en un campo de concentración por simpatizar con los judíos y tras en fin de la guerra sería encarcelado por los aliados colaborar con Hitler (hay gente que simplemente nace para estar en el momento equivocado en el lugar erróneo.) Pero tampoco se sientan muy mal por el, al salir en 1948 sería nombrado alto directivo del Deutsche Bank hasta su muerte en los 70. Lo que con esta historia pretendo ilustrar es cómo en el ideario fascista la organización del ejercito es la base de la sociedad y la capacidad militar representa el inicio y el fin de la misma, lo cual se plasma en todos los aspectos, desde la economía hasta la cultura o las relaciones personales.

Otro aspecto si cabe más interesante de esta película es cómo el enemigo es representado de forma no humana (asquerosos insectos gigantes) plasmando así el esfuerzo de deshumanización del enemigo propio de los contextos bélicos y que tendría un lugar preeminente en la propaganda fascista. No obstante, lo más admirable de esta película es cómo no son estos elementos accidentales mas intencionados. Paul Verhoeven busca precisamente recargar su película con elementos propàgandisticos filofascistas para lograr un efecto sutilmente perverso, hacer que las masas apoyen a los personajes fascistas, cosa que consigue ampliamente. Así, esta película lograría que grandes audiencias apoyaran gobiernos antidemocráticos, el uso de la violencia injustificado (o justificado mediante un casus belli dudoso cuanto menos y que suena más a excusa arrojada a la opinión pública) el hipermilitarismo o incluso el uso de la tortura, en un inteligentísimo análisis sobre cómo el cine puede ser usado como herramienta de propaganda para fines malévolos con gran efectividad.

Avanzando en esta linea, es imposible no mencionar prácticamente cualquier película de superhéroes hecha en los últimos 20 años. Si uno lo piensa fríamente, la figura del superhéroe es profundamente facista, un señor (o ahora señora) que mostrando un desprecio absoluto hacia la legalidad vigente, hacen como juez, jurado y verdugo imponiendo a través de la fuerza, sus propios estándares morales. Estas inquietudes no han sido ajenas al cine de superhéroes reciente, siendo quizá Watchmen (tanto el cómic como la versión de 2009, la serie de HBO de 2019 es un desastre conceptual que los críticos fingen adorar para no parecer estúpidos) la obra más consciente de ello. En ella se muestra una crítica a la figura omnipotente del superhéroe (desde algunos personajes que usan sus habilidades para cometer abusos sexuales o crímenes de poca monta a figuras que realmente son disruptivas para la democracia y los derechos humanos y terminan causando un genocidio justificado por su superioridad con respeto a la población general.) en una clara representación de la cara B de dichos personajes y un ataque visceral a lo que la figura del superhéroe representa, un líder excepcional que usa la fuerza a su antojo y que carece de limitaciones, algo que no se aleja demasiado del prototipo de líder fascista.

Un acercamiento más matizado se hace en "El caballero oscuro" de Nolan en 2008, en donde para atrapar al Joker, Batman se ve obligado a vulnerar las leyes e incluso la privacidad de los ciudadanos al intervenir todos los teléfonos móviles de la ciudad para detener al villano, creando un dispositivo Orwelliano que si bien logra que Bruce Wayne detenga a su enemigo, viene con un gran coste ético para el mismo, que tras esto decide colgar la capa (temporalmente) por considerar que ya no merece ser el héroe de Gotham después de lo que ha hecho. La sorpresa en este caso viene porque a diferencia de lo que estamos acostumbrados a ver, en este caso Batman realmente siente reparos morales a la hora de abusar de su poder, algo no muy común entre superhéroes. Se abre por primera vez el debate sobre si el fin justifica los medios y sobre hasta que punto puede un héroe retorcer su código ético y los derechos de la ciudadanía. Así, el triunfo material de Batman (que logra detener al Joker) se acompaña de un fracaso moral al lograr esta victoria corrompiendo los derechos civiles y el imperio de la ley y la democracia. No obstante, Nolan daría a Batman una redención 4 años más tarde en la infravalorada película de 2012 "The dark Knight Rises", en la que Batman luchará contra un prototipo de líder populista autoritario y fanático religioso llamado Bane que a través de una revolución pseudocomunista busca destruir la ciudad de Gotham. Así, Bane es presentado como un prototipo de líder autoritario que encaja en algunos de los puntos del fascismo aunque en este caso también del comunismo. Llega al poder alentando una revolución de los más desfavorecidos contra las clases altas (y con el apoyo de buena parte del pueblo) reconociéndose a si mismo como el héroe del pueblo que devolverá a la ciudadanía su dignidad y poder político, pero una vez que culmina su alzamiento violento contra el orden establecido, crea un sistema autoritario y militarista en el que se la ley y la seguridad jurídica son abolidas, las purgas y asesinatos políticos son constantes y su liderazgo antidemocrático sustentado por la violencia y cierto fanatismo religioso no es contestado en absoluto (vamos, que en esta Batman se enfrenta a un Juan Domingo Perón con esteroides). Así pues, y tras un viaje de autodescubrimiento y redención con tintes zoroastristas, Batman se enfrentará a este enemigo acompañado por el denostado cuerpo de policía de la ciudad, en un mensaje equivocadamente interpretado como conservador por algunos críticos y que representa cómo cosas como en la práctica, hoy por hoy cosas como la democracia, la justicia o los derechos civiles únicamente pueden existir dentro del estado liberal occidental.

Lamentablemente, en 2012, y justo cuando se empezaba a ver en el cine de superhéroes un género adulto con mensajes complejos, se estrenó también "Los Vengadores", estableciendo un nuevo patrón para este cine, en el que en lugar de tratar a los adolescentes como adultos se trata a los adultos como adolescentes, con mensajes súpersimplificados, dilemas morales inexistentes y una carga ideológica que, pareciendo inocente de primeras, era en realidad cuestionable cuanto menos. Así, la nueva generación de cine comercial nos presentó héroes infalibles e incuestionables que imponen su autoridad y valores por medio de su superioridad inherente sin cuestionarse la naturaleza de su sistema de valores. Además, a menudo vemos, tal y como mencionaba en la anterior entrada, cómo los poderes estatales, sujetos a la democracia y el imperio de la ley, son presentados como decadentes o antagónicos. Los líderes electos y representantes del poder estatal aparecen como tíos feos, calvos, chepudos y de nariz ganchuda que se atreven a decir a nuestros jóvenes, guapos y atléticos héroes qué pueden o no pueden hacer (y generalmente al final de la peli reciben su merecido por oponerse a la todopoderosa voluntad de Los Vengadores.). Lamentablemente, el éxito y la falta de una crítica constructiva a este genero no ha hecho sino causar que estos problemas se agudicen. Lo que en las primeras películas era sólo un trasfondo ahora se dibuja claramente. Así, películas como Black Panther convierten a su protagonista en un dictador africano que usa la violencia para imponer su autoridad e impedir que su pueblo contacte con el exterior, Tony Stark es un millonario que decide arbitrariamente en qué conflictos toma y deja de tomar parte saltándose a la torera a las Naciones Unidas, Thos es básicamente un monarca absolutista de raza aria que basas su poder en el sistema feudal y Capitana Marvel se dedica a romper muñecas y robar propiedad privada de gente que no ha roto ninguna ley simplemente porque le han entrado de forma desfasada pero inocente (al menos esa escena la eliminaron y está sólo en el DVD, pero el hecho de que ni guionistas ni productores ni directores vieran nada malo en ella y sólo fuera al editor a quien le mosqueara poner a una superheroína actuando como un hampón marsellés de los 70 es bastante significativo por si mismo.)

Finalmente, y tras todo este periplo, nos vemos obligados aquí a abordar a la madre del cordero (o mejor dicho, de los dragones), la co-protagonista del final más controvertido de los últimos años de la TV y calcinadora oficial de los siete reinos Daenerys Targaryen. Evidentemente, machacar a toro pasado a la genocida de los dragones puede parecer fácil, pero analicemos su evolución durante toda la serie. Desde el inicio, y a diferencia de otros personajes, la revolución de Daenerys siempre se ha caracterizado por un uso irreflexivo de la fuerza y la violencia y un marcado personalismo. Así, la Targaryen nunca dudó en presentarse a sí misma como una líder carismática obsesionada con la obtención de poder y los baños de masas que durante las diferentes temporadas esculpió un culto a su persona comparable a cualquier sistema autocrático real. Igualmente, la deshumanización de sus enemigos es una similitud clara con las herramientas de propaganda fascista tradicionales, lo cual permite no solo justificar el uso de cualquier tipo de violencia, sino también reforzar la imagen de autoridad del líder como protector del pueblo y alentar el sentimiento de unidad al canalizar todas las posibles tensiones internas contra un enemigo externo. Así, la explosión de ira del penúltimo capitulo y su giro genocida encajan perfectamente en un personaje que ya desde los inicios de la serie mostraba claros síntomas de tendencias autocráticas, liderazgos tóxicos y un uso desmedido de la violencia.

Pero con Daenerys ocurre si cabe un hecho mucho más interesante, y este es la reacción del fandom (o buena parte de el) tras el desenlace de la serie (el cual tampoco voy a defender a capa y espada porque es más chapucero que el plan de desarrollo urbanístico de Gijón, todo hay que decirlo). Así pues, en el mismo momento en el que el dragón de Dany expulsó la última llamarada, internet se inundó de indignados usuarios de redes sociales clamando sobre lo absurdo e injusto con el personaje de aquel final, de cómo su heroína se había transformado en un monstruo. De alguna manera, para millones de personas el hecho de que un personaje que tenía numerosos antecedentes de enfermedades mentales en su familia, acceso a un arma de destrucción masiva y que llevaba años mostrando tendencias sociopáticas autoritarias y violentas matase a una ciudad entera fue una sorpresa total. Y sin embargo, tal respuesta era evidente. Este comportamiento de Daenerys, acompañado por su carismático mensaje como defensora de los necesitados y de un modelo de liderazgo atractivo para muchos, en el cual las muestras de poder y autoridad tienen un efecto catártico en las audiencias que hace que se sientan parte del grupo liderado por la joven Targaryen y empaticen con ella, llevaría a que el juicio crítico se suspendiera cuando esta realizaba sus cruentas acciones. Si volvemos a visitar una de las tres únicas escenas buenas del último episodio (siendo las otras dos el discurso de Daenerys en Desembarco del Rey y el momento en el que Jon Snow la mata, porque lo siento, eso fue poesía pura), el discurso que Tyrion da en su celda, podemos comprender esto mejor. En el, el personaje interpretado por Peter Dinklage nos explica a nosotros, la audiencia, como en el fondo Daenerys siempre ha sido así, pero sus seguidores simplemente eligieron mirar para otro lado cegados por el mensaje y el carisma de la misma. Este mismo mecanismo psicológico sería el que operaría durante el Tercer Reich, en el que Hitler lograría vulnerar primero la legalidad vigente de la constitución de Weimar y después los derechos humanos de gran parte de la ciudadanía alemana (por no hablar de los prisioneros de los países ocupados).

Así pues, si de algo sirvió el final de Juego de Tronos fue para realizar un masivo experimento sociológico sobre el impacto de la propaganda y nas narrativas sesgadas en las masas. En este caso, un punto de vista intencionadamente sesgado en favor de Daenerys durante toda la serie así como una representación de la misma como una gran líder hipercarismatica que repetía muchos de los patrones de los líderes fascistas del pasado llevaría a que, al igual que pasó en los años 20 y 30 en Europa, grandes masas de personas se encuadraran a favor de una líder abiertamente destructiva y liberticida. No pretendo tampoco decir que si los fans de Daenerys hubieran vivido en la Europa pre-segunda guerra mundial hubieran sido aliados del eje Roma-Berlín-Tokio, pero si evidenciar como el proceso de pensamiento detrás del apoyo a ambos es en gran medida similar.

Dejando a un lado cuestiones históricas, políticas y sociológicas, es evidente que uno de los motivos por los que los grandes líderes fascistas triunfaron en el pasado e incluso funcionan en el presente (si no lo cree, haga la prueba, visite la página web del PNV y descargue algún discurso de Xabier Arzalluz, es curioso cómo las mismas palabras que en el País Vasco de los 90 te conseguían 4 años como presidente autonómico en Nuremberg en los 40 hubieran conseguido 4 años en prisión.) es porque se basan en axiomas, formas de razonar y toda una simbología que entronca fácilmente con la psicología del individuo y del grupo, y por o tanto no ha de resultarnos sorpresivo que dichos elementos se utilicen en el cine o la televisión para lograr dibujar personajes especialmente atractivos para el gran público. Es por ello que como espectadores, es clave que nunca perdamos el ojo crítico, en especial con respecto a las obras de entretenimiento más populares, que a la larga pueden resultar las más peligrosas.

Como decía un amigo mío, todos nos escandalizamos (no sin razón) si escuchamos que un adolescente ha tomado una bebida alcohólica, pero a casi todo el mundo le parece normal que un adolescente se pase el fin de semana viendo películas con mensajes políticos y sociales más que cuestionables. Quizá sea una de nuestras responsabilidades como sociedad el no infravalorar a estos enemigos, porque como dice el refrán, de aquellos polvos...