Hace un par de semanas asistí al I Congreso de Estudiantesde Medicina de la Universidad de Oviedo en el que, aparte de salir con la
motivación de ver más de un centenar de estudiantes llenando el salón de actos
del nuevo HUCA –que parece que le cuesta dar sentido a la U- en un Congreso
amplísimo, con muy diversas actividades y charlas, organizado por propios
estudiantes de la facultad, pude volver a casa dando vueltas a algunas de las
cosas que había escuchado allí.
Indudablemente, una de las charlas estrella venía en el
nombre de Carlos López Otín, bioquímico este que, por su singularidad en cuanto
número, calidad y repercusión de sus publicaciones y trabajos, deja en
evidencia el interés que pone la Universidad de Oviedo en el fomento de la
investigación. Su exposición trató, resumidamente, de los raudos avances de la
investigación biomolecular y su aplicación a la práctica médica moderna de
forma que pudiésemos curar el cáncer, trasplantar órganos creados a partir de
células madre y manos biónicas y aumentar la esperanza de vida varios años. Juraría
que las mentes de los estudiantes allí presentes estuvieron en un momento dado
más cercanas a la espicha posterior al cierre del CEMUO –para algo estamos en
Asturias- que en la cantidad de datos que aportaba el científico. Pero los ojos
se abrían entusiasmados ante los resultados de años de trabajo y millones de
euros de investigación en la búsqueda de los mínimos caracteres que nos
configuran como los erróneos seres que somos. ¿Quién puede decir que el objetivo
de la medicina no sea curar?
Pero para mí, la idílica conferencia me pareció bastante
menos importante, tanto desde el punto de vista ético como puramente sanitario,
que otras charlas ofrecidas en ese mismo congreso sobre la cooperación
internacional (ayuda humanitaria, cooperación al desarrollo) o los riesgos de
algunas sustancias de nuestro día a día. Actualmente, en los países
occidentales nos gastamos medio millón de euros en llevar a cabo un tratamiento
contra el cáncer que puede no llegar a salvar a la persona y, aún salvándola,
la dejará en un estado mucho más perjudicado y dependiente, con riesgo de
volver a padecer una enfermedad similar. Y es que, a pesar de que la incidencia de enfermedades infecciosas va siendo reducida, son
otras patologías las que copan los hospitales: cáncer, infartos, problemas
inmunológicos (y esto incluye alergias), etc. El tratamiento de estas
enfermedades es mucho más caro, y muchas de ellas son crónicas.
¿Por qué gastamos ingentes cantidades de dinero en operar
personas de 90 años para que vivan otros tres o cuatro más cuando estamos
pasando por encima de las desigualdades sanitarias que afectan, como mínimo, al
80% de la población mundial; cuando estamos considerando como algo secundario
llevar a cabo campañas de prevención de enfermedades, campañas de educación de
la sociedad ante la salud; cuando la alimentación que vemos normal nos inyecta
auténticos venenos artificiales en sangre que no pueden ser bien analizados e
investigados por los impedimentos y barreras del entramado de mafia de empresas
y gobiernos? ¿No parece aberrante invertir millones y millones de recursos en
investigar métodos terapéuticos que, por su coste, no van a poder aplicarse,
ofrecerse, a la sociedad completa de un país, cuando podrían aplicarse a
mejorar (o muchas veces, simplemente a proporcionar) estructuras sanitarias a
los millones de personas que carecen de ella? ¿Por qué no, al menos, comprender
que sale más barato prevenir que curar?
Según avanza la investigación científica, más posibilidades
tecnológicas se nos presentan. Sin embargo, el alto coste de tales procesos en
el contexto del funcionamiento económico del mundo implicará que, cuanto más específico,
complejo y caro sea un tratamiento, a menos gente podrá ser dirigido, más
elitista será, y, amores, a ti y a mí nos toca morir.

