domingo, 19 de abril de 2015

La omnipotente medicina del mañana

Hace un par de semanas asistí al I Congreso de Estudiantesde Medicina de la Universidad de Oviedo en el que, aparte de salir con la motivación de ver más de un centenar de estudiantes llenando el salón de actos del nuevo HUCA –que parece que le cuesta dar sentido a la U- en un Congreso amplísimo, con muy diversas actividades y charlas, organizado por propios estudiantes de la facultad, pude volver a casa dando vueltas a algunas de las cosas que había escuchado allí.

Indudablemente, una de las charlas estrella venía en el nombre de Carlos López Otín, bioquímico este que, por su singularidad en cuanto número, calidad y repercusión de sus publicaciones y trabajos, deja en evidencia el interés que pone la Universidad de Oviedo en el fomento de la investigación. Su exposición trató, resumidamente, de los raudos avances de la investigación biomolecular y su aplicación a la práctica médica moderna de forma que pudiésemos curar el cáncer, trasplantar órganos creados a partir de células madre y manos biónicas y aumentar la esperanza de vida varios años. Juraría que las mentes de los estudiantes allí presentes estuvieron en un momento dado más cercanas a la espicha posterior al cierre del CEMUO –para algo estamos en Asturias- que en la cantidad de datos que aportaba el científico. Pero los ojos se abrían entusiasmados ante los resultados de años de trabajo y millones de euros de investigación en la búsqueda de los mínimos caracteres que nos configuran como los erróneos seres que somos. ¿Quién puede decir que el objetivo de la medicina no sea curar?



Pero para mí, la idílica conferencia me pareció bastante menos importante, tanto desde el punto de vista ético como puramente sanitario, que otras charlas ofrecidas en ese mismo congreso sobre la cooperación internacional (ayuda humanitaria, cooperación al desarrollo) o los riesgos de algunas sustancias de nuestro día a día. Actualmente, en los países occidentales nos gastamos medio millón de euros en llevar a cabo un tratamiento contra el cáncer que puede no llegar a salvar a la persona y, aún salvándola, la dejará en un estado mucho más perjudicado y dependiente, con riesgo de volver a padecer una enfermedad similar. Y es que, a pesar de que la incidencia de enfermedades infecciosas va siendo reducida, son otras patologías las que copan los hospitales: cáncer, infartos, problemas inmunológicos (y esto incluye alergias), etc. El tratamiento de estas enfermedades es mucho más caro, y muchas de ellas son crónicas.

¿Por qué gastamos ingentes cantidades de dinero en operar personas de 90 años para que vivan otros tres o cuatro más cuando estamos pasando por encima de las desigualdades sanitarias que afectan, como mínimo, al 80% de la población mundial; cuando estamos considerando como algo secundario llevar a cabo campañas de prevención de enfermedades, campañas de educación de la sociedad ante la salud; cuando la alimentación que vemos normal nos inyecta auténticos venenos artificiales en sangre que no pueden ser bien analizados e investigados por los impedimentos y barreras del entramado de mafia de empresas y gobiernos? ¿No parece aberrante invertir millones y millones de recursos en investigar métodos terapéuticos que, por su coste, no van a poder aplicarse, ofrecerse, a la sociedad completa de un país, cuando podrían aplicarse a mejorar (o muchas veces, simplemente a proporcionar) estructuras sanitarias a los millones de personas que carecen de ella? ¿Por qué no, al menos, comprender que sale más barato prevenir que curar?


Según avanza la investigación científica, más posibilidades tecnológicas se nos presentan. Sin embargo, el alto coste de tales procesos en el contexto del funcionamiento económico del mundo implicará que, cuanto más específico, complejo y caro sea un tratamiento, a menos gente podrá ser dirigido, más elitista será, y, amores, a ti y a mí nos toca morir.