Quienes me conocen saben
que el cine del lejano oriente es mi debilidad. Si tuviera que elegir
un país donde se hace el mejor cine del mundo en este momento,
seguramente elegiría Corea del Sur (en serio, esa gente es incapaz
de hacer una peli mala) y las obras atemporales de directores como
Bong Joon-ho, Chan-Wook Park o Kim Ji-Woon con Japón (con nombres
como Takeshi Kitano, Hirokazu Koreeda o el incombustible Yoji Yamada,
que con casi 90 años sigue estrenando prácticamente una nueva
película cada 18 meses porque se ve que el pescado crudo frena el
envejecimiento) y Hong Kong (con Wong Kar-Wai, quien ostenta el
título de haber dirigido la que es considerada como la mejor
película de lo que llevamos de s. XXI según la crítica
especializada, "In the mood for love") empatados en segundo
lugar y China (destacando a veteranos como Chen Kaige o Zhang Yimou y
jóvenes promesas como Chloe Zhao o Jia Zhangke) y Taiwan (del
archiconocido en Occidente Ang Lee al menos popular pero igualmente
relevante Edwar Yang) en un muy meritorio bronce (se que técnicamente
Taiwan y Hong Kong deberían incluirse en China pero me niego en
rotundo a darle a Xi Jinping y a las ratas del PCC ese placer).
Incluso de forma más amplia y alejándonos del triangulo
Seul-Tokio-Pekín, el continente asiático se caracteriza por una
industria cinematografia profundamente robusta, desde las famosas
producciones del Bollywood hindú (las cuales no es que encajen mucho
con mis gustos la verdad, pero no se puede negar el profundo impacto
tanto nacional como internacional que tiene) a la económicamente
constreñida pero extremadamente rica producción cinematográfica
Iraní (siendo Asghar Farhadi el más famoso pero desde luego no el
único representante). Incluso países con industrias claramente
menores y de producción orientada al consumo propio como Tailandia,
Filipinas o Indonesia han dado a luz de vez en cuando algunas
películas sorprendentemente sólidas que incluso logran cierto tirón
a nivel internacional gracias a festivales como Cannes, Venecia o
Berlín. Vamos, que el cine del otro extremo del planeta me encanta,
y podría decirse que a diferencia de lo que pasa en Occidente,
estamos ante directores capaces de hacer un cine de autor, maduro y
artisticamente relevante que a la vez ha logrado disfrutar de un
cierto éxito de masas que en Occidente no se ha dado (con
excepciones como puede ser el cine de Polonia) y que les permite
encontrar financiación para sus proyectos de forma relativamente
fácil.
Y sin lugar a dudas, el
subgénero de samurais es sin duda uno de los más representativos
del cine oriental. Si revisamos brevemente su historia, este ha
pasado por una amplia gama de evoluciones que representan las propias
transformaciones políticas y sociales de Oriente en general y muy
especialmente en Japón. Así, si observamos en el protocine japonés
(el anterior a la introducción del sonido) ya existía predilección
por el género chanbara (así es como se denomina en Japón al cine
de samurais) si bien este era heredero directo de tradiciones
narrativas previas y representaba historias populares y tradicionales
con samurais y argumentos sobresimplificados en los que de alguna
manera se ensalzaba el pasado glorioso japonés, en un esfuerzo
nacionalista muy en consonancia con las políticas del gobierno
japonés de principios del s. XX y en el que las artes fueron en
buena medida utilizadas para fomentar una narrativa que justificara
el cruento expansionsmo continental e isleño del que el país nipón
haría gala en los compases previos a la Segunda Guerra Mundial. Es
destacable en este periodo alguna película que por primera vez se
atreve a cuestionar estos valores tradicionales. Destacan en este
aspecto directores como Sadao Yamada, quien introduciría por primera
vez la figura del samurai empobrecido, de la que luego hablaremos
más, (y quien siempre se opuso a la censura que Tokio imponía a
todas las películas y que cuando fue forzosamente reclutado para la
invasión de China se negó a disparar un sólo tiro hasta que, con
sólo 29 años, moriría en la misma guerra por una enfermedad siendo
sus últimas palabras "por favor, hagan buenas películas",
si este señor no es el ídolo perfecto para cualquier cineasta es
que, desde luego, desconozco el significado de la palabra "ídolo")
No obstante, nos encontramos en lineas generales un cine de samuráis
que, en consonancia con los intereses del gobierno, favorece los
intereses de una ideología profundamente nacionalista al remitir a
un pasado japonés glorioso. Tras la guerra y la invasión de EEUU el
género chambara sería prohibido durante los años de la ocupación
precisamente por las implicaciones nacionalistas del mismo. En los
50, tras la marcha de las tropas americanas, el genero volvería a
resurgir pero ahora, sin censura y habiendo experimentado los
horrores de la guerra, los cineastas japoneses lo abordaban de forma
totalmente distinta. De la mano del grandísimo Akira Kurosawa nos
encontramos ahora un cine de samurais que critica profundamente el
pasado feudal y muestra el mundo de los samurais como decadente y
lleno de miseria (capturando el espíritu japones de posguerra, con un
país que había pasado de ser la primera potencia del Pacífico a
ser derrotado, bombardeado nuclearmente y humillado). Así, películas
como "Los 7 samurais" , "Yohimbo" o "Harakiri"
ahondan en la figura del samurai empobrecido (en ocasiones, incluso
espadachines que no tienen rango de samurai) que vive en una sociedad
decadente en la que la mayor parte de la población vive bajo el
violento yugo de personajes mezquinos y en los que la pobreza, la
desesperanza y la muerte son la norma. En estas películas, como
norma general, los héroes ya no son los antiguos samurais
tradicionales, sino aquellos que se apartan de las tradiciones y las
normas sociales del Japón feudal para actuar en base a su criterio
ético, incluso si esto les supone un demérito social (ejemplo de
libro está en "Los 7 samurais" en la que un grupo de
aldeanos es atacado por unos peligrosos bandidos y la única ayuda
que reciben viene de un grupo de samuráis pobres, sin prestigio ni
buena posición social que sin embargo hacen lo correcto). Esta
generación de oro del cine de samuráis llegaría hasta los años 70.
En esta época, la estabilidad y el crecimiento de Japón estaba más
que consolidado y las tribulaciones habían pasado al plano político,
en el que el Partido Liberal Democrático (que llevaba desde los 50
en el gobierno ininterrumpidamente) comenzaba a mostrar síntomas de
corrupción interna en incapacidad de gestionar los dañinos efectos
de la crisis del petroleo en la economía nipona, mientras que en el
exterior las relaciones con la URRS y China se enrarecieron
profundamente a causa de diversas disputas geográficas. Las
películas de samurais hechas en este periodo evolucionan en su tono
y pasan a focalizar su atención (y crítica) sobre las clases
dominantes. Así, películas como "Ran" o "Kagemusha"
se olvidan de la figura del antihéroe honesto para diseccionar las
élites políticas y sociales del japón feudal (en una clara
metáfora al partido gobernante, que en 1993 finalmente perdería las
elecciones.) Durante los años 90 y 2000 asistimos a un resurgimiento
de este género (en parte gracias a la explosión de la influencia
del manga y el anime en Occidente) con 2 vertientes claras, una
enfocada a producir películas de acción para el consumo masivo y
que recurren a los samurais buscando una mitología común que
permita llegar a un público amplio (similar a lo que pasa en
occidente con el cine de superhéroes, siendo la saga de "Azumi"
un ejemplo claro) y otra que recupera las narrativas de los años 50
y 60 de crítica a la tradición de los samurais y la decadencia del
Japón feudal pero añadiendo ciertas lecturas como puede ser el
tratamiento de la alienación del individuo, la lucha de clases o
incluso cuestiones familiares, siendo la trilogía de "El ocaso
de samurai" de Yosi Yamada o el film de Kitano "Zatoichi"
claros ejemplos de esto.
Así, puede decirse sin
riesgo a equivocarse que en el cine de samuráis es una constante la
representación de un pasado feudal japonés como una época de
atraso y penurias para criticar tanto el pasado como el presente.
Ahora, propongo comparar este cine con el cine de samuráis realizado
en occidente. Como ejemplo, compararemos dos películas que se sitúan
en la misma época histórica (y rodadas con una diferencia de tan
solo 3 años de diferencia) "El último samurai" de Edward
Zwick y "El Ocaso del Samurai" de Yoji Yamada. En la cinta
americana de 2003, Tom Cruise interpreta a un capitán del ejercito
americano consumido por sus remordimientos de la guerra que es
contratado para instruir a las tropas imperiales de Japón y luchar
contra los samurais hostiles al nuevo gobierno Meiji que pretende
abolir los privilegios feudales y occidentalizar Japón. Durante la
primera batalla, Cruise (su personaje tiene un nombre, pero ni lo
recuerdo ni me importa) es capturado y trasladado a los dominios del
líder samurai que encabeza la rebelión, Ken Watanabe. Fascinado por
el estilo de vida samurai, caracterizado por el honor y fuertes
valores éticos, Cruise termina por adoptar el estilo de vida
tradicional y convertirse en un samurai más, encontrado así la
redención y la paz interior. Cuando las tropas imperiales vuelven a
atacar a los samurais, estos lanzan un último ataque en el que casi
todos perecen. Herido pero habiendo sobrevivido, Cruise intercede por
los samurais ante el emperador logrando que este acepte mantener
algunos de los aspectos del modo de vida tradicional y posteriormente
se queda a vivir en Japón manteniendo el modo de vida samurai. Por
contra, la cinta japonesa (a veces llamo “cintas” a las películas
porque me crié con VHS y eso deja marca, lo siento por los lectores
mas jóvenes que se preguntarán de qué narices hablo) de 2002 "El
Ocaso del Samurai" se ubica en 1865 y nos cuenta la historia de
Iguchi, un joven y empobrecido samurai de rango bajo que tras la
muerte de su esposa compagina su trabajo en el castillo de un gran
señor feudal con el cuidado de sus dos hijas y su madre con
alzheimer. Un día, recibe la visita de Tomoe, una antigua amiga que
ha regresado a casa de su hermano tras abandonar a su marido, un
samurai de rango alto alcohólico y maltratador llamado Koda.
Mientras ambos comienzan a recordar su infancia y a enamorarse, el
marido de Tomoe aparece, amenazándola para que vuelva con el, por lo
que Iguchi decide retarle a un duelo. Al principio Koda se siente
confiado en su victoria, habida cuenta del bajo rango de Iguchi y de
que este usa una espada de muy baja calidad dada su pobreza. No
obstante, Iguchi logra derrotarle, lo cual hace que adquiera una
inesperada popularidad entre el resto de samurais, en especial por
parte de Yogo, uno de los samurais de mayor rango de su clan. Poco
después, el hermano de Tomoe le pide a Iguchi que se case con ella,
pero Iguchi se niega ya que dadas sus estrecheces económicas y su
bajo rango no podría darle a Tomoe una buena vida. Paralelamente, el
Shogun de Kioto (algo así como el primer ministro del Japón feudal)
fallece y en las consecuentes luchas de poder Yogo se opone a la
posición política del resto del clan, por lo que se le ordena
suicidarse, a lo que el samurai se niega. Así, y dada su recién
descubierta habilidad con la espada, Iguchi es encargado con la tarea
de enfrentarse a Yogo y matarle a cambio de un aumento de su rango y
patrimonio, lo que finalmente le permitiría dar una mejor vida a sus
hijas y casarse con Tomoe. Cuando ambos se preparan para enfrentarse,
Iguchi y Yogo descubren que tienen numerosas cosas en común (ambos
son de origen humilde y ascendieron gracias a su habilidad como
guerreros, ambos perdieron a sus esposas por enfermedad, etc) hasta
el punto de que Iguchi se plantea dejarle huir, pero Yogo insiste en
combatir y finalmente es derrotado por Iguchi, que tras esto vuelve a
su casa para casarse con Tomoe. En el epílogo, una de sus hijas, ya
anciana, nos cuenta cómo 3 años después Iguchi moriría de un
disparo durante la Rebelión Meiji y Tomoe se iría con las dos niñas
a vivir como maestra a Tokio hasta su muerte ya en los primeros años del s.XX y
habiendo dejado atrás todo lo que representaba la forma de vida
samurai.
¿Notan ustedes la
diferencia ente ambas tramas? No hace falta ser un lince para
apreciar las notables divergencias entre dos películas ambientadas
en el mismo contexto, prácticamente en la misma época (una tiene
lugar durante la revolución Meiji y otra unos pocos años antes) y
localización y casi hasta rodadas al mismo tiempo. En la versión
americana nos encontramos con una visión decadente de la sociedad
occidental y un análisis pesimista de la industrialización y la
civilización y cultura moderna en la cual se hace un ejercicio de
escapismo hacia un pasado idealizado, el del Japón feudal, el cual
es una antítesis total de los elementos que se critican del
presente. Así, la exaltación de los valores aparentemente perdidos
en Occidente como el honor o la fraternidad y la representación del
mundo del Japón feudal como una realidad bucólica y feliz
simbolizan el pesimismo hacia el mundo moderno. Paradójicamente, en
la peli japonesa ocurre justo lo contrario, los samurais son
presentados como gañanes alcohólicos que abusan de mujeres, se
burlan de aquellos en situación de necesidad y viven en una sociedad
decadente, absurda y en último término condenada a la extinción (y
gracias a Dios). Precisamente para los creadores japonenses, es justo
esa misma modernidad que en El Último Samurai se critica la que
supone la salvación y la oportunidad de vivir en una sociedad
racional que no está regida por los estamentos, la tradición o la
violencia incontrolada.
Para entender por qué se
da esto es imperativo retrotraerse a la antigua Roma (bueno, en
realidad no lo es, pero no he podido evitarlo) y concretamente a los
trabajos de un escritor latino llamado Tácito. Este autor vivió en
el s. II dc, el cual observó la mayor expansión territorial, mayor
desarrollo económico y social y mayor estabilidad política de toda
la historia del Imperio Romano. No obstante, en sus obras, Tácito
cargaba furibundamente contra lo que el consideraba que era la
decadencia absoluta de la sociedad romana y en su lugar ensalzaba las
virtudes de los pueblos germanos (los cuales carecían de cosas tan
básicas en Roma como baños públicos, un código legal o una
producción artística relevante). En otras palabras, Tácito usaba
las virtudes de la sociedad en la que vivía y las oportunidades y
privilegios que gracias a ella disfrutaba para atacar a la misma en
un intento de defender una versión ideal de las sociedades ajenas a
dicha civilización (los pueblos germanos) que en ningún caso se
correspondía con su descripción real. A cualquier lector que esté
familiarizado con las corrientes de pensamiento del s. XVIII habrá
reconocido aquí las características básicas de lo que se denomina
"el mito del buen salvaje", lo cual viene a ser la
idealización los pueblos "primitivos" o con formas de vida
más tradicionales por contraposición a los más modernos, a los
cuales se tilda de pervertir la naturaleza humana.
Es necesario destacar cómo
generalmente estas idealizaciones se basan en visiones utópicas y
poco relacionadas con la realidad de dichos pueblos, y generalmente
son fruto de aquellas sociedades o individuos para los que los
avances y beneficios de la industrialización y la modernización son
tan naturales que apenas se valoran. Así, todos aquellos que
idealizan las virtudes del Japón feudal con respecto a la sociedad
industrial occidental obvian por completo cómo dicha sociedad
industrial es también responsable de unos avances médicos y de
condiciones de vida sin precedentes que han salvado millones de
vidas, tienen códigos legales que protegen legalmente a todos sus
integrantes y les otorgan derechos inalienables o se rigen por
gobiernos democráticamente electos por la ciudadanía. El propio
Ortega y Gasset explicaba en su conocida obra "La rebelión de
las masas" cómo las críticas al estado liberal (que en la
literatura de Gasset venía a encarnar a la sociedad industrial y
postindustrial moderna) que ensalzan modelos alternativos existen
únicamente gracias al privilegio que supone el formar parte del
propio estado liberal y rara vez, por no decir nunca, son fruto de un
análisis racional sino que se basan en sentimentalismos exacerbados
o ideas deformadas.
Así, el cine nos muestra
esta dicotomía de forma maravillosa. Si para los guionistas
zampa-hamburguesas y bebe-Starbucks de Los Angeles, incapaces de
sobrevivir in su Iphone y sin un coche con aire acondicionado (lo
cual es comprensible en una ciudad en donde en verano los 40º se
alcanzan sin demasiado esfuerzo, todo hay que decirlo) los cuales no
sólo se criaron en una sociedad totalmente moderna, sino que son
hijos y nietos de personas en igual situación, el Japón feudal
supone la vuelta a un ideal platónico de sociedad ancestral
perfecta, para los japonenses, quienes tienen en su historia un
recuerdo mucho más cercano y traumático de dicha sociedad, supone
todo lo contrario, volver a una sociedad en donde existen unas
carencias incompatibles con la dignidad humana. Si bien cuando se dan
en el cine, estos análisis no dejan de ser relativamente inocuos, el
hecho de que se plasmen en la gran pantalla, en donde gracias al
alcance del entretenimiento de masas pueden modelar de forma profunda
la idiosincrasia de gran parte de la sociedad, hacen que de alguna
forma representen un riesgo si se permite este mismo razonamiento en
otras áreas. Pensemos en la ciencia por ejemplo, es posible que el
lector haya oído más de una vez hablar de los beneficios para
combatir determinada dolencia de cierto remedio de una tribu africana
o del amazonas por contraposición a los fármacos industriales
occidentales, lamentablemente esta lógica no parece tan sólida
cuando se tiene en cuenta que la esperanza de vida de los miembros de
dichas tribus no suele sobrepasar los 35 o 40 años mientras que los
que vivimos en países donde tomamos las cosas que fabrica la Bayer
llegamos a los 75 o 80. Incluso en muchos casos se replica esta
arbitraria lógica en cuestiones más personales, como puede ser la
formación de la propia identidad. Esto se ve claramente en EEUU, un
país formado en su mayor parte por población inmigrante, y en la
cual es profundamente común que numerosas personas basen su
identidad en el origen de sus antepasados, desde europeos
(descendientes de irlandeses, escoceses, polacos, etc.) a
afrodescendientes (generalmente descendientes de esclavos de la costa
Atlántica de África, si bien es interesante que estas personas
tiendan a identificarse con las poblaciones afro-mediterraneas y más
concretamente de Egipto, un lugar situado a más de 6000 km de sus
verdaderos lugares de origen, y que probablemente se deba a la
influencia del antiguo testamento sobre numerosos grupos religiosos
en EEUU, peo eso ya es salirse del tiesto y mejor lo dejamos para
otra entrada) personas de origen asiático (Corea, Vietnam, Japón,
etc.) y otros muchos, idealizando en grado sumo dichos lugares de
origen (siendo, paradójicamente, en bastantes ocasiones incapaces de
señalarlos en el mapa gracias a la “excelencia” del sistema
educativo de EEUU) sin tener en cuenta cómo dichas sociedades en
muchos casos pueden caracterizarse por realidades antidemocráticas,
homofóbicas, misóginas, etc.
No es casualidad que
dichos escapismos se den en la sociedad Occidental industrial y
postindustrial, ya que esta ha logrado generar unas condiciones de
crecimiento económico, avance científico y tecnológico,
estabilidad política y bienestar social prácticamente sin
precedente y por lo tanto ha generado un profundo vacío en una
sociedad que por lo general ya no tiene que pelear por la mera
subsistencia como si ocurría en el pasado que se tiende a
"idealizar". A consecuencia de esto, nos encontramos con
una tendencia hedonista a, desde la posición privilegiada que nos da
el pertenecer a dicha sociedad, ensalzar otras realidades, o mejor
dicho, las imágenes idealizadas de otras realidades que en la
práctica no conocemos en profundidad y en las que posiblemente ya
habríamos muerto sen caso de haber nacido en ellas. Esta necesidad
de idolatrar lo que a la larga no es más que una creación
artificial no es en el fondo más que una forma controlada de
gestionar el vacío existencial inherente a la postmodernidad y la
necesidad de referentes, ya sean reales o ficticios, y la agilidad,
en este caso de la industria del cine, para aprovechar esta necesidad
y vender un producto cultural que de alguna forma la satisface. En
otras palabras, se da la aguda paradoja de que muchas veces estas
formas de vida que admiramos por ser ajenas al consumismo y al
mercantilismo occidental en realidad han llegado a nosotros
edulcoradas y procesadas por dicho mercantilismo para nuestro
consumo. Así pues, una película como "El Útimo Samurai",
si bien no ofrece ninguna información relevante sobre la realidad
del Japón feudal, si que nos dice muchas cosas sobre la sociedad
occidental, sobre la capacidad de la industria del entretenimiento de
idealizar el pasado para vender un escapismo vacío a sus
consumidores, sobre la necesidad de muchas personas de encontrar
referentes inmateriales, en ocasiones retrotrayéndose a un pasado
inexistente, o de la tendencia de gran parte de nosotros de caer en
mensajes irracionales o abiertamente falsos y la forma, en muchos
casos deliberada, en la que anulamos nuestra capacidad de crítica.
Evidentemente, Hollywood
sacando provecho del mito del buen salvaje para generar un producto
de entretenimiento no es nada nuevo ni supone ningún peligro
inmediato para la sociedad Occidental (además de que tengo serias
dudas de que nadie ajeno a la Cienciología y con un cociente
intelectual que le permita caminar y mascar chicle al mismo tiempo
pueda tomarse en serio ningún mensaje transmitido por Tom Cruise),
pero quizá la continua exposición a esta clase de mensajes necesite
que de vez en cuando veamos alguna película sobre japoneses hecha
por los propios japonenses para tratar de entender realmente de qué
hablamos cuando hablamos de katanazos.

