Quizá de manera inadvertida pero no
por ello menos sorprenderte, el ya terminado 2019 nos ha dado una
información cuanto menos interesante sobre los gustos y preferencias
de las audiencias de TV a nivel global. Si nos alejamos del boato de
los premios, de la crítica especializada (siendo muchas veces su
especialidad el ensalzar películas mediocres y denostar obras
maestras para luego entonar el mea culpa una década después) y nos
fijamos en el mayor premio de todos, el del público y la audiencia,
hay cuatro series que han destacado en las cuatro grandes plataformas
de streaming actuales. En primer lugar, el éxito de The Boys en
Amazon la ha llevado, según numerosos medios, a ser la serie con
mayor éxito de audiencia del año de Amazon Video. Por su parte, y
atendiendo a informes filtrados por la propia compañía de streaming,
Netflix ha observado cómo las aventuras de Geralt en la recién
estrenada "The Witcher" se han convertido en la nueva serie
más exitosa del año en términos de audiencia. La tercera en
discordia, HBO, a pesar de añadir nuevas series a su catálogo con
piezas como "Chernobyl" o "Watchmen", ha visto
cómo su gran caballo de batalla y la que ha traido la mayor
audiencia a su canal ha sido la última temporada de "Juego de
Tronos". Finalmente, la recientemente creada Dinsey + ha observado cómo su gran y de momento único éxito de audiencia ha sido el spin off de Star
Wars "El Mandaloriano" un animado western espacial en el
que seguimos las aventuras de un duro cazarecompensas para proteger a
su monísimo bebé yoda.
A primera vista, nada en estas series
parece salirse de lo ordinario. Nos encontramos ante cuatro productos
de entretenimiento de cuatro plataformas de streaming diferentes, y
sin embargo, existe una lectura interna que no puede escaparsenos
para enteder cómo estas series han resonado tan profundametne con
una audiencia cada vez más global. Dejando a un lado cuestiones como
el marketing, el presupuesto o las preferencias de los usuarios, en
los cuatro casos asistimos a un fenómeno que requiere una doble lectura; por un lado, entender cómo se
ha explorado un tema de lectura cuanto menos controvertida, la
violencia como elemento beneficioso para la sociedad en diferentes
contextos (dado que en los cuatro casos hablamos de series con
protagonistas que usan la violencia de forma explicita en numerosas
ocasiones a lo largo de los episodios) y por otro, es imposible dejar de apreciar cómo estas series se han coronado como lideres de audiencia
en sus respectivas plataformas, conectando así con un público que
se ha sentido más cercanas a estas que a otras ficciones con
discursos diferentes.
Para comprender qué significa esta loa
al uso de la violencia en nuestra sociedad, es imprescindible
analizar pormenorizadamente los cuatro casos y entender la narrativa
que se establece en cada uno de ellos y cómo se vincula tanto a
nuestro acervo cultural como a las sensibilidades actuales de la
sociedad. En primer lugar echemos un vistazo a The Witcher, la serie
basada en las novelas de fantasía medieval del autor polaco Andrzej
Sapkowski y que narra las aventuras de Geralt, un brujo que se dedica
a cobrar por cazar a criaturas sobrenaturales malignas que atacan a
los humanos para poder financiar sus tres grandes aficiones en la
vida, beber, blasfemar y las prostitutas. No obstante, a medida que
pasan los episodios veremos cómo la linea entre buenos y malos es
cada vez más gris, siendo en ocasiones las criaturas sobrenaturales
meras víctimas inocentes de la intolerancia o la codicia humana o
del despotismo político. En estas circunstancias, nuestro
protagonista intentará usar sus habilidades de la forma más justa
posible, sin dudar en usar la violencia para matar a las criaturas
que en verdad supongan una amenaza para la inocente población humana
pero luchando también del lado de las criaturas y en contra de los
humanos cuando el honor y la justicia natural así lo determinen. A
decir verdad el rol de nuestro amigo Geralt tiene muchas lecturas,
empezando por un análisis basado en la estructura estamental medieval
en la que cada grupo social ejerce una responsabilidad concreta en el
mantenimiento de la sociedad, pero quizá sea más inteligente
relacionarlo con uno de los autores más malinterpretados de la
historia, el pensador británico Hobbes, el cual pasó a la historia
por acuñar la manida pero no incierta frase "El hombre es un
lobo para el hombre" y por la autoría de la obra "El
Leviatán" en la cual expone como, siendo un hecho constatado
que los humanos por naturaleza tendemos al conflicto, la competencia
e incluso la violencia entre nosotros, es necesaria la existencia de
una gran autoridad, en este caso el Leviatán, un modelo de estado
absolutista constituido a través de la cesión por parte de los
individuos que componen la sociedad de una parte de su libertad y sus
derechos mediante el contrato social y que, a cambio de esta
autoridad legítima, garantiza la seguridad, un cierto grado de
libertad y unos derechos básicos al individuo. En la obra de Hobbes,
el Leviatán tiene la potestad casi absoluta de actuar sobre el
individuo, lo cual incluye al administración de justicia y por
supuesto el uso de la violencia en la medida que sea necesario para
garantizar el bien común, si bien siempre respetando unos derechos
básicos e inalienables de individuo. Si bien a ojos actuales esto
nos puede parecer autocrático y dictatorial (también es cierto que
los ojos actuales no han visto als guerras de religión de Europa del
s. XVII, crisis de subsistencia o motines populares) el concepto de
Leviatán ha permanecido en el ADN de las sociedades democráticas
modernas. El sociólogo alemán Max Weber se inspiró en este para su
teoría del "Monopolio del uso de la violencia" en virtud
del cual el estado existe en virtud de la capacidad que tiene de
regular y monopolizar el uso de la violencia. Para Weber, el uso de
la violencia, ya fuera en acto o en potencia, es una característica
intrínseca y necesaria de cualquier sociedad, incluso (y muy
especialmente) las democracias liberales occidentales. Pensemoslo de
este modo, imagínese usted un médico o un frutero, a primera vista
parecen dos profesiones de lo más pacíficas, y sin embargo existen
gracias a esta violencia de fondo que ejerce el estado y gracias a
las cuales se garantiza el pago de impuestos que permiten por un lado
que el médico cobre por su labor o se puedan financiar hospitales y
por el otro que se respete la propiedad privada del frutero y que
nadie le robe el género. Llegando a más, el arqueólogo y
antropologo italiano Mario Liberani, experto en el origen de las
civilizaciones mesopotámicas, llegó a postular que el uso de esta
violencia reglada por parte de las primeras sociedades humanas en pos
del bien común y la estabilidad social sería el elemento clave que
permitiría la formación de civilizaciones complejas.
Volviendo a Geralt, nos encontramos
ante un personaje que personifica esta concepción del uso de la
violencia como elemento no disruptivo o dañino, si no cohesivo y
protector para la sociedad. Gracias al ejercicio por parte de Geralt
de una violencia socialmente reglada y autorizada, sancionada por la
legalidad y la legitimidad vigente, se permite que el conjunto de la
sociedad funcione. El personaje de Geralt, así como la serie en si
misma, puede plantearse si el uso de la violencia encaja o no con los
derechos individuales de los personajes en cuestión concretamente,
pero nunca se plantea la ética del uso de la misma como herramienta
cuando es necesario, y lo que es más, se reconoce como positiva,
valiosa y constructiva para la sociedad. A través del protagonista
de esta serie, Geralt, el espectador observa cómo la violencia es
cosustancial a cuestiones tan absolutamente esenciales como puede ser
el impartir justicia o la defensa de personas especialmente
vulnerables. Así mismo, también se observa cómo la ausencia de
esta clase de violencia puede llegar incluso a ser más dañina que
su presencia al correr un riesgo evidnete de derivar a situaciones de
abuso de poder, injusticia o incluso de anarquía y violencia
descontrolada y destructiva. Para exponer un símil que el lector
pueda entender fácilmente, la pequeña dosis de violencia reglada y
legitimizada de Geralt actúa como vacuna, previniendo la aparición
o consolidación de otra clase de violencias mucho más peligrosas.
Al igual que el Leviatán de Hobbes, Geralt logra a través del uso
de la fuerza garantizar que la sociedad pueda funcionar normalmente,
tal y como, en nombre de los estados liberales modernos, las fuerzas
y cuerpos de seguridad del estado hacen en la actualidad.
No obstante, esta argumentación puede
llevar a que nos hagamos una pregunta muy seria. ¿Quien decide
cuando una determinada autoridad es legítima o no? ¿Dónde está la
línea entre el uso constructivo y positivo de la violencia y su
abuso? En otras palabras, ya sabemos de lo positivo de firmar un
"contrato social" pero ¿Quién lo firma? Para contestar a
esa pregunta, analizaremos la temporada final de Juego de Tronos.
Dado que creo que todo el mundo que en la este artículo será conocedor
de la temporada final, omitiré el describirla y directamente trataré
los detalles que nos incumben. Como todo el mundo recordará, en el
último episodio vemos como Daenerys usa su casi ilimitado poder para
organizar una matanza e imponerse por la fuerza. Ante la perspectiva
de que el reinado de Dani lleve a Westeros a una suerte de fascismo
medieval, Jon Nieve decide optar por la solución del tiranicidio
(ciertos artículos escritos por personas tan ignorantes que no
deberían tener una plataforma pública lo criticaron tildándolo de
feminicidio, lo cual es totalmente absurdo, un tiranicidio y un
feminicidio son dos cosas totalmente difernetes, pero eso sería
tocar la cuestión de roles de género que es algo que ya haremos más
adelante) matando a Daenerys. Para entender por que Jon Nieve decidió
matar a su amada reina es imprescindible comprender la oposición
entre dos corrientes de pensamiento político medievales y modernas,
el Pactismo y el Absolutismo. A diferencia de otros autores de
fantasía contemporáneos, George RR Martin tiene un conocimiento
relativamente profundo de la política, cultura y sociedad de la
Europa Medieval y eso se nota en su literatura. Así pues, a lo largo
de toda la serie, Jon y Daenerys van paulatinamente ejemplificando
modelos contrarios de entender el poder monárquico. En el Caso de
Jon vemos un claro representante de un monarca pactista, esto es, un
rey que se entiende a si mismo como un "primero entre iguales",
es decir, alguien que si bien ostenta una posición principal de
autoridad, comparte una parte de su poder con otros individuos con
los que necesariamente ha de llegar a acuerdos de cara a tomar
decisiones. A lo largo de la serie vemos a Jon constantemente
viéndose obligado a reunirse con diversos consejos y teniendo que
llegara acuerdos y convencer a otros señores incluso a pesar de su
título de Rey. Esta forma de gobernar era la típica de la Edad
Media, en donde los reyes muchas veces dependían para tomar
decisiones de llegar a acuerdos con los consejos de nobles, el clero
o los representantes las ciudades. En otras palabras, la autoridad
real está contrarrestada por una serie de organismos que pueden
tener intereses contrarios a los del propio rey y que fuerzan a que
se llegue a compromisos entre las diferentes partes en la toma de
decisiones, significando que todas estas partes disfrutan de algo de
representación política llegando a darse en algunos casos que un
rey no pudiera tomar las decisiones que deseaba tomar por la
oposición de las cortes (que se lo cuenten esto al los Habsburgo).
Aunque algunos reyes trataron de imponer su autoridad a través de
diferentes mecanismos (Alfonso X con las siete partidas, Felipe IV
con la unión de armas, etc.) esto nunca llegaría a cuajar hasta
entrada la Edad Moderna con la monarquía autoritaria, en el que el
Rey (o la Reina) ostentaba una posición de autoridad superior a la
de cualquier otro poder en su reino (aunque en ocasiones limitados
por las cortes, como es el caso de la monarquía Hispánica). Este
modelo llegará a su máxima expresión en el s. XVII con el
alzamiento del Absolutismo y en el XVIII con el Absolutismo
Ilustrado, en el cual el Rey es, tal como el nombre indica, la
autoridad absoluta a todos nos niveles y su poder es, por lo tanto,
completamente ilimitado (al menos en teoría) y es la cabeza del
estado en todas sus formas. Y precisamente es Daenerys la
representante de esta formula de gobierno, una monarca en la que todo
el poder comienza y termina en su persona, que no ha de rendirle
cuentas a nadie, que entiende que la obediencia de todos sus súbditos
a su personas es incuestionable e innegociable y que tiene en sus
dominios una potestad absoluta en sus dominios. Para describirlo
rápidamente, mientras en Invernialia ni siquiera Jon Nieve está por
encima de la ley, en su territorio Daenerys es la ley.
Como es de esperar, ambas formas de
gobierno son absolutamente contradictorias. En el caso de Europa, el
absolutismo colapsaría por completo durante la revolución francesa
cuando en 1793 a Luis XVI se le fue la cabeza en la Plaza de la
Concordia (ah, adoro el humor negro) y el alzamiento del estado
liberal recogería algunos elementos del pactismo tradicional como la
existencia de consejos de representantes o la limitación del poder
real, mezclandolo con numerosos elementos puramente modernos como la
división de poderes, el sufragio o en algunos casos la república
como forma de gobierno. En Juego de Tronos también asistimos a una
confrontación similar, en la que vemos como una monarca absoluta
(Danenerys) termina abusando del ejercicio de la violencia que le
confiere su autoridad. En el momento en que eso pasa, cuando un
monarca pasa a realizar un uso destructivo y abusivo de la violencia,
Jon, representante del pactismo, recurre al tiranicidio. Merece la
pena mencionar que la fórmula del Tiranicidio como herramienta
legítima para eliminar a un gobernante que abusar de su poder ya
existía mucho antes de la revolución, siendo sus máximos
representantes tanto algunos pensadores ilustrados como la Orden de
los Jesuitas, quienes defendían el tiranicidio como un derecho
fundamental del pueblo, que estaba en su pleno y legítimo derecho de
asesinar a sus gobernantes en caso de extrema necesidad y si estos
gobernantes vulneraban los derechos básicos de la población (el
llamado "derecho natural").
En este caso vemos cómo el uso de la
violencia adquiere otro matiz diferente, concretamente un elemento de
protección del pueblo contra el abuso siendo así entendida como una
herramienta política tan legítima y válida como cualquier otra.
Llegado el caso, nadie cuestiona el tiranicidio como una fórmula
para deponer a un goberante que ha abusado del monopolio del uso de
la fuerza, sino que se considera una reacción natural (incluso un
derecho del propio pueblo) frente a esto. Queda patente, por lo
tanto, la existencia de una dualidad en el uso de la violencia, que
puede ser entendida como una herramienta por parte del estado o del
gobernante para garantizar el correcto funcionamiento de la sociedad
y el imperio de la ley pero que en situaciones concretas puede ser
utilizado contra dicho gobernante también con absoluta legitimidad.
Esta dualidad permite, por lo tanto, mantener el equilibrio entre uso
y abuso de la fuerza por parte de los poderes estatales.
Pero los dos ejemplos que hemos visto
hasta ahora se enmarcan en el contexto de la fantasía medieval y
pueden parecer demasiado lejanos a la realidad contemporánea. Ahí es
donde entra en juego al fantástica serie de Amazon "The Boys".
Esta serie se enmarca en una realidad distópica en la que los
superhéroes existen y, además de luchar contra el crimen, se
comportan como estrellas del cine y atletas profesionales, lo cual
abarca desde protagonizar películas y millonarias campañas de
marketing varias y ser considerados ídolos de masas a estar
envueltos en casos de abusos sexuales y asesinatos por negligencia,
abusar de las drogas en orgiásticas fiestas privadas y tener un
absurdamente desmedido peso en la política nacional y la opinión
pública. Todos estos héroes trabajan para una despiadada
multinacional que consigue jugosos contratos públicos de defensa a
costa de crear amenazas para la seguridad pública que sólo ellos
pueden combatir, amenazar y sobornar a políticos, etc. En la serie
seguimos a Billy Butcher, un policía sacado directamente de las
pelis de acción de los 80 que, cansado de los abusos constantes de
esta megacorporación y sus superhéroes, decide iniciar una cacería
por su cuenta buscando y matando a todos estos héroes de diversas
formas no remcomendadas para menores de 18 años. En el caso de e"The
Boys" vemos cómo los dos conceptos que hemos arriba tratado se
dan la mano. Por un lado, el guión de la serie da a entender que la
profusa violencia de Billy Butcher se ve absolutamente justificada a
nivel social habida cuenta del riesgo que estas personas suponen para
el conjunto de la sociedad y de como su eliminación es
imprescindible para la protección de la misma. Al igual de lo que
ocurre con The Witcher, en ningún caso se cuestiona el uso de la
violencia como herramienta legítima para la eliminación de
individuos especialmente lesivos para el conjunto de la población o
que interfieren directamente con los derechos básicos de esta, sino
que se entiende como un uso totalmente legítimo y constructivo de la
misma. Así, la serie constantemente hace una diferenciación entre
la violencia legítima y la ilegítima, siendo la primera aquella
realizada por los protagonistas, que emana de la legitimidad que
confiere su función de protectora de los derechos y libertades básicos
de la población y que redunda en un beneficio colectivo y la segunda,
realizada por los superhéroes y que, si bine igual de agresiva
superficialmente, es rechazada y presentada como disruptiva para la
sociedad a causa de ser ejercida por un poder autoritario,
antidemocrático y que pone en riesgo esos mismos derechos y
libertades básicos antes mencionados . En este sentido, merece la
pena rescatar el artículo del académico estadounidense Garret Hall
"The Jungian Psychology of Cool: Ryan Gosling and the
Repurposing of Midcentury Male Rebels"
en el cual analiza diversos personajes interpretados por el actor
Ryan Gosling en su carrera y que ejecutan actos violentos de manera
recurrente llegando a la conclusión de que dichos actos en ningún
momento pueden interpretarse como un comportamiento tóxico para la
sociedad, dado que en todos estos casos, sus actos redundan
positivamente en su entorno. Así, el autor define dos formulas para
diferenciar ambos ejercicios de la violencia, argumentando que
aquiellos que se pueden entender como socialmente responsables se
caracterizan por compartir estos dos factores;
1-
Son reactivos: El
protagonista no inicia sus actos violentos motu proprio, sino que son
una respuesta a una situación previa que atenta contra la legalidad
o la seguridad del protagonista o del grupo.
2-
No son interesados: El
beneficio derivado de tal acción violenta no redunda directamente
en el ejecutor de la misma sino en una tercera personas o grupos de
personas que se ven restituidos ante una situación de injusticia
previa.
Vemos así como la
labor de Butcher encaja (más o menos) dentro de estos dos factores,
los cuales son claves para entender las limitaciones que Weber
entiende dentro del ejercicio del monopolio de la fuerza por parte
del estado. No obstante, por otro lado, no puede negarse que existe
también en el comprotamiento de Butcher un tinte de tiranicidio,
quizá no contra unos monarcas dado que la serie se ubica en la época
actual, pero si contra unas figuras muy similares. En The Boys, estos
superhéroes trabajan para una maquiavélica multinacional que a través
de sus acciones y su influencia política, mediética y económica se
presenta como una influencia profundamente disruptiva para la
democracia liberal tradicional, siendo así su existencia
indivisible de la de un capitalismo posmoderno en el que una
corporación monopolítica adquiere una dimensión y un poder casi
comparable al de cualquier monarca absolutista de hace 300 años.
Así, el asesinato de estos superhéroes representa también una
forma de rebeldía contra un poder despótico e ilimitado que ejerce
una autoridad que se entiende, excede los límites de lo
legítimamente establecido y que pone en riesgo la libertad y la
seguridad individual, justificándose por lo tanto el uso del
asesinato contra los representantes de dicho poder despótico.
Esta dualidad queda totalmente patente gracias a la relación entre el dúo protagonista de la serie, Billy y Hughie. Hughie es un joven que personifica al ciudadano promedio actual. Un joven de unos 30 años, bien educado, urbanita, rechaza cualquier uso de la violencia así como los roles masculinos tradicionales vinculados a ella, y tiene una creencia ingenua en que la civilización y las redes sociales establecidas entre los miembros de la misma garantizan su seguridad. Todas estas creencias se disipan de un plumazo cunado uno de estos "héroes", en pleno estado de embriaguez a causa de una sobredosis de drogas en una fiesta, mata a su novia. Cuando esto ocurre, Hughie observa cómo la relación de poder-dependencia que existe entre la ciudadanía normal y los grandes poderes (en este caso las personas con habilidades metahumanas) es incontestable y cómo estos utilizan numerosas formas de violencia contra el (desde la física causando la muerte de su novia, hasta la mediática al culparla a ella en los medios de comunicación para limpiar la imagen del superhéroe en cuestión o la económica, amenazándole a través de su carisimo bufete de abogados con una demanda si cuenta la verdad). Quizá incluso más significativo es cómo la mayoría de personajes a su alrededor (su padre, sus compañeros de trabajo, amigos, etc.) coinciden en que lo mejor que puede hacer es dejarlo ir, en un ejercicio de indefensión aprendida por parte de todo el mundo que rodea a Hughie que no hace sino evidenciar la ausencia dentro de la filosofía de la no violencia de mecanismos reales para garantizar la propia seguridad en dinámicas de poder asimétricas. Para comprender esto es necesario entender que todas las relaciones sociales se basan en las relaciones de poder, esto es, el vínculo y la forma según la cual unos individuos ejercen el poder sobre otros. Para ponerlo de forma sencilla, imaginemos que yo voy a una zapatería de mi barrio a comprar unas botas que cuestan 50€. El zapatero tiene cierto poder sobre mí ya que tiene algo que yo quiero, las botas, pero al mismo tiempo yo tengo poder sobre el al poseer algo que el quiere, los 50€. Este equilibrio de intereses genera una relación simétrica de poder que garantizará una relación pacífica entre ambos. No obstante, pueden darse también relaciones asimétricas, como por ejemplo la que se da entre un trabajador de una gran empresa y un empleado. En este caso, el nivel de poder que tiene la empresa sobre el trabajador individual (proveedora de su salario) es mucho mayor que el que tiene el empleado (aportación de ciertas horas de trabajo anuales y/o habilidades laborales específicas) siendo así que los empleados han de buscar una fórmula para equilibrar esta asimetría en caso de que la empresa abuse de su posición de poder (como puede ser afiliarse a un sindicato y amenazar con una huelga).
Sin embargo el giro que aporta el universo de The Boys a esto es el de cómo esta relación asimétrica está totalmente rota al darse el caso de que una de las partes (los superhéroes y la empresa que los controla) acumula todo el poder mientras que la ciudadanía normal no tiene ninguno (ni siquiera los tribunales de justicia ordinarios están legalmente autorizados para iniciar procesos contra los superhéroes, por no mencionar los costes legales que una batalla judicial tendría para la economía del común de los mortales). Ante esta realidad, que la mayoría de la gente parece haber aceptado sin resistencia gracias al bombardeo mediático y propagandístico constante (lo cual no deja de ser otra forma de dominio, el control de la industria cultural, que en la teoría Adorniana podría incluso relacionarse con el fascismo), aparece Billy Butcher, un policía que se dedica a cazar a estos héroes y a matarlos. A través de un ejercicio de la violencia que de primeras nos puede parecer inapropiado o incluso obsceno, Billy Burcher logra, en cambio, un aporte muy positivo para la comunidad, ya que sus acciones sirven para que la ciudadanía recupere al menos una fracción de su poder sobre los superheroes, restaurándose así el equilibrio de poderes entre ambos y facilitando que las relaciones entre ambos grupos vuelvan a ser constructivas y saludables. En otras palabras, cuando Billy Butcher corta a un superheroe a la mitad con una motosierra o le hace explotar metiendole dinamita por el culo y detonándola, no estamos viendo un espectacular ejercicio de violencia gratuita en una deliciosa pieza de male power fantasy (bueno, un poco sí, y lo adoro, para qué nos vamos a engañar) sino también una metáfora sobre el ejercicio de empoderamiento del individuo contra los poderes que le oprimen y abusan de su posición de poder a través de un uso de la violencia que se ve legitimado en virtud de su defensa de sus derechos inalienables.
Finalmente, la
cuarta en discordia, The Mandalorian, abandona en parte los
conflictos de las tres que ya hemos tratado para observar la ética
de un personaje masculino fundamentalmente violento desde otra
perspectiva, la de la paternidad. Así, el Mandaloriano es un
cazarecompensas que a lo largo de la serie vivirá numerosas
aventuras y desventuras mientas cuida de un bebé alienígena que ha
quedado a su cargo. Es interesante que en esta serie se utilice el
universo de Star Wars para explorar un aspecto tan complejo como la
paternidad (en especial atendiendo a cómo la etapa de Star Wars de
Disney se ha caracterizado por unos personajes que tienen la
complejidad de una regadera y la profundidad de una bañera para
recién nacidos). En este caso, vemos a un personaje con numerosos
paralelismos con Geralt en The Witcher (que nunca cuestiona el uso de
la violencia cuando está éticamente legitimado) actuar
directamente como un rol paternal sobre un hijo adoptivo en un
contexto abiertamente hostil. En este caso, es destacable cómo este
rol asertivo y violento del Mandaloriano, que bebe de los westerns de
Sergio Leone y que es relativamente fácil de relacionar con un
modelo tradicional de masculinidad se representa no como un elemento
inapropiado o tóxico sino, todo lo contrario, como un referente
positivo para el niño que tiene a su cargo. Lejos de caer en al
tentación de poner al personaje taciturno y de gatillo fácil como
un elemento peligroso en el desarrollo de un menor, este adquiere un
rol de protector y mentor, en una interesante metáfora sobre el rol
familiar y social que individuos así tienen, esto es, el de
garantizar a través de su uso de la violencia que el resto de
individuos que la integran tenga su libertad individual, seguridad y
otra derechos fundamentales garantizados.
Que en el caso de El
Mandaloriano el uso de la violencia sea poco menos que una
responsabilidad paternal no deja de ser una proyección de lo que ya
hemos visto en las otras 3 series, una forma de entender la violencia
como un recurso imprescindible para que, paradógicamente, sea
posible la convivencia pacífica del conjunto de los individuos y de
defender cómo estos roles, a veces cuestionados, critidos o
estigmatizados en exceso, no dejan de estar en los cimientos de
nuestras sociedades. Lejos de representarse como una mala influencia,
vemos cómo este uso de la fuerza, ya sea en acto o en potencia, es
indisoluble del rol parental que el Mandaloriano adopta y que
contribuye a la seguridad y al correcto desarrollo de la figura
filial que representa el bebé Yoda estableciendo una metáfora a
nivel familiar de cómo, dentro del conjunto de la sociedad, este
ejercicio protector, legítimo, limitado y racional de la fuerza es
indispensable para la supervivencia de la misma. En otras palabras, se presenta el uso de la fuerza como un elemento protector de los derechos del individuo y una forma de garantizar el disfrute de los mismos a aquellos más vulnerables (como puede ser en este caso el bebé, si bien luego esto tiene sorpresa).
Pero como se decía
al inicio de esta entrada, no es por casualidad que se escogieran
estas cuatro series para analizar este fenómeno, sino que esto
responde al hecho de que estas han sido las 4 series más vistas en
sus respectivas plataformas por la audiencia de 2019. Seguramente,
una buena parte del éxito de estas ficciones se deba a sus efectos
especiales, su carácter de entretenimiento y su popularidad online,
pero dejando esto a un lado, no se puede negar que sus temas han
tenido una resonancia incuestionable con las audiencias. Considerando
lo hasta ahora expuesto, quizá no sea excesivo considerar que estas
series están en consonancia con la cultura popular y la
consideración que los diferentes usos de la violencia tiene entre el
conjunto de la población. ¿Son acaso el éxito de estas series el
reflejo de una audiencia que entiende el uso de la violencia, siempre
dentro de los límites de la legitimidad, como esencial para el
funcionamiento de la sociedad en la linea de Hobbes, Liberani o
Weber? ¿La tolerancia por el tiranicidio en la ficción indica un
hastío generalizado hacia la clase política o, por el contrario,
el apego a figuras que usan la violencia refleja la ansiedad de una
población que se siente cada vez más indefensa y sin figuras
protectoras frente a las amenazas externas? ¿El éxito de The Boys
implica a una sociedad cada vez más descontenta con la economía
posmoderna y que ve en las grandes corporaciones un nuevo tirano que
amenaza sus vidas y sus libertades? ¿Ven las audiencias de El
Mandaloriano un modelo parental que puede ser un referente
profundamente beneficioso para el desarrollo de nuestros jóvenes?





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