jueves, 21 de noviembre de 2019

Al final el Joker y Albert Camus rieron los últimos.



En el momento que escribo estas lineas Box Office Mojo acaba de confirmar oficialmente que la película de 2019 "Joker" acaba de cruzar los 1.000 millones de euros de recaudación a nivel mundial. Repito poniéndolo en contexto, 1.000 millones para una película en la que no hay grandes escenas de acción hechas con efectos especiales, que no pertenece a una saga cinematográfica, que está calificada para mayores de 18 años y que no se ha estrenado en el mercado Chino (ya que el Partido Comunista Chino decidió censurarla por subversiva). En otras palabras, la clase de película que según las reglas de Hollywood nunca debería haber sido rentable, la clase de película que los estudios llevan casi una década tratando de evitar hacer... y sin embargo se mueve.

Por si esto fuera poco, este largometraje sufrió uno de los estrenos más controvertidos de los últimos tiempos. Después de recibir el León de Oro en el Festival de Venecia así como numerosos elogios de la crítica europea, comenzó al otro lado del charco una guerra cultural alrededor de esta película, con un acérrimo grupo de fans defendiendo el valor de este film como un ataque políticamente incorrecto y furibunda hacia un sistema inherentemente injusto y, por el otro lado, buena parte de los grandes medios de comunicación y una importante sección de la critica especializada denunciando cómo esta película alentaba la violencia, la misoginia y el racismo y era vacía a la par que peligrosa.

Para entender este fenómeno es necesario analizar la película en cuestión desde dos puntos de vista, por un lado, analizando el film en si mismo y por otro, la evolución del personaje del Joker como villano, y con la venia de los lectores, empezaremos por lo segundo. Con permiso de Cesar Romero, la primera incursión del personaje conocido como Joker corrió a cargo de Jack Nicholson en la película de Tim Burton "Batman" de 1989. En ella, el personaje se mantenía en un perfil más o menos canónico y representaba una versión parodiada y excéntrica de los criminales y gangsters prototípicos del cine negro. En esta versión, el Joker no se aleja del patrón del antagonista tradicional, un criminal, miembro del hampa, que rompe la ley y pone en peligro a indefensos y honestos ciudadanos. Esta lectura entronca a la perfección con la américa post-Reagan si tenemos en cuenta que para el cuadragésimo Presidente de EEUU la lucha contra el crimen (que durante la década de los 70 había ido creciendo desmedidamente hasta llegar en 1981 al pico de criminalidad de toda la historia de EEUU desde que hay registros.) fue una de las piedras angulares de su administración durante su presidencia, cuyo final coincidió con el estreno de la película de Burton. Así pues, en la década republicana por excelencia de EEUU, Hollywood interpretó al archiconocido villano como al antítesis total del buen ciudadano y la clase de amenaza que debía ser neutralizada para proteger la perfección del estilo de vida americano. No volveríamos a ver al Joker en la gran pantalla hasta pasados 19 años en la obra maestra de Nolan "El caballero oscuro" interpretado por Heath Ledger. Para esa época el 11 de septiembre ya había ocurrido y el enemigo de EEUU había cambiado, y había pasado de ser el crimen interno a la omnipresente amenaza del terrorismo exterior. Nolan capturó perfectamente la angustia del pueblo americano ante una amenaza que se aprovechaba de los medios de comunicación y de poder causar atentados con numerosas víctimas civiles en prácticamente cualquier lugar para descomponer una sociedad que con toda su fortaleza y poderío económico y tecnológico se sentía vulnerable. El terrorismo islámico, percibido como fanático, invisible e irracional, encontraba su reflejo en un Joker desquiciado, de acciones tan anárquicas como sádicas, con un ejército de seguidores fanáticos capaces de inmolarse por su líder y que sabía usar como armas tanto los explosivos como el miedo y los medios de comunicación para crear histeria colectiva. Pero el gran crimen de este Joker no fue encontrar y aprovecharse de los puntos débiles de la sociedad, o alimentar el miedo a través de una infodemia, sino que muy agudamente el director británico muestra a nuestros héroes (Batman en especial, pero también Jim Gordon y Harvey Dent) renunciando a sus principios morales y éticos para lograr detener a este criminal en un irreversible camino de autodestrucción, en una acertada metáfora de cómo, en nombre de la lucha contra el terrorismo y la seguridad, el pueblo americano cedió parte de sus libertades y derechos y vendió un trozo de su alma (aceptando el uso de la tortura, la supresión del “Habeas Corpus” y otros derechos jurídicos básicos o la destrucción de la intimidad de la ciudadanía a través de los modernos sistemas de espionaje digital). En un alarde de metatextualidad, Nolan aprovechaba en el último tercio de película la subtrama en la que el Joker decide colocar dos bombas en dos barcos y obligar a los pasajeros a accionar el detonador del otro barco pero en el que la ciudadanía, en un ejemplo admirable de civismo, principios y fraternidad, decide no ceder para mostrar cómo a victoria de los estados democráticos sobre el terrorismo estaba no en el uso de la violencia fuera de la legalidad si no en aferrarse a los valores democráticos esenciales. Tras esto, y permitiéndonos pasar por alto ese aborto malparido que es el Joker de Leto, la siguiente gran aparición del personaje es en la película de 2019 e interpretado por Joaquin Phoenix. En ella ocurre un cambio fundamental con respecto a las otras dos, y es que el antagonista para a ser el protagonista. En esta nueva versión el Joker no representa una amenaza que surge bien de los límites de la sociedad (el mundo del crimen organizado) ni directamente del exterior de la misma (el terrorismo) sino que este Joker es un subproducto de la sociedad en si misma. Si tenemos en cuenta que la década que media entre el lanzamiento de "El Caballero Oscuro" y "Joker" observó la mayor crisis económica desde el 29 y el consecuente colapso social, la degradación del discurso político y el embrutecimiento generalizado de la sociedad, entendemos por qué, a diferencia de lo que había ocurrido en el pasado, la amenaza para la sociedad era ahora la sociedad en si misma. Como vemos, si uno quiere tener una idea del mayor antagonista del mundo occidental en cada momento simplemente tiene que echarle un ojo a la versión del Joker que esté de moda.

Ahora que sabemos de que pie cojea cada Joker (y en especial el último, que es el que nos importa) es hora de interpretar la película, y para ello voy a hacer una de mis cosas favoritas, recurrir a un filósofo europeo de la primera mitad del s. XX y de biografía bastante surrealista para intentar entender todo este pastelote. Si bien en las anteriores entradas nos fuimos por los germanos, esta vez voy a tirar de un francés (bueno, argelino-hispano-francés, ya que su madre era de Baleares y nació en colonias), el ganador de un premio Nobel (y uno de los de verdad eh, no el de la paz) mujeriego (en el buen sentido de la palabra) y fumador empedernido Albert Camus y su archiconocida obra "El extranjero". A decir verdad, Arthur Fleck en "Joker" y Meursault en "El extranjero" guardan ciertos paralelismos interesantes cuanto menos. En la novela, Meursault se presenta como una persona ajena por completo a la sociedad y que vive apartado de cualquier clase de sistema de creencias o relación social o personal seria. En los primeros compases de la novela, el protagonista recibe la noticia del fallecimiento de su madre, la única persona con al que tenía alguna clase de relación. No obstante, cuando acude al velorio no muestra ni pena ni dolor, mas una absoluta indiferencia. Tras esto se encuentra con María, una vieja amiga, con la que comienza una relación sentimental. Unos días después decide ayudar a un vecino a vengarse de su novia por una infidelidad y poco después, cuando los hermanos de dicha mujer intentan vengarse, Meursault los mata usando una pistola que su amigo le había dado antes. Tras ser arrestado, Meursault es juzgado por el asesinato y durante el proceso observamos cómo su apatía hacia los diferentes sistemas de creencia, y su existencia ajena y hasta crítica hacia las estructuras y normas sociales y su inherente hipocresía y carencia de significado hará que finalmente sea condenado a muerte. Mientras que el resto de la sociedad le considera un monstruo por no adherirse a las convenciones sociales, en sus últimos días de existencia Meursault encuentra la paz interior al aceptar su independencia absoluta con respecto al resto del mundo y el rechazo y escepticismo total hacia el mismo. Esta novela plasma la gran teoría filosófica de la obra de Camus, el Absurdismo. Según el Absurdismo, la existencia humana es totalmente fortuita y caótica, sin sentido ni objetivo, pero como aceptar la futilidad de nuestra propia existencia nos es imposible, las personas creamos grandes sistemas de creencias y complejas estructuras ideológicas y sociales (religión, ideas políticas, nacionalismos, convicciones morales, etc.) para dar sentido a nuestra vida, proporcionarnos una identidad y comprender nuestro lugar en el mundo, incluso si ese lugar está determinado por una narrativa ficticia (si, y ya se que en la anterior entrada defendí la existencia de dichas estructuras al hablar de Fleabag y Erich Fromm, lo siento, soy un hombre con mis contradicciones.) Para Camus, estas grandes estructuras tienden a obligar a todos los miembros de la sociedad a jugar dentro de sus normas y aceptarlas, y por lo tanto, vivir rechazando o siendo escéptico hacia las mismas es por si mismo un acto de rebeldía que la sociedad tratará de eliminar, llegando en último extremo a, en palabras del propio Camus: "Condenar a una persona a muerte por no llorar en el entierro de su madre." Para Camus, por lo tanto, la única forma de vivir en armonía era la de aceptar el absurdo de la existencia, la carencia de significado de la misma y al ausencia de valor de cualquier gran sistema (dejo aquí un video que lo explica un poquito mejor que yo).


Esta filosofía bebe a su vez del gran, del único e irrepetible, Friedrich Nietzsche y su Nihilismo. El prusiano de bigotes raros entendía que este colapso de los grandes y tradicionales valores supremos suponía la oportunidad para el género humano de liberarse de las limitaciones del pasado y reinventarse a sí mismo. En la ética de Nietzsche existe la moral de siervos contrapuesta a la moral de los señores. Para los siervos, sus acciones están delimitadas y constreñidas por aquellos valores que la sociedad y los sistemas de creencias imponen sobre ellos, basadas en el miedo a las repercusiones y en su propia debilidad, mientras que los señores son aquellas persona que, a través de lo que denominaba "la voluntad de poder" son capaces de alzarse ante estos sistemas y crear su propia escala de valores éticos de forma racional y basada en la buena fe y en llegar más allá de uno mismo.

Sin querer dar a entender que el Joker sea una suerte de adaptación de El extranjero (nunca he dicho que lo sea y si alguien sugiere que lo he hecho lo negaré hasta la muerte) si que se observan interesantes paralelismos e influencias. Por un lado, ambos personajes viven en un divorcio total de la sociedad, de sus reglas y sus estructuras, con la diferencia de que en Arthur esto causa un pathos existencial absoluto mientras que en Meursault simplemente causa indiferencia. Ambos presentan una relación materno-filial cuestionable (en especial tras la muerte de sus respectivas madres) en ambos el incidente catalizador es el asesinato a disparos de unos hombres en defensa propia y en ambos casos este hecho llevará a un proceso irreversible en el que la sociedad en conjunto se volverá en su contra no por el acto en si, mas por negarse a formar parte de la misma. Y lo que es más interesante, en los tramos finales de las respectivas obras (y trataré de evitar los spoilers lo más posible aquí) ambos sufren, en el momento en que la sociedad ejerce una mayor presión sobre ellos, una catarsis de la que renacen como un nuevo ser que ha dejado atrás sus conflictos pretéritos para redefinirse a sí mismo y, por fin, vivir en armonía con su propio absurdo vital y consciente del absurdo del resto del mundo. No es baladí relacionar el absurdismo con el Joker, puesto que incluso en sus anteriores versiones, y a diferencia de otros villanos, el Joker siempre ha tendido a ser una figura iconoclasta que no busca únicamente el crimen per se, sino destruir la sociedad a través del cuestionamiento del absurdo de la misma. Así en "Batman" 1989 el Joker imprime dólares con su propia cara, destruye carísimas obras de arte y organiza su propio desfile del día de Acción de Gracias en un aparente intento de "cooptar" la sociedad de consumo americana de los 80, mientras que el Joker de 2008 se define como un "agente del caos" y expone constantemente cómo su motivación para el crimen es demostrar cómo el civismo de la sociedad y todos sus valores son meramente superficiales y en caso de ser necesario, cualquier ciudadano honrado podría convertirse en un monstruo tan violento y sádico como él mismo lo es. En otras palabras, a diferencia de otros antagonistas, el Joker es un antagonista profundamente subversivo no sólo por sus crímenes sino por cómo estos exponen del lado oscuro de la propia sociedad.

Si bien esto es una constante en el personaje, la última versión del Joker no se limita a usarlo como un elemento secundario sino que (como película fruto de sus tiempos) gira entorno a esto. Y este es el quid de la cuestión. Existen infinidad de películas que cuestionan la sociedad (muchas de ellas de forma más furibunda que el Joker) pero, al menos desde hace varias décadas, ninguna película mainstream que lo haga. Ninguna película financiada por un gran estudio y con una gran campaña de publicidad que lo hiciera. En otras palabras, para toda aquella audiencia ajena al cine de autor, independiente o de bajo presupuesto, esta es la primera vez que se encuentran con una película con un mensaje que cuestiona abiertamente la realidad social. Dentro de una generación criada en el cine hipercomercial, estéril y azucarado que como norma general Hollywood lleva produciendo los últimos 20 años, una película que bebe directamente de la mala leche del cine americano de los 70 supone poco menos que un ritual de paso a la madurez. Así pues, tanto el éxito cómo las críticas de esta película se deben en buena medida a esta contraposición al cine comercial prototípico (no es casualidad que la película fuera apreciada como una joya por la crítica europea, más acostumbrada a un cine irreverente, provocativo y de minorías, pero causara consternación y rechazo entre la crítica americana, más afín a un cine aséptico de masas, pero a esto iremos luego). Joker hace algo que pocas o ninguna película mainstream de estudio había hecho recientemente, mostrar un comentario caustico de la sociedad y cuestionar una serie de valores y convenciones sacrosantas para la mayor parte del cine comercial contemporáneo. De esta forma llegamos a un último acto en el que, emulando de forma retorcida, sádica y oscura al superhombre de Nietzsche (o meojr dicho, una deformación de dicho concepto, ya que en su obra Nietzsche se cuida de dejar claro que cualquier crecimiento individual ha de ir acompañado de un respeto a los valores éticos fundamentales que en el caso del Joker están ausentes) Artur Fleck se alza sobre el mundo habiéndose transformado a si mismo un Joker que ha creado su propia escala de valores, para el no menos absurda o disfuncional que la de la sociedad con la que ha coexistido y que le ha creado.

Como consecuencia de lo hasta ahora expuesto, Joker disfrutó de una recepción controvertida. Por un lado tenemos a quienes les gustó, un variopinto grupo formado por simples cinéfilos (entre los que me incluyo), admiradores del personaje por su tóxico carisma y personas que de alguna forma se sienten desarraigadas con el sistema y se identifican con Arthur Fleck. Naturalmente, no pretendo sugerir que estas personas sean enfermas mentales o criminales en potencia, pero si una gran masa de población que por una u otra razón se ha visto dejada de lado por las corrientes culturales dominantes y han tomado en esta película un elemento identitario que a posteriori (y en su mayor parte sin fundamento alguno) ha sido estigmatizado por los medios de comunicación de masas en una mezcla confusa de corrección política, histeria colectiva, oportunismo y paranoia. Como cualquier obra de arte provocativa, Joker fue recibida con recelo por una parte de los medios y los críticos más obtusos, quienes la criticaron por su mensaje presuntamente tóxico (me temo que hoy en día esa palabra se usa demasiado a la ligera). Ni que decir tiene, hay muchas personas a las que esta pelí no les gustó por motivos legítimos, como en cualquier otra disciplina, el arte cinematográfico tiene una carga subjetiva considerable y Joker no es tampoco una obra de arte perfecta que merezca el aplauso unánime, pero el hecho de que una gran parte de la crítica rechazara esta película no por sus méritos o deméritos artísticos sino por su premisa temática es indicativo de que el verdadero problema no está en el contenido de la película, sino por el embrutecimiento intelectual de gran parte de la crítica y los medios. Desde CNN a Time Magazine, la reacción de rechazo a esta película por parte del "establishment" cultural (no soy amigo del uso de anglicismos pero con este término haré una excepción ya que presenta ciertos matices ausentes en sus equivalentes en español) y por motivos ajenos a su calidad cinematográfica ha sido, paradójicamente, una metáfora perfecta de lo que el Joker simboliza.


Una de las críticas más repetidas (junto con la que se acaba de exponer en el párrafo anterior) a la película es como el movimiento social y las protestas que el payaso del crimen de Gotham inicia durante la segunda mitad del film adolece de una falta de profundidad ideológica y se limita a representar una serie de disturbios sin un ideario político bien definido. Evidentemente, cualquiera que diga esto no ha estado en una manifestación en su put* vida. Tradicionalmente (y vale de esto tanto el ya lejano 15M como los más recientes chalecos amarillos en Francia, y todo entremedias) los grandes movimientos de protesta no se basan en un ideario político bien definido con ideas teóricamente sólidas y diseñadas desde la serenidad, sino que vienen a recoger estados de ánimo, opiniones en ocasiones contradictorias o cuanto menos no necesariamente complementarias y peticiones que surgen desde la subjetividad y la reacción más emocional que intelectual y que únicamente a largo plazo pueden dar lugar a idearios complejos y medidas maduras. En ese sentido, es absurdo tratar de pensar en el Joker como una suerte de líder revolucionario con determinados idearios políticos pues, como hemos visto antes, eso sería justo lo contrario de lo que esta figura representa. Por el contrario, vemos a un Joker que, por medio de un descontento político y social puntual, alimenta un caos que no busca en ningún caso crear un nuevo sistema, sino únicamente destruir el existente. Recuerdo no hace mucho escuchar en medio de una manifestación el grito "queremos la banca expropiada y a la Botín ahorcada", vayan ustedes a este señor a pedirle que elabore un proyecto de ley de banca pública para tramitarlo en el congreso si se atreven.

Igual que la trama gira en torno a Arthur Fleck y de cómo este vive en constante oposición al mundo que le rodea, la película de Joker (con sus virtudes y sus debilidades artísticas) ha existido en constante oposición a una oferta de entretenimiento cinematográfico manufacturada para ser lo más convencional y afín a la sociedad de consumo posmoderna posible. En este sentido, hacer una película como Joker, influenciada por una tradición de cine que viene de películas de los 70 como "Taxi Driver" (recordemos que Joker fue producida por Martin Scorsese, quien estuvo a punto de dirigirla) es, en la vida real y en el microcosmos del Hollywood actual, un acto de desafío equiparable al de Meursault en El extranjero. De forma quizá inconsciente, una gran parte de la crítica que atacó esta película lo hizo no por su contenido en si mismo, sino por reacción a un modelo de película que cuestiona lo que unánimemente se ha aceptado como una película de masas (una formula de entretenimiento tan espectacular en su superficie como vacío en su núcleo), usando como argumento arrojadizo una serie de argumentos morales totalmente falaces (desde decir que esta película glorificaba la violencia e incitaría agresiones y episodios violentos que nunca existieron a decir que era una película que promovía el supremacismo blanco en unos ejercicios de malabares mentales equiparables a los de Rubiales explicando por qué jugar la supercopa de España a Arabia Saudí es una forma de luchar por los derechos de las mujeres árabes) que no hicieron sino ejemplificar la imperiosa necesidad de películas como "Joker" en el ecosistema de cine de masas actual.

Por otro lado, es imposible entender el rechazo a esta película sin comprender la situación política de EEUU. Desde la victoria de Trump en 2016 la sociedad americana ha sufrido una polarización sin precedentes recientes acompañada del descenso profundo del nivel intelectual del debate político promedio, con la consecuencia de que casi cualquier hito aparentemente insignificante puede convertirse en una guerra cultural. En este caso, el proceso ha sido interesante. Es evidente para cualquiera que la vea que esta nunca ha tenido ninguna intención de atraer de forma particular o evidente a los seguidores del actual presidente, pero tras su éxito en el Festival de Venecia, una pequeña parte de Internet que vive en los márgenes de las corrientes culturales dominantes comenzó a ensalzar esta película por supuesta incorrección política o por visibilizar a la "Alt-right" americana, lo cual inmediatamente movilizó a las huestes de los medios más progresistas del panorama americano que iniciaron una campaña en la que subconscientemente no atacaban al film en si mismo, sino a lo que ellos pensaron que era su nicho de audiencia mayoritario. En otras palabras, como reacción a un intento de una parte de la derecha americana de apropiarse de esta película, la izquierda inició una guerra ideológica contra una película sin nigua necesidad y en la que no había más enemigo que el que ellos se habían imaginado y que posteriormente, además, perdieron, en una desquiciada reacción a una obra cultural que en buena medida no pusieron interpretar porque se salía de los cánones que un estadounidense promedio es capaz de procesar como aceptables. Como cualquiera que haya seguido este caso recordará, numerosos medios alertaron de los más que probables atentados y tiroteos que podrían ocurrir. Un mes después y habiendo la cifra de tiroteos relacionados con esta película escalado hasta la estremecedora cifra de 0, quizá la verdadera pregunta no sea si el Joker es o no una película demasiado subversiva, sino en manos de qué clase de "profesionales" dejamos la labor de comunicar la información y conformar nuestras opiniones.

Ahora, un mes y medio y 1.000 millones de Dólares recaudados después, podemos decir que si algo hemos sacado en limpio del fenómeno cinematográfico del año son dos cosas, por un lado, que la capacidad de Hollywood de sorprendernos de vez en cuando con una película que no está hecha en el mismo molde que "inserte título de la película de le venga a la mente" sigue ahí, sobreviviendo contra viento y madera y por otro, que hacer una obra para la que buena parte de la audiencia no está preparada puede tener sus riesgos, pero también sus beneficios, y si no que se lo digan al amigo Joker, que viendo su cuenta bancaria ahora mismo, fue el que sin duda rió el último en toda esta historia.

domingo, 10 de noviembre de 2019

"Fleabag", Erich Fromm y la crisis de la generación millennial.




Si algo hemos notado los que seguimos con cierta atención el mundillo de la TV recientemente es el meteórico ascenso de Phoebe Waller-Bridge. No todo el mundo pasa de hacer monólogos en clubs de comedia a co-guionizar una peli de 007 y firmar un acuerdo millonario con Netflix en 5 años, y sin duda el hecho de que ella lo haya logrado implica que hablamos de una cineasta de gran talento. No obstante, par tratar el tema de esta entrada vamos a permitirnos dejar de lado su conocido éxito "Killing Eve" y centrarnos en el trabajo que la hizo conocida a nivel internacional en primer lugar, la modesta comedia dramática producida por la BBC y distribuida en España por Amazon Video "Fleabag". Como es comprensible, cualquiera que esté ahora leyendo esto pensará ¿Y qué tienen que ver las desventuras de una joven londinense con un psicólogo alemán de la primera mitad del s. XX?

Para responder a esta pregunta, hemos de entender primero qué es y de donde viene "Fleabag". En la serie, la protagonista (interpretada por la misma Waller-Bridge) es una joven treintañera que vive en Londres, una de las ciudades más cosmopolitas y dinámicas del mundo, es una emprendedora y tiene su propio negocio, al tiempo que disfruta gracias a su soltería de una interesante y activa vida sexual y romántica. Lamentablemente, si bien todo lo que acabo de decir es "técnicamente" cierto, la pobre Fleabag vive en la "Cara B" de esta vida idílica. El vivir en Londres implica que casi no puede pagar los elevados costes del alquiler y apenas puede permitirse un viejo y pequeño apartamento en un barrio poco deseable, su negocio es una cafetería ruinosa que genera más deudas que beneficios y que hace que su dueña esté permanentemente al borde de la bancarrota, y su vida romántica se caracteriza por acostarse con una sucesión de gañanes palurdos (probablemente portadores de ETSs) con los que uno no iría ni a cobrar una herencia. Sus relaciones familiares son más tóxicas que otra cosa y su única amiga ha fallecido a causa de un suicidio. ¿Apuesto a que ahora su vida no parece tan apetecible no?

Si bien Fleabag es la serie más conocida en abordar la temática de una generación de treintañeros desencantados con su vida, atrapados en trabajos sin futuro y malpagados, y con relaciones de pareja inestables y destructivas, no es ni con mucho la primera. Así, tenemos el ejemplo de "Insecure", en la que se sigue la vida de Issa, una joven afroamericana de L.A que trabaja por un sueldo irrisorio en una ONG contra el racismo y en la que, paradójicamente, ella es la única persona negra mientras que su vida sentimental se desmorona, "Master of none" en donde Aziz Ansari interpreta a Dev, un aspirante a actor neoyorquino de 30 años y ascendencia hindú que atraviesa una profunda crisis existencial al ver cómo su carrera se compone de diversos trabajos de poca monta y mal pagados mientras que sus continuos fracasos amorosos acrecentan su sensación constante de soledad, o "Love", en donde la joven pareja formada por Gus y Mickey se enfrentan a los desafíos de crear una relación sentimental sólida en la era del Tinder. La particularidad de Fleabag tal vez resida en que en este caso la crítica a todas estas cuestiones es más caustica que en las otras.

En todas estas series, dejando a un lado las particulares características de cada una, nos encotramos con un tema constante, la angustia de toda una generación ante un estilo de vida en el que las estructuras que permitían a los individuos configurar su identidad y encuadrarse dentro del mundo se han diluido sin nada que las reemplace. Tal como explica el archiconocido filosofo Zygmunt Bauman a través de su concepto "modernidad líquida", hemos pasado de una sociedad en la que lo habitual era tener trabajos estables en una empresa a trabajos, muchas veces en profesiones liberales o como autónomos, (o freelance, como dice el tipo de persona que toman café en Starbucks) de duración mucho más corta y generalmente condiciones mucho más inestables y precarias. De una sociedad en la que lo normal era establecer relaciones sentimentales y afectivas estables y de larga duración a una vida amorosa basada en diversas relaciones de corta duración y en pasar tropecientos perfiles de Tinder un Sábado a las 2 de la mañana hasta tener algún match (pardiez, ya al escribirlo suena triste, imagínese usted el vivirlo en primera persona). Una sociedad en donde nuestra identidad y valor se basa casi exclusivamente en nuestro rol como consumidores.

Puede que esto que acabo de describir suene como un panorama bastante oscuro, pero no siempre fue así. Los que nacimos hace más o menos 3 décadas y crecimos durante el optimismo ingenuo de la economía postindustrial de finales de los 90 y los primeros 2000 recordamos cómo constantemente se vendía a toda una generación la inestabilidad laboral como una oportunidad para reinventarse y ser creativo en el trabajo, la sustitución de los lazos sentimentales, familiares y humanos estables y de larga duración por relaciones breves y sin un compromiso duradero como una oportunidad de disfrutar de la propia sexualidad de forma desinhibida y hedonista, o el consumismo puro y duro como la vía por excelencia de autorrealización en un mundo en el que la propia identidad ya no se construía sino que se compraba. En las escuelas se educaba a los jóvenes para preparase para "los trabajos del futuro" que "todavía no existen", una lástima que nadie nos avisara también de que esos trabajos del futuro pagarían 5 euros la hora. Era por aquellos tiempos en los que no se dudaba en deconstruir cualquier estructura que no encajara en esta realidad permanentemente cambiante y en constante movimiento manteniendo una fe inquebrantable en un futuro perfecto que nunca terminaba de llegar. Quizá el mejor testamento a esta época sea el título de la archiconocida obra de Francis Fukuyama "El fin de la Historia y el último hombre" en el que el autor venía a afirmar que la sociedad posmoderna Occidental había llegado a un nivel tal de perfección que las estructuras anteriormente citadas se habían quedado obsoletas. Creo que todos coincidiremos en, después de "Estoy seguro de que Fernando VII será un gran rey", esa es posiblemente la frase que peor ha envejecido de la historia.

Volviendo así al título de la presente entrada y a la buena de Fleabag, ¿Cómo encaja una joven londinense en todo este desaguisado? Para ello hemos de mencionar a Erich Fromm y su tesis de "Libertad Negativa" vs, "Libertad Positiva" expuestas en su popular obra "El miedo a la libertad". En este libro (el cual tengo la impresión que la propia Waller-Bridge ha leído o al menos conoce de primera mano, y en caso de que no sin duda debería leerlo porque teniendo en cuenta su trabajo como guionista estoy seguro de que disfrutaría profundamente de su contenido) el autor alemán expone cómo a su forma de ver existen dos tipos de libertad que un individuo o una colectividad pueden ejercer. Por un lado está la libertad negativa, la cual, cómo su nombre indica, consiste en la decostrucción y eliminación de todos aquellos elementos que puedan de alguna forma limitar la independencia del comportamiento humano (desde la religión o las ideologías a las nacionalidades, las estructuras familiares, etc.), Fromm entiende que a lo largo de los siglos las sociedades humanas han creado numerosas superestructuras que de una forma u otra han limitado la libertad humana y condicionado nuestro comportamiento y que desde la implantación del estado liberal dichas estructuras han venido sufriendo un acelerado proceso de deconstrucción. En otras palabras, durante los últimos 200 años las sociedades humanas (al menos las occidentales) han venido a eliminar todas aquellas realidades que cohartan la libertad humana.

Por su parte, su concepto de libertad positiva viene a describir el proceso por el cual los individuos, ejerciendo nuestra libertad, edificamos activamente estructuras que, rellenando el hueco de aquellas que han sido previamente desmanteladas, nos permiten definir nuestra identidad y encuadrarnos socialmente. Para el bueno de Erich ambas debían de trabajar conjuntamente para que la libertad pudiera ser una fuerza creativa que además de cortar las cadenas que limitan la libertad humana permitieran a las personas crecer y desarrollarse individual y socialmente, pero lamentablemente observa que generalmente el la mayoría de casos tiende a darse sólo la primera sin que la segunda esté ni se le espere, siendo esto especialmente peligroso por el hecho de que, dado que para el autor el ser humano tiende a sentir un temor innato a la libertad absoluta por el sentimiento indefensión y desconexión con otros inherente a la misma, puede llevar a que se busquen soluciones ràpídas para solventar esta ausencia de estructuras que permitan a grandes cantidades de individuos configurar su identidad y su sentimiento de permanencia a un grupo en incluso llevar a grandes cantidades de personas a adscribirse a grupos o ideologías esencialmente destructivas, autoritarias o liberticidas como forma de solventar la crisis existencial causada por la libertad negativa (y teniendo en cuenta que Erich Fromm era un alemán de origen judío que vivió en Alemania en la primera mitad del s. XX y que escribió esta obra en 1941, creo que todos nos podemos imaginar qué ejemplo concreto de ideología autoritaria tenía en mente.)

Así pues, y evidentemente salvando las distancias con el contexto histórico que le toco a Fromm, analizar la realidad de la generación millenial representada a la perfección en las desventuras de Fleabag nos ofrece un ejemplo de libro del conflicto libertad positiva vs libertad negativa. Fleabag, es hija de una sociedad en la que, tal como decíamos antes, las estructuras supraindividuales están tan profundamente deconstruidas que en teoría su libertad es ilimitada. No obstante, tal libertad se muestra estéril a la hora de permitirle a la protagonista de esta serie construir su propia identidad y definirse a sí misma así como una forma consistente de relacionarse con el mundo. Si bien Fleabag goza de una total libertad negativa (en tanto que no parece existir ninguna fuerza externa limitando sus acciones en ningún momento) carece de cualquier clase de oportunidad de canalizar dicha libertad de forma creativa para construir algo que le permita a nivel profesional, social o personal, crecer y autodefinirse como individuo (y en el mismo membrete que Fleabag están, evidentemente, el resto de protagonistas antes mencionados).

Tampoco ayuda el hecho de que se observen en estas series que los intentos posmodernos de estructuras supraindividuales adolezcan de profundas disfuncionalidades. Así, uno de los temas recurrentes en Fleabag es cómo nuestra protagonista en varias ocasiones participa en ciertas organizaciones o actos de carácter feminista que paradójicamente tienen el resultado de que el personaje interpretado por Waller-Bridge se sienta como una "mala mujer" e incómoda consigo misma. Un claro ejemplo está en uno de los episodios de la primera temporada en la que acompañada de su hermana acude a un retiro feminista para mujeres en el que impera la prohibición de hablar para todas las participantes en ningún momento (evidentemente, tanto ella como su hermana rompen esta regla más de una vez) lo cual suena para cualquiera que venga del planeta llamado "Sentido común" como totalmente contrario al mero concepto de empoderamiento femenino (y por si no fuera así, la serie se encarga de dejarlo bastante claro). Otro ejemplo lo vemos en Insecure, cuando nuestra protagonista Issa forma parte de una ONG que en teoría trabaja para ayudar a población pobre afroamericana de los barrios menos buenos de L.A pero en la que ella es la única persona negra y observa cómo, capítulo tras capítulo, sus compañeros de trabajo y su jefa (todos ellos gente blanca de alto poder adquisitivo y tendencias políticas moderadamente progresistas) desestiman sus ideas a pesar de ser notablemente superiores y hacen gala de una condescendencia y un sutil sentimiento de superioridad sobre las personas por las que en teoría están trabajando, generando en torno a la protagonista un ambiente repleto de nimios y casi imperceptibles pero a la vez evidentes prejuicios sociales y raciales entre los que se supone están ayudando a aquellos menos favorecidos. Si observamos el resto de las series nos encontramos con situaciones similares, no siendo necesario ser un genio para comprender que si algo se refleja ahí es cómo las superestructuras "nuevas" que la sociedad postindustrial ha formado para de alguna forma intentar llevar este vacío caen por su propio peso.

Una ONG de gente con severos prejuicios raciales y socioeconómicos o una organización que lucha por la igualdad a base de prohibir a las mujeres hablar no son meros oximorones, sino también una crítica a estas estructuras supraindividuales que si bien a un nivel muy superficial parecen resolver la disyuntiva entre libertad negativa y positiva a base de ofrecer la oportunidad de formar parte de un conjunto que no busca (en principio) replicar las tensiones, limitaciones y desequilibrios del pasado, terminan adoleciendo de similares o incluso peores problemas que aquellas realidades que han venido a suplantar.

Dicho todo esto, nos encontramos ante el típico momento en el que alguien puede preguntarse ¿Y no crees, Roberto, que quizá estás leyendo demasiado entre líneas? ¿O proyectando cosas que tú mismo piensas en una serie que en realidad no dice eso? Durante la primera y gran parte de la segunda temporada de Fleabag podría ser ese el caso, pero los últimos capítulos de la segunda temporada terminaron de confirmarme que estaba en la dirección correcta. En la segunda temporada asistimos [ATENCIÓN: SPOILERS MASIVOS] a la historia de amor entre Fleabag y... un sacerdote (evidentemente un sacerdote anglicano, que a diferencia de los católicos estás autorizados a casarse y tener relaciones con mujeres, solo faltaría que no se les permitiera esta licencia teniendo en cuenta que básicamente su religión existe porque el gordo seboso borracho baboso asqueroso y depravado de Enrique VIII quiso cometer un adulterio legal). Por si esto fuera poco, en uno de los episodios finales asistimos a uno de los monólogos más dolorosos de toda la serie, en el que la propia Fleabag dice textualmente al hombre al que ama: "Quiero que alguien me diga qué ropa ponerme cada mañana. Quiero que alguien me diga qué comer. Qué debe gustarme, qué he de odiar, qué me debe hacer enfurecer. Qué escuchar, qué banda me gusta. Para qué comprar entradas. Sobre qué bromear, sobre qué no bromear. Quiero que alguien me diga en qué creer. A quién votar y a quién amar y cómo decírselo. Creo que sólo quiero que alguien me diga cómo vivir mi vida, padre, porque hasta ahora creo que no he sabido cómo hacerlo". (clip al final)

Evidentemente, esto no ha de interpretarse como un deseo por parte de Fleabag de vivir en una suerte de surrealista estado totalitario en el que hasta el más insignificante de los aspectos de su vida esté regulado, sino una respuesta emocional a un estilo de vida en el que se han eliminado todas las grandes estructuras que permitían al individuo crear su identidad y que han dejado a Fleabag, a Dev, a Issa y a toda una generación huérfana de referentes, carente de estructuras sólidas en las que integrarse, de grupos a los que pertenecer, con un pasado que se ha erosionado y un futuro diluido. Mientras que en el último par de décadas la sociedad ha ejercido a la perfección la libertad negativa, deconstruyendo todo aquello que pudiera suponer cualquier tipo de limitación a nuestra libertad individual, nuestra incapacidad para, a través de nuestra libertad positiva, crear nuevas estructuras que, eliminando las contradicciones y disfuncionalidades del pasado, nos permitieran configurar una sociedad funcional, integrada y creativa ha generado un creciente vacío existencial que ahora la cultura de masas empieza a plasmar pero que lleva ya mucho tiempo presente. Ahora bien, no quiero que nadie pueda malinterpretar estas lineas. Como historiador, he visto en numerosas ocasiones a gente cometer el error de idealizar el pasado, de admirar los tiempos en los que una otitis o una apendicitis podían mandarte al otro barrio, en los que se daban crisis de subsistencia de forma recurrente o en los que los líderes no eran electos, y en ningún caso pretendo hacer ahora lo mismo. Precisamente es capital entender que la defensa de la Libertad positiva no busca necesariamente la reconstrucción de las estructuras que ya se han dejado atrás, mas arengarnos a nosotros mismos a entender que igual que para que el mundo avance es necesario destruir lo viejo, también es imprescindible remangarse para construir lo nuevo.