En el
momento que escribo estas lineas Box Office Mojo acaba de confirmar
oficialmente que la película de 2019 "Joker" acaba de
cruzar los 1.000 millones de euros de recaudación a nivel mundial.
Repito poniéndolo en contexto, 1.000 millones para una película en
la que no hay grandes escenas de acción hechas con efectos
especiales, que no pertenece a una saga cinematográfica, que está
calificada para mayores de 18 años y que no se ha estrenado en el
mercado Chino (ya que el Partido Comunista Chino decidió censurarla
por subversiva). En otras palabras, la clase de película que según
las reglas de Hollywood nunca debería haber sido rentable, la clase
de película que los estudios llevan casi una década tratando de
evitar hacer... y sin embargo se mueve.
Por si esto
fuera poco, este largometraje sufrió uno de los estrenos más
controvertidos de los últimos tiempos. Después de recibir el León
de Oro en el Festival de Venecia así como numerosos elogios de la
crítica europea, comenzó al otro lado del charco una guerra cultural
alrededor de esta película, con un acérrimo grupo de fans
defendiendo el valor de este film como un ataque políticamente incorrecto y furibunda hacia un sistema inherentemente
injusto y, por el otro lado, buena parte de los grandes medios de
comunicación y una importante sección de la critica especializada
denunciando cómo esta película alentaba la violencia, la misoginia y
el racismo y era vacía a la par que peligrosa.
Para
entender este fenómeno es necesario analizar la película en
cuestión desde dos puntos de vista, por un lado, analizando el film
en si mismo y por otro, la evolución del personaje del Joker como
villano, y con la venia de los lectores, empezaremos por lo segundo.
Con permiso de Cesar Romero, la primera incursión del personaje
conocido como Joker corrió a cargo de Jack Nicholson en la película
de Tim Burton "Batman" de 1989. En ella, el personaje se
mantenía en un perfil más o menos canónico y representaba una
versión parodiada y excéntrica de los criminales y gangsters
prototípicos del cine negro. En esta versión, el Joker no se aleja
del patrón del antagonista tradicional, un criminal, miembro del
hampa, que rompe la ley y pone en peligro a indefensos y honestos
ciudadanos. Esta lectura entronca a la perfección con la américa
post-Reagan si tenemos en cuenta que para el cuadragésimo Presidente
de EEUU la lucha contra el crimen (que durante la década de los 70
había ido creciendo desmedidamente hasta llegar en 1981 al pico de
criminalidad de toda la historia de EEUU desde que hay registros.) fue una de las piedras angulares de su administración durante su presidencia, cuyo final coincidió con el estreno de la película de Burton. Así pues, en la década republicana por excelencia de EEUU,
Hollywood interpretó al archiconocido villano como al antítesis
total del buen ciudadano y la clase de amenaza que debía ser
neutralizada para proteger la perfección del estilo de vida
americano. No volveríamos a ver al Joker en la gran pantalla hasta
pasados 19 años en la obra maestra de Nolan "El caballero
oscuro" interpretado por Heath Ledger. Para esa época el 11 de
septiembre ya había ocurrido y el enemigo de EEUU había cambiado, y
había pasado de ser el crimen interno a la omnipresente amenaza del
terrorismo exterior. Nolan capturó perfectamente la angustia del
pueblo americano ante una amenaza que se aprovechaba de los medios de
comunicación y de poder causar atentados con numerosas víctimas
civiles en prácticamente cualquier lugar para descomponer una
sociedad que con toda su fortaleza y poderío económico y
tecnológico se sentía vulnerable. El terrorismo islámico,
percibido como fanático, invisible e irracional, encontraba su
reflejo en un Joker desquiciado, de acciones tan anárquicas como
sádicas, con un ejército de seguidores fanáticos capaces de
inmolarse por su líder y que sabía usar como armas tanto los
explosivos como el miedo y los medios de comunicación para crear
histeria colectiva. Pero el gran crimen de este Joker no fue
encontrar y aprovecharse de los puntos débiles de la sociedad, o
alimentar el miedo a través de una infodemia, sino que muy
agudamente el director británico muestra a nuestros héroes (Batman
en especial, pero también Jim Gordon y Harvey Dent) renunciando a
sus principios morales y éticos para lograr detener a este criminal
en un irreversible camino de autodestrucción, en una acertada
metáfora de cómo, en nombre de la lucha contra el terrorismo y la
seguridad, el pueblo americano cedió parte de sus libertades y
derechos y vendió un trozo de su alma (aceptando el uso de la
tortura, la supresión del “Habeas Corpus” y otros derechos
jurídicos básicos o la destrucción de la intimidad de la
ciudadanía a través de los modernos sistemas de espionaje digital).
En un alarde de metatextualidad, Nolan aprovechaba en el último
tercio de película la subtrama en la que el Joker decide colocar dos
bombas en dos barcos y obligar a los pasajeros a accionar el
detonador del otro barco pero en el que la ciudadanía, en un ejemplo admirable de civismo, principios y fraternidad, decide no ceder para mostrar
cómo a victoria de los estados democráticos sobre el terrorismo
estaba no en el uso de la violencia fuera de la legalidad si no en aferrarse a los valores democráticos esenciales. Tras esto, y
permitiéndonos pasar por alto ese aborto malparido que es el Joker
de Leto, la siguiente gran aparición del personaje es en la película
de 2019 e interpretado por Joaquin Phoenix. En ella ocurre un cambio
fundamental con respecto a las otras dos, y es que el antagonista
para a ser el protagonista. En esta nueva versión el Joker no
representa una amenaza que surge bien de los límites de la sociedad
(el mundo del crimen organizado) ni directamente del exterior de la
misma (el terrorismo) sino que este Joker es un subproducto de la
sociedad en si misma. Si tenemos en cuenta que la década que media
entre el lanzamiento de "El Caballero Oscuro" y "Joker"
observó la mayor crisis económica desde el 29 y el consecuente
colapso social, la degradación del discurso político y el
embrutecimiento generalizado de la sociedad, entendemos por qué, a diferencia de lo que
había ocurrido en el pasado, la amenaza para la sociedad era ahora
la sociedad en si misma. Como vemos, si uno quiere tener una idea del
mayor antagonista del mundo occidental en cada momento simplemente tiene que echarle un ojo
a la versión del Joker que esté de moda.
Ahora que
sabemos de que pie cojea cada Joker (y en especial el último, que es
el que nos importa) es hora de interpretar la película, y para ello
voy a hacer una de mis cosas favoritas, recurrir a un filósofo
europeo de la primera mitad del s. XX y de biografía bastante
surrealista para intentar entender todo este pastelote. Si bien en
las anteriores entradas nos fuimos por los germanos, esta vez voy a
tirar de un francés (bueno, argelino-hispano-francés, ya que su
madre era de Baleares y nació en colonias), el ganador de un premio
Nobel (y uno de los de verdad eh, no el de la paz) mujeriego (en el
buen sentido de la palabra) y fumador empedernido Albert Camus y su
archiconocida obra "El extranjero". A decir verdad, Arthur
Fleck en "Joker" y Meursault en "El extranjero"
guardan ciertos paralelismos interesantes cuanto menos. En la
novela, Meursault se presenta como una persona ajena por completo a
la sociedad y que vive apartado de cualquier clase de sistema de
creencias o relación social o personal seria. En los primeros
compases de la novela, el protagonista recibe la noticia del
fallecimiento de su madre, la única persona con al que tenía alguna
clase de relación. No obstante, cuando acude al velorio no muestra
ni pena ni dolor, mas una absoluta indiferencia. Tras esto se
encuentra con María, una vieja amiga, con la que comienza una
relación sentimental. Unos días después decide ayudar a un vecino
a vengarse de su novia por una infidelidad y poco después, cuando
los hermanos de dicha mujer intentan vengarse, Meursault los mata
usando una pistola que su amigo le había dado antes. Tras ser
arrestado, Meursault es juzgado por el asesinato y durante el proceso
observamos cómo su apatía hacia los diferentes sistemas de
creencia, y su existencia ajena y hasta crítica hacia las
estructuras y normas sociales y su inherente hipocresía y carencia
de significado hará que finalmente sea condenado a muerte. Mientras
que el resto de la sociedad le considera un monstruo por no adherirse
a las convenciones sociales, en sus últimos días de existencia
Meursault encuentra la paz interior al aceptar su independencia
absoluta con respecto al resto del mundo y el rechazo y escepticismo
total hacia el mismo. Esta novela plasma la gran teoría filosófica
de la obra de Camus, el Absurdismo. Según el Absurdismo, la
existencia humana es totalmente fortuita y caótica, sin sentido ni
objetivo, pero como aceptar la futilidad de nuestra propia existencia
nos es imposible, las personas creamos grandes sistemas de creencias
y complejas estructuras ideológicas y sociales (religión, ideas
políticas, nacionalismos, convicciones morales, etc.) para dar
sentido a nuestra vida, proporcionarnos una identidad y comprender
nuestro lugar en el mundo, incluso si ese lugar está determinado por
una narrativa ficticia (si, y ya se que en la anterior entrada
defendí la existencia de dichas estructuras al hablar de Fleabag y
Erich Fromm, lo siento, soy un hombre con mis contradicciones.) Para
Camus, estas grandes estructuras tienden a obligar a todos los
miembros de la sociedad a jugar dentro de sus normas y aceptarlas, y
por lo tanto, vivir rechazando o siendo escéptico hacia las mismas
es por si mismo un acto de rebeldía que la sociedad tratará de
eliminar, llegando en último extremo a, en palabras del propio
Camus: "Condenar a una persona a muerte por no llorar en el
entierro de su madre." Para Camus, por lo tanto, la única forma
de vivir en armonía era la de aceptar el absurdo de la existencia,
la carencia de significado de la misma y al ausencia de valor de
cualquier gran sistema (dejo aquí un video que lo explica un
poquito mejor que yo).
Esta
filosofía bebe a su vez del gran, del único e irrepetible,
Friedrich Nietzsche y su Nihilismo. El prusiano de bigotes raros
entendía que este colapso de los grandes y tradicionales valores
supremos suponía la oportunidad para el género humano de liberarse
de las limitaciones del pasado y reinventarse a sí mismo. En la
ética de Nietzsche existe la moral de siervos contrapuesta a la
moral de los señores. Para los siervos, sus acciones están
delimitadas y constreñidas por aquellos valores que la sociedad y
los sistemas de creencias imponen sobre ellos, basadas en el miedo a
las repercusiones y en su propia debilidad, mientras que los señores
son aquellas persona que, a través de lo que denominaba "la
voluntad de poder" son capaces de alzarse ante estos sistemas y
crear su propia escala de valores éticos de forma racional y basada
en la buena fe y en llegar más allá de uno mismo.
Sin querer
dar a entender que el Joker sea una suerte de adaptación de El
extranjero (nunca he dicho que lo sea y si alguien sugiere que lo he
hecho lo negaré hasta la muerte) si que se observan interesantes
paralelismos e influencias. Por un lado, ambos personajes viven en
un divorcio total de la sociedad, de sus reglas y sus estructuras,
con la diferencia de que en Arthur esto causa un pathos existencial
absoluto mientras que en Meursault simplemente causa indiferencia.
Ambos presentan una relación materno-filial cuestionable (en
especial tras la muerte de sus respectivas madres) en ambos el
incidente catalizador es el asesinato a disparos de unos hombres en
defensa propia y en ambos casos este hecho llevará a un proceso
irreversible en el que la sociedad en conjunto se volverá en su
contra no por el acto en si, mas por negarse a formar parte de la
misma. Y lo que es más interesante, en los tramos finales de las
respectivas obras (y trataré de evitar los spoilers lo más posible
aquí) ambos sufren, en el momento en que la sociedad ejerce una
mayor presión sobre ellos, una catarsis de la que renacen como un
nuevo ser que ha dejado atrás sus conflictos pretéritos para
redefinirse a sí mismo y, por fin, vivir en armonía con su propio
absurdo vital y consciente del absurdo del resto del mundo. No es
baladí relacionar el absurdismo con el Joker, puesto que incluso en
sus anteriores versiones, y a diferencia de otros villanos, el Joker
siempre ha tendido a ser una figura iconoclasta que no busca
únicamente el crimen per se, sino destruir la sociedad a través del
cuestionamiento del absurdo de la misma. Así en "Batman"
1989 el Joker imprime dólares con su propia cara, destruye carísimas
obras de arte y organiza su propio desfile del día de Acción de
Gracias en un aparente intento de "cooptar" la sociedad de
consumo americana de los 80, mientras que el Joker de 2008 se define
como un "agente del caos" y expone constantemente cómo su
motivación para el crimen es demostrar cómo el civismo de la
sociedad y todos sus valores son meramente superficiales y en caso de
ser necesario, cualquier ciudadano honrado podría convertirse en un
monstruo tan violento y sádico como él mismo lo es. En otras
palabras, a diferencia de otros antagonistas, el Joker es un
antagonista profundamente subversivo no sólo por sus crímenes sino
por cómo estos exponen del lado oscuro de la propia sociedad.
Si bien esto
es una constante en el personaje, la última versión del Joker no se
limita a usarlo como un elemento secundario sino que (como película
fruto de sus tiempos) gira entorno a esto. Y este es el quid de la
cuestión. Existen infinidad de películas que cuestionan la sociedad
(muchas de ellas de forma más furibunda que el Joker) pero, al menos
desde hace varias décadas, ninguna película mainstream que lo haga.
Ninguna película financiada por un gran estudio y con una gran
campaña de publicidad que lo hiciera. En otras palabras, para toda
aquella audiencia ajena al cine de autor, independiente o de bajo
presupuesto, esta es la primera vez que se encuentran con una
película con un mensaje que cuestiona abiertamente la realidad
social. Dentro de una generación criada en el cine hipercomercial,
estéril y azucarado que como norma general Hollywood lleva
produciendo los últimos 20 años, una película que bebe
directamente de la mala leche del cine americano de los 70 supone
poco menos que un ritual de paso a la madurez. Así pues, tanto el
éxito cómo las críticas de esta película se deben en buena medida
a esta contraposición al cine comercial prototípico (no es
casualidad que la película fuera apreciada como una joya por la
crítica europea, más acostumbrada a un cine irreverente,
provocativo y de minorías, pero causara consternación y rechazo
entre la crítica americana, más afín a un cine aséptico de masas,
pero a esto iremos luego). Joker hace algo que pocas o ninguna
película mainstream de estudio había hecho recientemente, mostrar
un comentario caustico de la sociedad y cuestionar una serie de
valores y convenciones sacrosantas para la mayor parte del cine
comercial contemporáneo. De esta forma llegamos a un último acto en
el que, emulando de forma retorcida, sádica y oscura al superhombre
de Nietzsche (o meojr dicho, una deformación de dicho concepto, ya
que en su obra Nietzsche se cuida de dejar claro que cualquier
crecimiento individual ha de ir acompañado de un respeto a los
valores éticos fundamentales que en el caso del Joker están
ausentes) Artur Fleck se alza sobre el mundo habiéndose transformado
a si mismo un Joker que ha creado su propia escala de valores, para
el no menos absurda o disfuncional que la de la sociedad con la que
ha coexistido y que le ha creado.
Como
consecuencia de lo hasta ahora expuesto, Joker disfrutó de una
recepción controvertida. Por un lado tenemos a quienes les gustó,
un variopinto grupo formado por simples cinéfilos (entre los que me
incluyo), admiradores del personaje por su tóxico carisma y personas
que de alguna forma se sienten desarraigadas con el sistema y se
identifican con Arthur Fleck. Naturalmente, no pretendo sugerir que
estas personas sean enfermas mentales o criminales en potencia, pero
si una gran masa de población que por una u otra razón se ha visto
dejada de lado por las corrientes culturales dominantes y han tomado
en esta película un elemento identitario que a posteriori (y en su
mayor parte sin fundamento alguno) ha sido estigmatizado por los
medios de comunicación de masas en una mezcla confusa de corrección
política, histeria colectiva, oportunismo y paranoia. Como
cualquier obra de arte provocativa, Joker fue recibida con recelo por
una parte de los medios y los críticos más obtusos, quienes la
criticaron por su mensaje presuntamente tóxico (me temo que hoy en
día esa palabra se usa demasiado a la ligera). Ni que decir tiene,
hay muchas personas a las que esta pelí no les gustó por motivos
legítimos, como en cualquier otra disciplina, el arte
cinematográfico tiene una carga subjetiva considerable y Joker no es
tampoco una obra de arte perfecta que merezca el aplauso unánime,
pero el hecho de que una gran parte de la crítica rechazara esta
película no por sus méritos o deméritos artísticos sino por su
premisa temática es indicativo de que el verdadero problema no está
en el contenido de la película, sino por el embrutecimiento
intelectual de gran parte de la crítica y los medios. Desde CNN a
Time Magazine, la reacción de rechazo a esta película por parte
del "establishment" cultural (no soy amigo del uso de
anglicismos pero con este término haré una excepción ya que
presenta ciertos matices ausentes en sus equivalentes en español) y
por motivos ajenos a su calidad cinematográfica ha sido,
paradójicamente, una metáfora perfecta de lo que el Joker
simboliza.
Una de las
críticas más repetidas (junto con la que se acaba de exponer en el
párrafo anterior) a la película es como el movimiento social y las
protestas que el payaso del crimen de Gotham inicia durante la
segunda mitad del film adolece de una falta de profundidad ideológica
y se limita a representar una serie de disturbios sin un ideario
político bien definido. Evidentemente, cualquiera que diga esto no
ha estado en una manifestación en su put* vida. Tradicionalmente (y
vale de esto tanto el ya lejano 15M como los más recientes chalecos
amarillos en Francia, y todo entremedias) los grandes movimientos de
protesta no se basan en un ideario político bien definido con ideas
teóricamente sólidas y diseñadas desde la serenidad, sino que
vienen a recoger estados de ánimo, opiniones en ocasiones
contradictorias o cuanto menos no necesariamente complementarias y
peticiones que surgen desde la subjetividad y la reacción más
emocional que intelectual y que únicamente a largo plazo pueden dar
lugar a idearios complejos y medidas maduras. En ese sentido, es
absurdo tratar de pensar en el Joker como una suerte de líder
revolucionario con determinados idearios políticos pues, como hemos
visto antes, eso sería justo lo contrario de lo que esta figura
representa. Por el contrario, vemos a un Joker que, por medio de un
descontento político y social puntual, alimenta un caos que no busca
en ningún caso crear un nuevo sistema, sino únicamente destruir el
existente. Recuerdo no hace mucho escuchar en medio de una
manifestación el grito "queremos la banca expropiada y a la
Botín ahorcada", vayan ustedes a este señor a pedirle que
elabore un proyecto de ley de banca pública para tramitarlo en el
congreso si se atreven.
Igual que la
trama gira en torno a Arthur Fleck y de cómo este vive en constante
oposición al mundo que le rodea, la película de Joker (con sus
virtudes y sus debilidades artísticas) ha existido en constante
oposición a una oferta de entretenimiento cinematográfico
manufacturada para ser lo más convencional y afín a la sociedad de
consumo posmoderna posible. En este sentido, hacer una película como
Joker, influenciada por una tradición de cine que viene de películas
de los 70 como "Taxi Driver" (recordemos que Joker fue
producida por Martin Scorsese, quien estuvo a punto de dirigirla) es,
en la vida real y en el microcosmos del Hollywood actual, un acto de
desafío equiparable al de Meursault en El extranjero. De forma quizá
inconsciente, una gran parte de la crítica que atacó esta película
lo hizo no por su contenido en si mismo, sino por reacción a un
modelo de película que cuestiona lo que unánimemente se ha aceptado
como una película de masas (una formula de entretenimiento tan
espectacular en su superficie como vacío en su núcleo), usando como
argumento arrojadizo una serie de argumentos morales totalmente
falaces (desde decir que esta película glorificaba la violencia e
incitaría agresiones y episodios violentos que nunca existieron a
decir que era una película que promovía el supremacismo blanco en
unos ejercicios de malabares mentales equiparables a los de Rubiales
explicando por qué jugar la supercopa de España a Arabia Saudí es
una forma de luchar por los derechos de las mujeres árabes) que no
hicieron sino ejemplificar la imperiosa necesidad de películas como
"Joker" en el ecosistema de cine de masas actual.
Por otro
lado, es imposible entender el rechazo a esta película sin
comprender la situación política de EEUU. Desde la victoria de
Trump en 2016 la sociedad americana ha sufrido una polarización sin
precedentes recientes acompañada del descenso profundo del nivel
intelectual del debate político promedio, con la consecuencia de que
casi cualquier hito aparentemente insignificante puede convertirse en
una guerra cultural. En este caso, el proceso ha sido interesante. Es
evidente para cualquiera que la vea que esta nunca ha tenido ninguna
intención de atraer de forma particular o evidente a los seguidores
del actual presidente, pero tras su éxito en el Festival de Venecia,
una pequeña parte de Internet que vive en los márgenes de las
corrientes culturales dominantes comenzó a ensalzar esta película
por supuesta incorrección política o por visibilizar a la
"Alt-right" americana, lo cual inmediatamente movilizó a
las huestes de los medios más progresistas del panorama americano
que iniciaron una campaña en la que subconscientemente no atacaban
al film en si mismo, sino a lo que ellos pensaron que era su nicho de
audiencia mayoritario. En otras palabras, como reacción a un intento
de una parte de la derecha americana de apropiarse de esta película,
la izquierda inició una guerra ideológica contra una película sin
nigua necesidad y en la que no había más enemigo que el que ellos
se habían imaginado y que posteriormente, además, perdieron, en una
desquiciada reacción a una obra cultural que en buena medida no
pusieron interpretar porque se salía de los cánones que un
estadounidense promedio es capaz de procesar como aceptables. Como
cualquiera que haya seguido este caso recordará, numerosos medios
alertaron de los más que probables atentados y tiroteos que podrían
ocurrir. Un mes después y habiendo la cifra de tiroteos relacionados
con esta película escalado hasta la estremecedora cifra de 0, quizá
la verdadera pregunta no sea si el Joker es o no una película
demasiado subversiva, sino en manos de qué clase de "profesionales"
dejamos la labor de comunicar la información y conformar nuestras
opiniones.
Ahora, un
mes y medio y 1.000 millones de Dólares recaudados después, podemos
decir que si algo hemos sacado en limpio del fenómeno
cinematográfico del año son dos cosas, por un lado, que la
capacidad de Hollywood de sorprendernos de vez en cuando con una
película que no está hecha en el mismo molde que "inserte
título de la película de le venga a la mente" sigue ahí,
sobreviviendo contra viento y madera y por otro, que hacer una obra
para la que buena parte de la audiencia no está preparada puede
tener sus riesgos, pero también sus beneficios, y si no que se lo
digan al amigo Joker, que viendo su cuenta bancaria ahora mismo, fue
el que sin duda rió el último en toda esta historia.


