Si algo hemos notado los que seguimos con cierta atención el mundillo de la TV recientemente es el meteórico
ascenso de Phoebe Waller-Bridge. No todo el mundo pasa de hacer
monólogos en clubs de comedia a co-guionizar una peli de 007 y
firmar un acuerdo millonario con Netflix en 5 años, y sin duda el
hecho de que ella lo haya logrado implica que hablamos de una
cineasta de gran talento. No obstante, par tratar el tema de esta
entrada vamos a permitirnos dejar de lado su conocido éxito "Killing
Eve" y centrarnos en el trabajo que la hizo conocida a nivel
internacional en primer lugar, la modesta comedia dramática producida
por la BBC y distribuida en España por Amazon Video "Fleabag". Como es
comprensible, cualquiera que esté ahora leyendo esto pensará ¿Y
qué tienen que ver las desventuras de una joven londinense con un
psicólogo alemán de la primera mitad del s. XX?
Para responder a esta pregunta, hemos
de entender primero qué es y de donde viene "Fleabag". En
la serie, la protagonista (interpretada por la misma Waller-Bridge)
es una joven treintañera que vive en Londres, una de las ciudades
más cosmopolitas y dinámicas del mundo, es una emprendedora y tiene
su propio negocio, al tiempo que disfruta gracias a su soltería de
una interesante y activa vida sexual y romántica. Lamentablemente,
si bien todo lo que acabo de decir es "técnicamente"
cierto, la pobre Fleabag vive en la "Cara B" de esta vida
idílica. El vivir en Londres implica que casi no puede pagar los
elevados costes del alquiler y apenas puede permitirse un viejo y
pequeño apartamento en un barrio poco deseable, su negocio es una
cafetería ruinosa que genera más deudas que beneficios y que hace
que su dueña esté permanentemente al borde de la bancarrota, y su
vida romántica se caracteriza por acostarse con una sucesión de
gañanes palurdos (probablemente portadores de ETSs) con los que uno
no iría ni a cobrar una herencia. Sus relaciones familiares son más
tóxicas que otra cosa y su única amiga ha fallecido a causa de un
suicidio. ¿Apuesto a que ahora su vida no parece tan apetecible no?
Si bien Fleabag es la serie más
conocida en abordar la temática de una generación de treintañeros
desencantados con su vida, atrapados en trabajos sin futuro y
malpagados, y con relaciones de pareja inestables y destructivas, no
es ni con mucho la primera. Así, tenemos el ejemplo de "Insecure",
en la que se sigue la vida de Issa, una joven afroamericana de L.A
que trabaja por un sueldo irrisorio en una ONG contra el racismo y
en la que, paradójicamente, ella es la única persona negra mientras
que su vida sentimental se desmorona, "Master of none" en
donde Aziz Ansari interpreta a Dev, un aspirante a actor neoyorquino
de 30 años y ascendencia hindú que atraviesa una profunda crisis
existencial al ver cómo su carrera se compone de diversos trabajos
de poca monta y mal pagados mientras que sus continuos fracasos
amorosos acrecentan su sensación constante de soledad, o "Love",
en donde la joven pareja formada por Gus y Mickey se enfrentan a los
desafíos de crear una relación sentimental sólida en la era del
Tinder. La particularidad de Fleabag tal vez resida en que en este
caso la crítica a todas estas cuestiones es más caustica que en las
otras.
En todas estas series, dejando a un
lado las particulares características de cada una, nos encotramos
con un tema constante, la angustia de toda una generación ante un
estilo de vida en el que las estructuras que permitían a los
individuos configurar su identidad y encuadrarse dentro del mundo se
han diluido sin nada que las reemplace. Tal como explica el
archiconocido filosofo Zygmunt Bauman a través de su concepto
"modernidad líquida", hemos pasado de una sociedad en la
que lo habitual era tener trabajos estables en una empresa a
trabajos, muchas veces en profesiones liberales o como autónomos, (o
freelance, como dice el tipo de persona que toman café en
Starbucks) de duración mucho más corta y generalmente condiciones
mucho más inestables y precarias. De una sociedad en la que lo
normal era establecer relaciones sentimentales y afectivas estables y
de larga duración a una vida amorosa basada en diversas relaciones
de corta duración y en pasar tropecientos perfiles de Tinder un
Sábado a las 2 de la mañana hasta tener algún match (pardiez, ya
al escribirlo suena triste, imagínese usted el vivirlo en primera
persona). Una sociedad en donde nuestra identidad y valor se basa
casi exclusivamente en nuestro rol como consumidores.
Puede que esto que acabo de describir
suene como un panorama bastante oscuro, pero no siempre fue así. Los
que nacimos hace más o menos 3 décadas y crecimos durante el
optimismo ingenuo de la economía postindustrial de finales de los 90
y los primeros 2000 recordamos cómo constantemente se vendía a toda
una generación la inestabilidad laboral como una oportunidad para
reinventarse y ser creativo en el trabajo, la sustitución de los
lazos sentimentales, familiares y humanos estables y de larga
duración por relaciones breves y sin un compromiso duradero como una
oportunidad de disfrutar de la propia sexualidad de forma desinhibida
y hedonista, o el consumismo puro y duro como la vía por excelencia
de autorrealización en un mundo en el que la propia identidad ya no
se construía sino que se compraba. En las escuelas se educaba a los
jóvenes para preparase para "los trabajos del futuro"
que "todavía no existen", una lástima que nadie nos
avisara también de que esos trabajos del futuro pagarían 5 euros la
hora. Era por aquellos tiempos en los que no se dudaba en deconstruir
cualquier estructura que no encajara en esta realidad permanentemente
cambiante y en constante movimiento manteniendo una fe inquebrantable
en un futuro perfecto que nunca terminaba de llegar. Quizá el mejor
testamento a esta época sea el título de la archiconocida obra de
Francis Fukuyama "El fin de la Historia y el último hombre"
en el que el autor venía a afirmar que la sociedad posmoderna
Occidental había llegado a un nivel tal de perfección que las
estructuras anteriormente citadas se habían quedado obsoletas. Creo
que todos coincidiremos en, después de "Estoy seguro de que
Fernando VII será un gran rey", esa es posiblemente la frase
que peor ha envejecido de la historia.
Volviendo así al título de la
presente entrada y a la buena de Fleabag, ¿Cómo encaja una joven
londinense en todo este desaguisado? Para ello hemos de mencionar a
Erich Fromm y su tesis de "Libertad Negativa" vs, "Libertad
Positiva" expuestas en su popular obra "El miedo a la
libertad". En este libro (el cual tengo la impresión que la
propia Waller-Bridge ha leído o al menos conoce de primera mano, y
en caso de que no sin duda debería leerlo porque teniendo en cuenta
su trabajo como guionista estoy seguro de que disfrutaría
profundamente de su contenido) el autor alemán expone cómo a su
forma de ver existen dos tipos de libertad que un individuo o una
colectividad pueden ejercer. Por un lado está la libertad negativa,
la cual, cómo su nombre indica, consiste en la decostrucción y
eliminación de todos aquellos elementos que puedan de alguna forma
limitar la independencia del comportamiento humano (desde la religión
o las ideologías a las nacionalidades, las estructuras familiares,
etc.), Fromm entiende que a lo largo de los siglos las sociedades
humanas han creado numerosas superestructuras que de una forma u otra
han limitado la libertad humana y condicionado nuestro comportamiento
y que desde la implantación del estado liberal dichas estructuras
han venido sufriendo un acelerado proceso de deconstrucción. En
otras palabras, durante los últimos 200 años las sociedades
humanas (al menos las occidentales) han venido a eliminar todas
aquellas realidades que cohartan la libertad humana.
Por su parte, su concepto de libertad
positiva viene a describir el proceso por el cual los individuos,
ejerciendo nuestra libertad, edificamos activamente estructuras que,
rellenando el hueco de aquellas que han sido previamente
desmanteladas, nos permiten definir nuestra identidad y encuadrarnos
socialmente. Para el bueno de Erich ambas debían de trabajar
conjuntamente para que la libertad pudiera ser una fuerza creativa
que además de cortar las cadenas que limitan la libertad humana
permitieran a las personas crecer y desarrollarse individual y
socialmente, pero lamentablemente observa que generalmente el la
mayoría de casos tiende a darse sólo la primera sin que la segunda
esté ni se le espere, siendo esto especialmente peligroso por el
hecho de que, dado que para el autor el ser humano tiende a sentir un
temor innato a la libertad absoluta por el sentimiento indefensión y
desconexión con otros inherente a la misma, puede llevar a que se
busquen soluciones ràpídas para solventar esta ausencia de
estructuras que permitan a grandes cantidades de individuos
configurar su identidad y su sentimiento de permanencia a un grupo en
incluso llevar a grandes cantidades de personas a adscribirse a grupos
o ideologías esencialmente destructivas, autoritarias o liberticidas
como forma de solventar la crisis existencial causada por la libertad
negativa (y teniendo en cuenta que Erich Fromm era un alemán de
origen judío que vivió en Alemania en la primera mitad del s. XX y
que escribió esta obra en 1941, creo que todos nos podemos imaginar
qué ejemplo concreto de ideología autoritaria tenía en mente.)
Así pues, y evidentemente salvando las
distancias con el contexto histórico que le toco a Fromm, analizar la
realidad de la generación millenial representada a la perfección
en las desventuras de Fleabag nos ofrece un ejemplo de libro del
conflicto libertad positiva vs libertad negativa. Fleabag, es hija de
una sociedad en la que, tal como decíamos antes, las estructuras
supraindividuales están tan profundamente deconstruidas que en
teoría su libertad es ilimitada. No obstante, tal libertad se
muestra estéril a la hora de permitirle a la protagonista de esta
serie construir su propia identidad y definirse a sí misma así como
una forma consistente de relacionarse con el mundo. Si bien Fleabag
goza de una total libertad negativa (en tanto que no parece existir
ninguna fuerza externa limitando sus acciones en ningún momento)
carece de cualquier clase de oportunidad de canalizar dicha libertad
de forma creativa para construir algo que le permita a nivel
profesional, social o personal, crecer y autodefinirse como individuo
(y en el mismo membrete que Fleabag están, evidentemente, el resto
de protagonistas antes mencionados).
Tampoco ayuda el hecho de que se
observen en estas series que los intentos posmodernos de estructuras
supraindividuales adolezcan de profundas disfuncionalidades. Así,
uno de los temas recurrentes en Fleabag es cómo nuestra protagonista
en varias ocasiones participa en ciertas organizaciones o actos de
carácter feminista que paradójicamente tienen el resultado de que el
personaje interpretado por Waller-Bridge se sienta como una "mala
mujer" e incómoda consigo misma. Un claro ejemplo está en uno
de los episodios de la primera temporada en la que acompañada de su
hermana acude a un retiro feminista para mujeres en el que impera la
prohibición de hablar para todas las participantes en ningún
momento (evidentemente, tanto ella como su hermana rompen esta regla
más de una vez) lo cual suena para cualquiera que venga del planeta
llamado "Sentido común" como totalmente contrario al mero
concepto de empoderamiento femenino (y por si no fuera así, la serie
se encarga de dejarlo bastante claro). Otro ejemplo lo vemos en
Insecure, cuando nuestra protagonista Issa forma parte de una ONG que
en teoría trabaja para ayudar a población pobre afroamericana de
los barrios menos buenos de L.A pero en la que ella es la única
persona negra y observa cómo, capítulo tras capítulo, sus
compañeros de trabajo y su jefa (todos ellos gente blanca de alto
poder adquisitivo y tendencias políticas moderadamente progresistas)
desestiman sus ideas a pesar de ser notablemente superiores y hacen
gala de una condescendencia y un sutil sentimiento de superioridad
sobre las personas por las que en teoría están trabajando, generando en torno a la protagonista un ambiente repleto de nimios y casi
imperceptibles pero a la vez evidentes prejuicios sociales y raciales
entre los que se supone están ayudando a aquellos menos favorecidos.
Si observamos el resto de las series nos encontramos con situaciones
similares, no siendo necesario ser un genio para comprender que si
algo se refleja ahí es cómo las superestructuras "nuevas"
que la sociedad postindustrial ha formado para de alguna forma
intentar llevar este vacío caen por su propio peso.
Una ONG de gente con severos prejuicios
raciales y socioeconómicos o una organización que lucha por la
igualdad a base de prohibir a las mujeres hablar no son meros
oximorones, sino también una crítica a estas estructuras
supraindividuales que si bien a un nivel muy superficial parecen
resolver la disyuntiva entre libertad negativa y positiva a base de
ofrecer la oportunidad de formar parte de un conjunto que no busca (en
principio) replicar las tensiones, limitaciones y desequilibrios del
pasado, terminan adoleciendo de similares o incluso peores problemas
que aquellas realidades que han venido a suplantar.
Dicho todo esto, nos encontramos ante el
típico momento en el que alguien puede preguntarse ¿Y no crees,
Roberto, que quizá estás leyendo demasiado entre líneas? ¿O
proyectando cosas que tú mismo piensas en una serie que en realidad
no dice eso? Durante la primera y gran parte de la segunda temporada
de Fleabag podría ser ese el caso, pero los últimos capítulos de
la segunda temporada terminaron de confirmarme que estaba en la
dirección correcta. En la segunda temporada asistimos [ATENCIÓN:
SPOILERS MASIVOS] a la historia de amor entre Fleabag y... un
sacerdote (evidentemente un sacerdote anglicano, que a diferencia de
los católicos estás autorizados a casarse y tener relaciones con
mujeres, solo faltaría que no se les permitiera esta licencia
teniendo en cuenta que básicamente su religión existe porque el
gordo seboso borracho baboso asqueroso y depravado de Enrique VIII
quiso cometer un adulterio legal). Por si esto fuera poco, en uno de
los episodios finales asistimos a uno de los monólogos más dolorosos
de toda la serie, en el que la propia Fleabag dice textualmente al
hombre al que ama: "Quiero que alguien me diga qué ropa
ponerme cada mañana. Quiero que alguien me diga qué comer. Qué
debe gustarme, qué he de odiar, qué me debe hacer enfurecer. Qué
escuchar, qué banda me gusta. Para qué comprar entradas. Sobre qué
bromear, sobre qué no bromear. Quiero que alguien me diga en qué
creer. A quién votar y a quién amar y cómo decírselo. Creo que
sólo quiero que alguien me diga cómo vivir mi vida, padre, porque
hasta ahora creo que no he sabido cómo hacerlo". (clip al final)
Evidentemente, esto
no ha de interpretarse como un deseo por parte de Fleabag de vivir en
una suerte de surrealista estado totalitario en el que hasta el más
insignificante de los aspectos de su vida esté regulado, sino una
respuesta emocional a un estilo de vida en el que se han eliminado
todas las grandes estructuras que permitían al individuo crear su
identidad y que han dejado a Fleabag, a Dev, a Issa y a toda una
generación huérfana de referentes, carente de estructuras sólidas
en las que integrarse, de grupos a los que pertenecer, con un pasado
que se ha erosionado y un futuro diluido. Mientras que en el último
par de décadas la sociedad ha ejercido a la perfección la libertad
negativa, deconstruyendo todo aquello que pudiera suponer cualquier
tipo de limitación a nuestra libertad individual, nuestra incapacidad
para, a través de nuestra libertad positiva, crear nuevas
estructuras que, eliminando las contradicciones y disfuncionalidades
del pasado, nos permitieran configurar una sociedad funcional,
integrada y creativa ha generado un creciente vacío existencial que
ahora la cultura de masas empieza a plasmar pero que lleva ya mucho
tiempo presente. Ahora bien, no quiero que nadie pueda malinterpretar
estas lineas. Como historiador, he visto en numerosas ocasiones a
gente cometer el error de idealizar el pasado, de admirar los tiempos
en los que una otitis o una apendicitis podían mandarte al otro
barrio, en los que se daban crisis de subsistencia de forma recurrente
o en los que los líderes no eran electos, y en ningún caso pretendo
hacer ahora lo mismo. Precisamente es capital entender que la defensa
de la Libertad positiva no busca necesariamente la reconstrucción de
las estructuras que ya se han dejado atrás, mas arengarnos a
nosotros mismos a entender que igual que para que el mundo avance es
necesario destruir lo viejo, también es imprescindible remangarse
para construir lo nuevo.


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