domingo, 10 de noviembre de 2019

"Fleabag", Erich Fromm y la crisis de la generación millennial.




Si algo hemos notado los que seguimos con cierta atención el mundillo de la TV recientemente es el meteórico ascenso de Phoebe Waller-Bridge. No todo el mundo pasa de hacer monólogos en clubs de comedia a co-guionizar una peli de 007 y firmar un acuerdo millonario con Netflix en 5 años, y sin duda el hecho de que ella lo haya logrado implica que hablamos de una cineasta de gran talento. No obstante, par tratar el tema de esta entrada vamos a permitirnos dejar de lado su conocido éxito "Killing Eve" y centrarnos en el trabajo que la hizo conocida a nivel internacional en primer lugar, la modesta comedia dramática producida por la BBC y distribuida en España por Amazon Video "Fleabag". Como es comprensible, cualquiera que esté ahora leyendo esto pensará ¿Y qué tienen que ver las desventuras de una joven londinense con un psicólogo alemán de la primera mitad del s. XX?

Para responder a esta pregunta, hemos de entender primero qué es y de donde viene "Fleabag". En la serie, la protagonista (interpretada por la misma Waller-Bridge) es una joven treintañera que vive en Londres, una de las ciudades más cosmopolitas y dinámicas del mundo, es una emprendedora y tiene su propio negocio, al tiempo que disfruta gracias a su soltería de una interesante y activa vida sexual y romántica. Lamentablemente, si bien todo lo que acabo de decir es "técnicamente" cierto, la pobre Fleabag vive en la "Cara B" de esta vida idílica. El vivir en Londres implica que casi no puede pagar los elevados costes del alquiler y apenas puede permitirse un viejo y pequeño apartamento en un barrio poco deseable, su negocio es una cafetería ruinosa que genera más deudas que beneficios y que hace que su dueña esté permanentemente al borde de la bancarrota, y su vida romántica se caracteriza por acostarse con una sucesión de gañanes palurdos (probablemente portadores de ETSs) con los que uno no iría ni a cobrar una herencia. Sus relaciones familiares son más tóxicas que otra cosa y su única amiga ha fallecido a causa de un suicidio. ¿Apuesto a que ahora su vida no parece tan apetecible no?

Si bien Fleabag es la serie más conocida en abordar la temática de una generación de treintañeros desencantados con su vida, atrapados en trabajos sin futuro y malpagados, y con relaciones de pareja inestables y destructivas, no es ni con mucho la primera. Así, tenemos el ejemplo de "Insecure", en la que se sigue la vida de Issa, una joven afroamericana de L.A que trabaja por un sueldo irrisorio en una ONG contra el racismo y en la que, paradójicamente, ella es la única persona negra mientras que su vida sentimental se desmorona, "Master of none" en donde Aziz Ansari interpreta a Dev, un aspirante a actor neoyorquino de 30 años y ascendencia hindú que atraviesa una profunda crisis existencial al ver cómo su carrera se compone de diversos trabajos de poca monta y mal pagados mientras que sus continuos fracasos amorosos acrecentan su sensación constante de soledad, o "Love", en donde la joven pareja formada por Gus y Mickey se enfrentan a los desafíos de crear una relación sentimental sólida en la era del Tinder. La particularidad de Fleabag tal vez resida en que en este caso la crítica a todas estas cuestiones es más caustica que en las otras.

En todas estas series, dejando a un lado las particulares características de cada una, nos encotramos con un tema constante, la angustia de toda una generación ante un estilo de vida en el que las estructuras que permitían a los individuos configurar su identidad y encuadrarse dentro del mundo se han diluido sin nada que las reemplace. Tal como explica el archiconocido filosofo Zygmunt Bauman a través de su concepto "modernidad líquida", hemos pasado de una sociedad en la que lo habitual era tener trabajos estables en una empresa a trabajos, muchas veces en profesiones liberales o como autónomos, (o freelance, como dice el tipo de persona que toman café en Starbucks) de duración mucho más corta y generalmente condiciones mucho más inestables y precarias. De una sociedad en la que lo normal era establecer relaciones sentimentales y afectivas estables y de larga duración a una vida amorosa basada en diversas relaciones de corta duración y en pasar tropecientos perfiles de Tinder un Sábado a las 2 de la mañana hasta tener algún match (pardiez, ya al escribirlo suena triste, imagínese usted el vivirlo en primera persona). Una sociedad en donde nuestra identidad y valor se basa casi exclusivamente en nuestro rol como consumidores.

Puede que esto que acabo de describir suene como un panorama bastante oscuro, pero no siempre fue así. Los que nacimos hace más o menos 3 décadas y crecimos durante el optimismo ingenuo de la economía postindustrial de finales de los 90 y los primeros 2000 recordamos cómo constantemente se vendía a toda una generación la inestabilidad laboral como una oportunidad para reinventarse y ser creativo en el trabajo, la sustitución de los lazos sentimentales, familiares y humanos estables y de larga duración por relaciones breves y sin un compromiso duradero como una oportunidad de disfrutar de la propia sexualidad de forma desinhibida y hedonista, o el consumismo puro y duro como la vía por excelencia de autorrealización en un mundo en el que la propia identidad ya no se construía sino que se compraba. En las escuelas se educaba a los jóvenes para preparase para "los trabajos del futuro" que "todavía no existen", una lástima que nadie nos avisara también de que esos trabajos del futuro pagarían 5 euros la hora. Era por aquellos tiempos en los que no se dudaba en deconstruir cualquier estructura que no encajara en esta realidad permanentemente cambiante y en constante movimiento manteniendo una fe inquebrantable en un futuro perfecto que nunca terminaba de llegar. Quizá el mejor testamento a esta época sea el título de la archiconocida obra de Francis Fukuyama "El fin de la Historia y el último hombre" en el que el autor venía a afirmar que la sociedad posmoderna Occidental había llegado a un nivel tal de perfección que las estructuras anteriormente citadas se habían quedado obsoletas. Creo que todos coincidiremos en, después de "Estoy seguro de que Fernando VII será un gran rey", esa es posiblemente la frase que peor ha envejecido de la historia.

Volviendo así al título de la presente entrada y a la buena de Fleabag, ¿Cómo encaja una joven londinense en todo este desaguisado? Para ello hemos de mencionar a Erich Fromm y su tesis de "Libertad Negativa" vs, "Libertad Positiva" expuestas en su popular obra "El miedo a la libertad". En este libro (el cual tengo la impresión que la propia Waller-Bridge ha leído o al menos conoce de primera mano, y en caso de que no sin duda debería leerlo porque teniendo en cuenta su trabajo como guionista estoy seguro de que disfrutaría profundamente de su contenido) el autor alemán expone cómo a su forma de ver existen dos tipos de libertad que un individuo o una colectividad pueden ejercer. Por un lado está la libertad negativa, la cual, cómo su nombre indica, consiste en la decostrucción y eliminación de todos aquellos elementos que puedan de alguna forma limitar la independencia del comportamiento humano (desde la religión o las ideologías a las nacionalidades, las estructuras familiares, etc.), Fromm entiende que a lo largo de los siglos las sociedades humanas han creado numerosas superestructuras que de una forma u otra han limitado la libertad humana y condicionado nuestro comportamiento y que desde la implantación del estado liberal dichas estructuras han venido sufriendo un acelerado proceso de deconstrucción. En otras palabras, durante los últimos 200 años las sociedades humanas (al menos las occidentales) han venido a eliminar todas aquellas realidades que cohartan la libertad humana.

Por su parte, su concepto de libertad positiva viene a describir el proceso por el cual los individuos, ejerciendo nuestra libertad, edificamos activamente estructuras que, rellenando el hueco de aquellas que han sido previamente desmanteladas, nos permiten definir nuestra identidad y encuadrarnos socialmente. Para el bueno de Erich ambas debían de trabajar conjuntamente para que la libertad pudiera ser una fuerza creativa que además de cortar las cadenas que limitan la libertad humana permitieran a las personas crecer y desarrollarse individual y socialmente, pero lamentablemente observa que generalmente el la mayoría de casos tiende a darse sólo la primera sin que la segunda esté ni se le espere, siendo esto especialmente peligroso por el hecho de que, dado que para el autor el ser humano tiende a sentir un temor innato a la libertad absoluta por el sentimiento indefensión y desconexión con otros inherente a la misma, puede llevar a que se busquen soluciones ràpídas para solventar esta ausencia de estructuras que permitan a grandes cantidades de individuos configurar su identidad y su sentimiento de permanencia a un grupo en incluso llevar a grandes cantidades de personas a adscribirse a grupos o ideologías esencialmente destructivas, autoritarias o liberticidas como forma de solventar la crisis existencial causada por la libertad negativa (y teniendo en cuenta que Erich Fromm era un alemán de origen judío que vivió en Alemania en la primera mitad del s. XX y que escribió esta obra en 1941, creo que todos nos podemos imaginar qué ejemplo concreto de ideología autoritaria tenía en mente.)

Así pues, y evidentemente salvando las distancias con el contexto histórico que le toco a Fromm, analizar la realidad de la generación millenial representada a la perfección en las desventuras de Fleabag nos ofrece un ejemplo de libro del conflicto libertad positiva vs libertad negativa. Fleabag, es hija de una sociedad en la que, tal como decíamos antes, las estructuras supraindividuales están tan profundamente deconstruidas que en teoría su libertad es ilimitada. No obstante, tal libertad se muestra estéril a la hora de permitirle a la protagonista de esta serie construir su propia identidad y definirse a sí misma así como una forma consistente de relacionarse con el mundo. Si bien Fleabag goza de una total libertad negativa (en tanto que no parece existir ninguna fuerza externa limitando sus acciones en ningún momento) carece de cualquier clase de oportunidad de canalizar dicha libertad de forma creativa para construir algo que le permita a nivel profesional, social o personal, crecer y autodefinirse como individuo (y en el mismo membrete que Fleabag están, evidentemente, el resto de protagonistas antes mencionados).

Tampoco ayuda el hecho de que se observen en estas series que los intentos posmodernos de estructuras supraindividuales adolezcan de profundas disfuncionalidades. Así, uno de los temas recurrentes en Fleabag es cómo nuestra protagonista en varias ocasiones participa en ciertas organizaciones o actos de carácter feminista que paradójicamente tienen el resultado de que el personaje interpretado por Waller-Bridge se sienta como una "mala mujer" e incómoda consigo misma. Un claro ejemplo está en uno de los episodios de la primera temporada en la que acompañada de su hermana acude a un retiro feminista para mujeres en el que impera la prohibición de hablar para todas las participantes en ningún momento (evidentemente, tanto ella como su hermana rompen esta regla más de una vez) lo cual suena para cualquiera que venga del planeta llamado "Sentido común" como totalmente contrario al mero concepto de empoderamiento femenino (y por si no fuera así, la serie se encarga de dejarlo bastante claro). Otro ejemplo lo vemos en Insecure, cuando nuestra protagonista Issa forma parte de una ONG que en teoría trabaja para ayudar a población pobre afroamericana de los barrios menos buenos de L.A pero en la que ella es la única persona negra y observa cómo, capítulo tras capítulo, sus compañeros de trabajo y su jefa (todos ellos gente blanca de alto poder adquisitivo y tendencias políticas moderadamente progresistas) desestiman sus ideas a pesar de ser notablemente superiores y hacen gala de una condescendencia y un sutil sentimiento de superioridad sobre las personas por las que en teoría están trabajando, generando en torno a la protagonista un ambiente repleto de nimios y casi imperceptibles pero a la vez evidentes prejuicios sociales y raciales entre los que se supone están ayudando a aquellos menos favorecidos. Si observamos el resto de las series nos encontramos con situaciones similares, no siendo necesario ser un genio para comprender que si algo se refleja ahí es cómo las superestructuras "nuevas" que la sociedad postindustrial ha formado para de alguna forma intentar llevar este vacío caen por su propio peso.

Una ONG de gente con severos prejuicios raciales y socioeconómicos o una organización que lucha por la igualdad a base de prohibir a las mujeres hablar no son meros oximorones, sino también una crítica a estas estructuras supraindividuales que si bien a un nivel muy superficial parecen resolver la disyuntiva entre libertad negativa y positiva a base de ofrecer la oportunidad de formar parte de un conjunto que no busca (en principio) replicar las tensiones, limitaciones y desequilibrios del pasado, terminan adoleciendo de similares o incluso peores problemas que aquellas realidades que han venido a suplantar.

Dicho todo esto, nos encontramos ante el típico momento en el que alguien puede preguntarse ¿Y no crees, Roberto, que quizá estás leyendo demasiado entre líneas? ¿O proyectando cosas que tú mismo piensas en una serie que en realidad no dice eso? Durante la primera y gran parte de la segunda temporada de Fleabag podría ser ese el caso, pero los últimos capítulos de la segunda temporada terminaron de confirmarme que estaba en la dirección correcta. En la segunda temporada asistimos [ATENCIÓN: SPOILERS MASIVOS] a la historia de amor entre Fleabag y... un sacerdote (evidentemente un sacerdote anglicano, que a diferencia de los católicos estás autorizados a casarse y tener relaciones con mujeres, solo faltaría que no se les permitiera esta licencia teniendo en cuenta que básicamente su religión existe porque el gordo seboso borracho baboso asqueroso y depravado de Enrique VIII quiso cometer un adulterio legal). Por si esto fuera poco, en uno de los episodios finales asistimos a uno de los monólogos más dolorosos de toda la serie, en el que la propia Fleabag dice textualmente al hombre al que ama: "Quiero que alguien me diga qué ropa ponerme cada mañana. Quiero que alguien me diga qué comer. Qué debe gustarme, qué he de odiar, qué me debe hacer enfurecer. Qué escuchar, qué banda me gusta. Para qué comprar entradas. Sobre qué bromear, sobre qué no bromear. Quiero que alguien me diga en qué creer. A quién votar y a quién amar y cómo decírselo. Creo que sólo quiero que alguien me diga cómo vivir mi vida, padre, porque hasta ahora creo que no he sabido cómo hacerlo". (clip al final)

Evidentemente, esto no ha de interpretarse como un deseo por parte de Fleabag de vivir en una suerte de surrealista estado totalitario en el que hasta el más insignificante de los aspectos de su vida esté regulado, sino una respuesta emocional a un estilo de vida en el que se han eliminado todas las grandes estructuras que permitían al individuo crear su identidad y que han dejado a Fleabag, a Dev, a Issa y a toda una generación huérfana de referentes, carente de estructuras sólidas en las que integrarse, de grupos a los que pertenecer, con un pasado que se ha erosionado y un futuro diluido. Mientras que en el último par de décadas la sociedad ha ejercido a la perfección la libertad negativa, deconstruyendo todo aquello que pudiera suponer cualquier tipo de limitación a nuestra libertad individual, nuestra incapacidad para, a través de nuestra libertad positiva, crear nuevas estructuras que, eliminando las contradicciones y disfuncionalidades del pasado, nos permitieran configurar una sociedad funcional, integrada y creativa ha generado un creciente vacío existencial que ahora la cultura de masas empieza a plasmar pero que lleva ya mucho tiempo presente. Ahora bien, no quiero que nadie pueda malinterpretar estas lineas. Como historiador, he visto en numerosas ocasiones a gente cometer el error de idealizar el pasado, de admirar los tiempos en los que una otitis o una apendicitis podían mandarte al otro barrio, en los que se daban crisis de subsistencia de forma recurrente o en los que los líderes no eran electos, y en ningún caso pretendo hacer ahora lo mismo. Precisamente es capital entender que la defensa de la Libertad positiva no busca necesariamente la reconstrucción de las estructuras que ya se han dejado atrás, mas arengarnos a nosotros mismos a entender que igual que para que el mundo avance es necesario destruir lo viejo, también es imprescindible remangarse para construir lo nuevo.





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