Por algún motivo que desconozco, si
bien la mayor parte de la población tiende a no prestar demasiada
atención por norma general al estudio de la historia, siempre hay un
tema que es la excepción a la regla, un tema del que todo el mundo parece
desear ser (o incluso autoproclamarse) un experto y del que la gente haría lo que fuera por
saber más excepto leer un buen libro. La segunda guerra mundial y el
fascismo. Ello se puede notar tanto en una clase de instituto (doy fe
de que siempre hay el típico chaval que se sabe desde el diámetro de
las orugas de los Panzer V hasta la marca del fabricante de las
pinturas con las que Hitler hizo el cuadro con el que fue rechazado
en la escuela de Bellas Artes) como entre el público generalizado,
en el cual el público autoproclamado experto en este tema se cuenta
por miles. Incluso esto tiene un reflejo en la cultura de masas.
Baste fijarse en algo tan sencillo como la programación del Canal de
Historia para darse cuenta de que cerca del 50% de su programación
está relacionada de alguna forma con Hitler o los Nazis, siendo el
50% restante utilizado para hablar de vikingos, templarios,
alienígenas construyendo pirámides y cosas similares.
No obstante, con todo este conocimiento
bruto, existe entre las audiencias generales un escaso
aprovechamiento del mismo a la hora de hacer un juicio crítico de
muchas de las cosas que, accidental o intencionadamente muchos
creadores ponen en la pantalla. Durante muchos años hollywood y el
mundo del entretenimiento en general ha usado a fascistas y nazis
como antagonistas ideales dado que el prácticamente universal odio y
repulsa que se siente hacia los mismos por el gran público hace
imposible empatizar con ellos y por lo tanto los transforma en el
villano perfecto al que disparar, golpear o apuñalar sin pizca de
remordimiento o ambigüedad moral. No obstante, una de las cualidades
del fascismo es una inusitada capacidad de seducción que ha
permitido que ciertas de sus ideas nucleares prendan de forma
inconsciente en los creadores de nuestro entretenimiento y que, por lo
tanto, tengamos inadvertidamente a protagonistas defendiendo
comportamientos e ideas que encajarían con el ideario fascista.¿Qué
me diría usted si le dijera que muchas de sus series y películas
favoritas están protagonizadas por personajes ideológicamente afines
al fascismo? ¿Y si le dijera que quizá usted ha estado alentando y
admirando a dichos personajes?
Como no podía ser de otra manera,
vamos a empezar por algo sencillito que más o menos todo el mundo
controla, Johnny Rico y prácticamente cualquier otro personaje
humano en el clásico de culto de 1997 "Starship Troopers"
dirigido por el genial Paul Verhoeven, director de filmes tan
dispares como "Instinto Básico" o "Robocop" (una
de las mejores criticas a la sociedad de consumo, el avance
tecnológico desmedido y el capitalismo tardío que jamás he visto).
En esta película se nos cuenta cómo en un futuro en el que EEUU ha
anexionado a todos los países de la tierra y está comenzando una
expansión en el espacio los humanos han de invadir un planeta sito
en el otro extremo de la galaxia habitado por insectos gigantes con
el pretexto de que dicho planeta ha de ser destruido para evitar que
se altere la órbita de ciertos meteoritos que pueden impactar contra
la tierra. Quizá lo más interesante de esta película es cómo adopta la morfología de una obra de propaganda , muy similar a los
archiconocidos documentales "¿Por qué luchamos?" de Frank
Capra, pero imbuidos de contenidos ideológicos muy cercanos al
Nacional-socialismo. En primer lugar, destaca un rechazo total hacia
el concepto de la democracia, habiendo sido sustituida esta por un
gobierno militar. Más si cabe, es necesario el servir en el ejercito
para participar en la vida política y ser reconocido como
ciudadano. Esto nos lleva a un hipermilitarismo en el que la
sociedad a su conjunto está al servicio de la fuerza militar y no al
revés. Esta filosofía se materializaría de la forma más clara con
la disputa entre Hjalmar Schacht, ministro de economía de la
república de Weimar y los primeros años de la Alemania de Hitler y
uno de los más importantes economistas del s. XX, y Hermann Göring
(quien no creo que necesite introducción.). Cuando Schacht, que no
comulgaba en absoluto con el ideario nazi, fue nombrado ministro de
economía por Hitler, propuso una serie de reformas que apostaban
por incentivar la industria civil y el consumo para elevar el nivel
de vida medio del pueblo alemán, pero rápidamente Göring se opuso a
esta política que implicaba, entre otras cosas, reducir la inversión
en desarrollo militar. Mientras que para Schacht la prioridad era el
desarrollo de la economía y el bienestar social, para Göring estos
era aspectos secundarios supeditados a la fuerza militar. Así, si
bien durante los primeros años de gobierno de Hitler el despegue del
nivel de vida alemán se debió en buena parte a las medidas de
Schacht, cuando este fue destituido por motivos ideológicos Göering
propuso un nuevo modelo de economía en el que toda la industria se
supedita al desarrollismo militar, causando un retroceso del nivel
de vida de los alemanes en los años inmediatamente previos al inicio
de la Segunda Guerra Mundial. Schacht terminaría apresado en un
campo de concentración por simpatizar con los judíos y tras en fin
de la guerra sería encarcelado por los aliados colaborar con Hitler
(hay gente que simplemente nace para estar en el momento equivocado
en el lugar erróneo.) Pero tampoco se sientan muy mal por el, al
salir en 1948 sería nombrado alto directivo del Deutsche Bank hasta
su muerte en los 70. Lo que con esta historia pretendo ilustrar es
cómo en el ideario fascista la organización del ejercito es la base
de la sociedad y la capacidad militar representa el inicio y el fin
de la misma, lo cual se plasma en todos los aspectos, desde la
economía hasta la cultura o las relaciones personales.
Otro aspecto si cabe más interesante
de esta película es cómo el enemigo es representado de forma no
humana (asquerosos insectos gigantes) plasmando así el esfuerzo de
deshumanización del enemigo propio de los contextos bélicos y que
tendría un lugar preeminente en la propaganda fascista. No obstante,
lo más admirable de esta película es cómo no son estos elementos
accidentales mas intencionados. Paul Verhoeven busca precisamente
recargar su película con elementos propàgandisticos filofascistas
para lograr un efecto sutilmente perverso, hacer que las masas apoyen
a los personajes fascistas, cosa que consigue ampliamente. Así,
esta película lograría que grandes audiencias apoyaran gobiernos
antidemocráticos, el uso de la violencia injustificado (o justificado
mediante un casus belli
dudoso cuanto menos y que suena más a excusa arrojada a la opinión
pública) el hipermilitarismo o incluso el uso de la tortura, en un inteligentísimo análisis sobre cómo el cine puede ser usado como
herramienta de propaganda para fines malévolos con gran efectividad.
Avanzando en esta
linea, es imposible no mencionar prácticamente cualquier película
de superhéroes hecha en los últimos 20 años. Si uno lo piensa
fríamente, la figura del superhéroe es profundamente facista, un
señor (o ahora señora) que mostrando un desprecio absoluto hacia la
legalidad vigente, hacen como juez, jurado y verdugo imponiendo a
través de la fuerza, sus propios estándares morales. Estas
inquietudes no han sido ajenas al cine de superhéroes reciente,
siendo quizá Watchmen (tanto el cómic como la versión de 2009, la
serie de HBO de 2019 es un desastre conceptual que los críticos
fingen adorar para no parecer estúpidos) la obra más consciente de
ello. En ella se muestra una crítica a la figura omnipotente del
superhéroe (desde algunos personajes que usan sus habilidades para
cometer abusos sexuales o crímenes de poca monta a figuras que
realmente son disruptivas para la democracia y los derechos humanos y
terminan causando un genocidio justificado por su superioridad con
respeto a la población general.) en una clara representación de la
cara B de dichos personajes y un ataque visceral a lo que la figura
del superhéroe representa, un líder excepcional que usa la fuerza a
su antojo y que carece de limitaciones, algo que no se aleja
demasiado del prototipo de líder fascista.
Un
acercamiento más matizado se hace en "El caballero oscuro"
de Nolan en 2008, en donde para atrapar al Joker, Batman se ve
obligado a vulnerar las leyes e incluso la privacidad de los
ciudadanos al intervenir todos los teléfonos móviles de la ciudad
para detener al villano, creando un dispositivo Orwelliano que si
bien logra que Bruce Wayne detenga a su enemigo, viene con un gran
coste ético para el mismo, que tras esto decide colgar la capa
(temporalmente) por considerar que ya no merece ser el héroe de
Gotham después de lo que ha hecho. La sorpresa en este caso viene
porque a diferencia de lo que estamos acostumbrados a ver, en este
caso Batman realmente siente reparos morales a la hora de abusar de
su poder, algo no muy común entre superhéroes. Se abre por primera
vez el debate sobre si el fin justifica los medios y sobre hasta que
punto puede un héroe retorcer su código ético y los derechos de la
ciudadanía. Así, el triunfo material de Batman (que logra detener
al Joker) se acompaña de un fracaso moral al lograr esta victoria
corrompiendo los derechos civiles y el imperio de la ley y la
democracia. No obstante, Nolan daría a Batman una redención 4 años
más tarde en la infravalorada película de 2012 "The dark
Knight Rises", en la que Batman luchará contra un prototipo de
líder populista autoritario y fanático religioso llamado Bane que a
través de una revolución pseudocomunista busca destruir la ciudad
de Gotham. Así, Bane es presentado como un prototipo de líder
autoritario que encaja en algunos de los puntos del fascismo aunque
en este caso también del comunismo. Llega al poder alentando una
revolución de los más desfavorecidos contra las clases altas (y con
el apoyo de buena parte del pueblo) reconociéndose a si mismo como el
héroe del pueblo que devolverá a la ciudadanía su dignidad y poder
político, pero una vez que culmina su alzamiento violento contra el
orden establecido, crea un sistema autoritario y militarista en el
que se la ley y la seguridad jurídica son abolidas, las purgas y
asesinatos políticos son constantes y su liderazgo antidemocrático
sustentado por la violencia y cierto fanatismo religioso no es
contestado en absoluto (vamos, que en esta Batman se enfrenta a un
Juan Domingo Perón con esteroides). Así pues, y tras un viaje de
autodescubrimiento y redención con tintes zoroastristas, Batman se
enfrentará a este enemigo acompañado por el denostado cuerpo de
policía de la ciudad, en un mensaje equivocadamente interpretado
como conservador por algunos críticos y que representa cómo cosas
como en la práctica, hoy por hoy cosas como la democracia, la
justicia o los derechos civiles únicamente pueden existir dentro del
estado liberal occidental.
Lamentablemente, en
2012, y justo cuando se empezaba a ver en el cine de superhéroes un
género adulto con mensajes complejos, se estrenó también "Los
Vengadores", estableciendo un nuevo patrón para este cine, en
el que en lugar de tratar a los adolescentes como adultos se trata a
los adultos como adolescentes, con mensajes súpersimplificados,
dilemas morales inexistentes y una carga ideológica que, pareciendo
inocente de primeras, era en realidad cuestionable cuanto menos. Así,
la nueva generación de cine comercial nos presentó héroes
infalibles e incuestionables que imponen su autoridad y valores por
medio de su superioridad inherente sin cuestionarse la naturaleza de
su sistema de valores. Además, a menudo vemos, tal y como
mencionaba en la anterior entrada, cómo los poderes estatales,
sujetos a la democracia y el imperio de la ley, son presentados como
decadentes o antagónicos. Los líderes electos y representantes del
poder estatal aparecen como tíos feos, calvos, chepudos y de nariz
ganchuda que se atreven a decir a nuestros jóvenes, guapos y
atléticos héroes qué pueden o no pueden hacer (y generalmente al
final de la peli reciben su merecido por oponerse a la todopoderosa
voluntad de Los Vengadores.). Lamentablemente, el éxito y la falta
de una crítica constructiva a este genero no ha hecho sino causar
que estos problemas se agudicen. Lo que en las primeras películas
era sólo un trasfondo ahora se dibuja claramente. Así, películas
como Black Panther convierten a su protagonista en un dictador
africano que usa la violencia para imponer su autoridad e impedir que
su pueblo contacte con el exterior, Tony Stark es un millonario que
decide arbitrariamente en qué conflictos toma y deja de tomar parte
saltándose a la torera a las Naciones Unidas, Thos es básicamente un
monarca absolutista de raza aria que basas su poder en el sistema
feudal y Capitana Marvel se dedica a romper muñecas y robar propiedad
privada de gente que no ha roto ninguna ley simplemente porque le han
entrado de forma desfasada pero inocente (al menos esa escena la
eliminaron y está sólo en el DVD, pero el hecho de que ni
guionistas ni productores ni directores vieran nada malo en ella y
sólo fuera al editor a quien le mosqueara poner a una superheroína
actuando como un hampón marsellés de los 70 es bastante
significativo por si mismo.)
Finalmente, y tras
todo este periplo, nos vemos obligados aquí a abordar a la madre del
cordero (o mejor dicho, de los dragones), la co-protagonista del
final más controvertido de los últimos años de la TV y calcinadora
oficial de los siete reinos Daenerys Targaryen. Evidentemente,
machacar a toro pasado a la genocida de los dragones puede parecer
fácil, pero analicemos su evolución durante toda la serie. Desde el
inicio, y a diferencia de otros personajes, la revolución de
Daenerys siempre se ha caracterizado por un uso irreflexivo de la
fuerza y la violencia y un marcado personalismo. Así, la Targaryen
nunca dudó en presentarse a sí misma como una líder carismática
obsesionada con la obtención de poder y los baños de masas que
durante las diferentes temporadas esculpió un culto a su persona
comparable a cualquier sistema autocrático real. Igualmente, la
deshumanización de sus enemigos es una similitud clara con las
herramientas de propaganda fascista tradicionales, lo cual permite no
solo justificar el uso de cualquier tipo de violencia, sino también
reforzar la imagen de autoridad del líder como protector del pueblo y
alentar el sentimiento de unidad al canalizar todas las posibles
tensiones internas contra un enemigo externo. Así, la explosión de
ira del penúltimo capitulo y su giro genocida encajan perfectamente
en un personaje que ya desde los inicios de la serie mostraba claros
síntomas de tendencias autocráticas, liderazgos tóxicos y un uso
desmedido de la violencia.
Pero con Daenerys
ocurre si cabe un hecho mucho más interesante, y este es la reacción
del fandom (o buena parte de el) tras el desenlace de la serie (el
cual tampoco voy a defender a capa y espada porque es más chapucero
que el plan de desarrollo urbanístico de Gijón, todo hay que
decirlo). Así pues, en el mismo momento en el que el dragón de Dany
expulsó la última llamarada, internet se inundó de indignados
usuarios de redes sociales clamando sobre lo absurdo e injusto con el
personaje de aquel final, de cómo su heroína se había transformado
en un monstruo. De alguna manera, para millones de personas el hecho
de que un personaje que tenía numerosos antecedentes de enfermedades
mentales en su familia, acceso a un arma de destrucción masiva y que
llevaba años mostrando tendencias sociopáticas autoritarias y
violentas matase a una ciudad entera fue una sorpresa total. Y sin
embargo, tal respuesta era evidente. Este comportamiento de Daenerys,
acompañado por su carismático mensaje como defensora de los
necesitados y de un modelo de liderazgo atractivo para muchos, en el
cual las muestras de poder y autoridad tienen un efecto catártico en
las audiencias que hace que se sientan parte del grupo liderado por
la joven Targaryen y empaticen con ella, llevaría a que el juicio
crítico se suspendiera cuando esta realizaba sus cruentas acciones.
Si volvemos a visitar una de las tres únicas escenas buenas del
último episodio (siendo las otras dos el discurso de Daenerys en
Desembarco del Rey y el momento en el que Jon Snow la mata, porque lo
siento, eso fue poesía pura), el discurso que Tyrion da en su celda,
podemos comprender esto mejor. En el, el personaje interpretado por
Peter Dinklage nos explica a nosotros, la audiencia, como en el fondo
Daenerys siempre ha sido así, pero sus seguidores simplemente
eligieron mirar para otro lado cegados por el mensaje y el carisma de
la misma. Este mismo mecanismo psicológico sería el que operaría
durante el Tercer Reich, en el que Hitler lograría vulnerar primero
la legalidad vigente de la constitución de Weimar y después los
derechos humanos de gran parte de la ciudadanía alemana (por no
hablar de los prisioneros de los países ocupados).
Así pues, si de
algo sirvió el final de Juego de Tronos fue para realizar un masivo
experimento sociológico sobre el impacto de la propaganda y nas
narrativas sesgadas en las masas. En este caso, un punto de vista
intencionadamente sesgado en favor de Daenerys durante toda la serie
así como una representación de la misma como una gran líder
hipercarismatica que repetía muchos de los patrones de los líderes
fascistas del pasado llevaría a que, al igual que pasó en los años
20 y 30 en Europa, grandes masas de personas se encuadraran a favor
de una líder abiertamente destructiva y liberticida. No pretendo
tampoco decir que si los fans de Daenerys hubieran vivido en la
Europa pre-segunda guerra mundial hubieran sido aliados del eje
Roma-Berlín-Tokio, pero si evidenciar como el proceso de pensamiento
detrás del apoyo a ambos es en gran medida similar.
Dejando a un lado
cuestiones históricas, políticas y sociológicas, es evidente que
uno de los motivos por los que los grandes líderes fascistas
triunfaron en el pasado e incluso funcionan en el presente (si no lo
cree, haga la prueba, visite la página web del PNV y descargue algún
discurso de Xabier Arzalluz, es curioso cómo las mismas palabras que
en el País Vasco de los 90 te conseguían 4 años como presidente
autonómico en Nuremberg en los 40 hubieran conseguido 4 años en
prisión.) es porque se basan en axiomas, formas de razonar y toda
una simbología que entronca fácilmente con la psicología del
individuo y del grupo, y por o tanto no ha de resultarnos sorpresivo
que dichos elementos se utilicen en el cine o la televisión para
lograr dibujar personajes especialmente atractivos para el gran
público. Es por ello que como espectadores, es clave que nunca
perdamos el ojo crítico, en especial con respecto a las obras de
entretenimiento más populares, que a la larga pueden resultar las
más peligrosas.
Como decía un
amigo mío, todos nos escandalizamos (no sin razón) si escuchamos
que un adolescente ha tomado una bebida alcohólica, pero a casi todo
el mundo le parece normal que un adolescente se pase el fin de semana
viendo películas con mensajes políticos y sociales más que
cuestionables. Quizá sea una de nuestras responsabilidades como
sociedad el no infravalorar a estos enemigos, porque como dice el
refrán, de aquellos polvos...





