domingo, 27 de octubre de 2019

"El Club de la Lucha", la película que (casi) nadie entendió totalmente.



Cualquier persona que haya pasado más de 20 minutos con algún cinéfilo habrá llegado, irremediablemente, a la conclusión de que el cine es, quizá más que ningún otro arte, un campo abonado para las más fervientes discusiones e interpretaciones filosóficas. Prácticamente cualquier película, por simple que parezca a simple vista, tiene, si se busca lo suficiente, alguna lectura política, sociológica, histórica, de género, etc. que daría para llenar unas cuantas páginas (En su archiconocida obra de 1994 "Hard Bodies" Susan Jeffords se las arregló para hacer un profundo análisis sobre el impacto social y psicológico a nivel individual y familiar del neoconservadurismo americano de era Reagan a través de la película de Schwarzenegger "Poli de Guardería", así que imagínese usted si en lugar de esa hubiera elegido una película que fuera buena). No obstante, en ocasiones los astros se alinean para generar una película en la que las cuestiones susceptibles de un análisis profundo son tan evidentes y a la vez tan complejas que permiten dar munición a cientos, si no miles, de personas a la hora de realizar interpretaciones y lecturas varias de las mismas. Y de todos estos títulos que enriquecen tanto el mundo del cine, hay uno en especial que, desde que se estrenara hace justamente 20 años, ha estado omnipresente en cualquier discusión de cine mínimamente elevada. Hablo ni más ni menos que de la obra maestra de Fincher protagonizada por Edward Norton, Brad Pitt y Helena Bonham Carter "El club de la lucha" (a pesar de estar basada en un libro, el presente análisis se va a concentrar únicamente en el contenido de la película y no necesariamente en la novela de Chuck Palahniuk en la que se basa dadas las notables diferencias entre ambas obras.)

Lamentablemente, en el caso de esta película en concreto cantidad no necesariamente ha sido sinónimo de calidad y por lo general las interpretaciones que se han hecho de la misma adolecen de no ver el significado mismo de la cinta y en muchos casos de reflejar más bien las tendencias ideológicas de la persona haciendo el análisis que la película en si misma. No ayuda el hecho de que los diferentes análisis de esta película hayan evolucionado a lo largo de estas dos décadas junto con los diferentes contextos sociopolíticos que se han venido sucediendo. Así, allá por finales de los años 2000, cuando el que suscribe la vio (y la debatió) por primera vez, Tyler Durden era visto por los jóvenes de izquierdas como todo un referente que luchaba contra el consumismo posmoderno y la alienación inherente al sistema capitalista, mientras que para la gente de derechas no era el personaje interpretado por Brad Pitt más que un hippie piojoso y de tendencias sociopáticas que necesitaba buscarse un trabajo y dejarse de revoluciones absurdas contra un sistema económico que había generado (en aquel momento) un nivel de vida inusitadamente alto en comparación con cualquier generación anterior. Hoy en día, curiosamente, las tornas se han cambiado, y es precisamente desde los análisis más cercanos a la izquierda desde donde se ve ahora a Durden como un ejemplo de individuo extremadamente violento, sin una verdadera motivación política y que personifica una amplia gama de conductas tóxicas (xenofobia, misoginia, un absoluto desprecio por la vida humana, etc.) mientras que los espectadores más conservadores ven ahora en este personaje un rebelde alzándose contra lo políticamente correcto y un sistema que anula al individuo. Una visión más cercana de las diferentes interpretaciones pueden, quizá, ayudarnos a entender esta problemática:

-Interpretación 1: Tyler Durden es un anti-héroe.
La interpretación propia de cualquier adolescente tras llegar a los títulos de crédito. La sociedad es altamente alienante e inhumana y Tyler Durden representa una respuesta contra este sistema, viéndole, por lo tanto, como una suerte de líder revolucionario que representa al hombre de a pie contra los poderes políticos y económicos que rigen nuestra voluntad. Aunque atractiva, esta explicación se deja en el tintero por qué Tyler Durden crea, para llevar a término su "revolución" un grupo despersonalizado y alienante hasta el extremo en el que sus miembros carecen incluso de nombres, o por qué el grupo de Pitt carece de ningún tipo de ideario social concreto. Más todavía, si se escuchan sus palabras adecuadamente, todo lo que persigue es el generar caos social sin importarle en ningún caso el beneficio o no que estas acciones puedan reportar a la sociedad. Sus acciones buscan casi en exclusiva catalizar su repulsa hacia la sociedad de consumo, las normas sociales burguesas y las grandes empresas sin buscar, por el lado contrario, la implantación de ningún sistema alternativo que sustituya al existente (un ejemplo de libro de la contradicción entre libertad positiva y libertad negativa de Erich Fromm, pero de este hombre hablaremos más adelante cuando analicemos la recientemente galardonada serie “Fleabag”). Así pues, la crítica a esta interpretación lleva a entender que Durden más que un liberador es, como mucho, un terrorista al borde de la paranoia y con un trastorno narcisista de la personalidad que busca usar palabrería barata para justificar sus arrebatos de violencia.


-Interpretación 2: Tyler Durden es un villano.
Según esta visión de la película, Tyler Durden personifica una serie de comportamientos tóxicos latentes en la sociedad que se manifiesta a través de la realización de actos violentos en los que su búsqueda de un cambio social es meramente superficial y esconden lo que en la práctica es la creación de un grupo terrorista filo-fascista. Esta lectura se ve a Durden como una metáfora de cómo al violencia puede ser profundamente dañina para la sociedad y de cómo un individuo con una personalidad carismática es capaz de atraer a grandes grupos de personas aparentemente normales y encuadrarlas dentro de un sistema totalitario e hiperviolento (Un día hablaremos de películas en las que se pone la capacidad de juicio de la audiencia a prueba a través de uno o varios protagonistas que presentan de forma carismática y atractiva ideas cuanto menos cuestionables y de cómo, por ejemplo, en los 90, "Starship Troopers" logró que cantidades enormes de personas apoyaran sin saberlo principios Nacionalsocialistas, pero eso es harina de otro costal). No obstante, esta teoría, expresada por la autora británica Laurie Penny, también hace aguas por ciertos lados. Por ejemplo, es suficiente con hacerse esta pregunta ¿De cuantas muertes es directamente responsable Tyler Durden durante todo el film? La respuesta está entre 0 y 1 dependiendo de cómo se sienta el lector sobre el triste destino del pobre Robert Paulson. Por comparación, ¿De cuantas se puede culpar a Edward Norton, contrapunto sobre el papel de Durden y ejemplo perfecto de civismo? Bien, pues ni corto ni perezoso el bueno de Norton colabora en la muerte de varios miles de personas sólo en los 15 primeros minutos de película (Él mismo lo explica, cómo su trabajo consiste en evaluar los accidentes mortales causados por un problema de diseño en los coches fabricados por la empresa para la que trabaja, pero cómo gracias a sus informes, a pesar de que es algo que se podría solucionar con una mera llamada a fabrica para modificar ciertos componentes, la empresa decide no hacerlo porque dejar morir a miles de personas cada año es más rentable). Igualmente, durante todo el primer acto, cuando asistimos a las reuniones de autoayuda, podemos observar cómo la realidad social aparentemente perfecta del consumismo ha generado una sociedad en la que las enfermedades mentales como la depresión o las tendencias suicidas se han normalizado. En otras palabras, si bien es cierto todo lo que se critica al personaje de Durden, no es menos cierto que la sociedad que se da a entender como normal adolece de una serie de disfuncionalidades profundamente dañinas que se han aceptado sin embargo como una parte inherente de la vida (el hecho de que como espectadores nos escandalicemos cuando Durden pretende volar unos cuantos edificios vacíos pero veamos normal que una empresa de vehículos prefiera que miles de personas mueran calcinadas en sus coches para ahorrarse algo de dinero es bastante significativo.)


Así pues, después de todo este lío y de las ambigüedades deliberadas del guión, se preguntará el lector qué demonios debe de sacar en limpio de esta película. Bien, para responder a esta pregunta entiendo que lo más adecuado es ir paso a paso observándola. Durante el primer acto, vemos al narrador (Norton) describiendo lo horriblemente aliente y emasculante de su vida como empleado de oficina de una gran empresa. Sin necesidad de ser un lince se aprecian aquí dos temas que luego serán una constante a lo largo de la película, esto es , la crisis de la masculinidad y la alienación de la sociedad de consumo. En referencia a la primera, no es baladí que se relacione esta con el consumo innecesario de la vida americana moderna ya que históricamente ambas están íntimamente relacionadas. El concepto de crisis de la masculinidad surge en los años 50 en EEUU a raíz de las transformaciones socioeconómicas de la posguerra. El expansionismo industrial americano conlleva una serie de transformaciones como el aumento de las exportaciones, la creación de grandes empresas en prácticamente todos los sectores económicos, el éxodo rural, etc. Y en este contexto surge una generación de varones que experimentan estos cambios de primera mano. Hombres que pasan de tener un trabajo en el que gozan de una cierta autonomía a ser empleados asalariados en un cubículo de la planta 55 de cualquier edificio, de ser propietarios de sus casas a pagar un alquiler a un dueño por un piso. De poder desplazarse libremente a ser dependientes de los horarios de transporte público o los atascos de las calles. De producir con sus manos bienes y servicios de valor para su comunidad a pasar horas (y años) rellenando informes que posiblemente nadie llegaría a leer nunca). Si bien a nivel salarial esto no supone un gran impacto, las transformaciones económicas y el alzamiento de los trabajos de cuello blanco como eje de la economía moderna sí suponen una cuantiosa merma en la capacidad de autonomía laboral (baste para eso hacer una pequeña comparativa, prácticamente todos los trabajadores del sector siderúrgico que conozco están afiliados a algún sindicato, pero rara vez he conocido a algún trabajador de oficina sindicado. ¿Casualidad? No lo creo). Así pues, en aquella época la cuestión de la crisis de la masculinidad se aborda desde la pérdida de identidad que supone para los varones americanos la aceptación de este nuevo sistema (máxime viniendo de la etapa del New Deal que perseguía precisamente todo lo contrario, el empoderamiento del pequeño-mediano propietario a través de su independencia económica, al menos siempre que fuera blanco, pero eso ya es harina de otro costal.) y se estudiaba desde un prisma muy diferente al actual, ya que se temía que este sustrato pudiera poner en riesgo la capacidad de producción y consumo del capitalismo post-segunda guerra mundial y por ello limitar el crecimiento ilimitado que se esperaba que se generara durante el resto del siglo (si, ha leído usted bien, en los años 50 se consideraba que la capacidad de crecimiento económico era potencialmente ilimitada. 4 Grandes crisis económicas después la ingenuidad de esta afirmación es sonrojante cuanto menos.) La respuesta a esta cuestión nos lleva directamente al segundo punto, el papel social del consumismo en la sociedad americana (y por extensión occidental) del último medio siglo (se que me estoy desviando demasiado del tema, pero confíe en mí, estoy a punto de volver a lo que nos interesa, todo esto va a tener sentido en un par de párrafos).

Theo Adorno (al igual que el resto de la escuela de Frankfurt) estudió, entre otras cosas, el impacto de la sociedad de consumo en la vida americana, llegando a la conclusión que dicha sociedad de consumo había sido profundamente exitosa en la creación de un sistema totalitario en el que, a través del consumo masivo y de la industria cultural (esto es, grandes empresas creando contenidos culturales y de ocio que refuerzan la alienación social, moldean la idiosincrasia de la población y reducen la capacidad de crítica social de sus consumidores, como por ejemplo, cualquier película hecha por Disney o sus filiales a lo largo de toda su existencia) se reducía cualquier disonancia dentro del sistema. Siguiendo este análisis Alvin Roffer crearía en los 80 el término "Pronsumer" (traducido castizamente como "pronsumidor" lo cual, lamento decirlo, suena como un crimen al castellano) refiriéndose a cómo este modelo económico ha creado una gran masa de individuos en los cuales la linea entre consumidor y productor están totalmente desdibujadas y en las que consumir es un acto tan importante como el de producir (ya que el uno no puede existir sin el otro) y en el que el tiempo que una persona no está trabajando sigue siendo parte de la rueda de la economía a través de un ocio que está igualmente mercantilizado, mientras que este consumo permite al individuo crear una identidad propia al suplantar mediante el consumo otras estructuras identitarias cada vez más erosionadas (¿Que cada vez existen menos unidades familiares como tal o que debido a la globalización el concepto de identidad nacional está más diluido que nunca y eso le causa al individuo una crisis existencial? No importa, ya que ahora por el módico precio de 899 € puedes comprar un Iphone y pertenecer a la familia/nación de Apple! ¿¿¿No es genial??? Eso sí, buena suerte tratando que la familia Apple te apoye si tienes depresión o te cuide cuando seas viejo/a.) La tesis de Adorno era que este sistema, a la postre, eliminaba en muchos sentidos la capacidad personal de decisión y encuadraba a grandes cantidades de personas dentro de un sistema inflexible al cual la voluntad individual se ve supeditada. Quizá lo más interesante sería su observación de cómo a diferencia de lo que pasa en sistemas autoritarios tradicionales, no es necesaria la existencia de ningún tipo de coerción en acto o potencia como podría ser en caso en un régimen totalitario, sino que esta es ejercida en buena medida por el propio individuo, que se autovigila y se modela a si mismo para encajar en dicho sistema, dándose así la paradoja que una aparentemente menor opresión externa por parte de los poderes políticos y sociales conlleva una mayor opresión interna del propio individuo. Posteriormente, Foucault reciclaría parte de estas ideas para su archiconocida teoría del Panóptico (sí, empezar hablando de una peli de Brad Pitt y terminar hablando de Foucault, cosas que le pasan a uno.)

Volviendo a la película en si misma, si analizamos todo el primer y parte del segundo acto nos encontraremos con una acertada representación de estos elementos. Así, el narrador, Edward Norton, busca a través del consumismo más superficial y vacío una fórmula para conformar una identidad propia. Lamentablemente, esto no hace sino lo contrario, aumentar su crisis existencial ya que el propio Norton, como buen pronsumidor (madre mía, odio esa palabra) necesita de estar en un constante ciclo de vacío existencial que alimente su consumismo y, a la vez, su dependencia de su trabajo de chupatintas de cuello blanco haciendo informes inútiles sobre cómo los coches de su empresa calcinan vivas a las personas que tratan de conducirlos, acrecentando así su sentimiento de alienación y su necesidad de seguir consumiendo para llenar el vacío que... bueno, creo que se ha entendido. La erosión de roles tradicionalmente masculinos (roles que, casualmente, no encajan demasiado bien con el capitalismo pos-segunda guerra mundial como ya hemos visto) y la paradoja que se da al vivir en una sociedad en la que no sólo se interrelaciona esta crisis de la masculinidad con la pérdida de libertad ante la sociedad de consumo sino que también existe una penalización social por el abandono de tales roles tradicionales es lo que de alguna forma define la angustia de unos personajes que se ven al mismo tiempo fagocitados por un sistema en el que su identidad se desdibuja sin que dicho sistema sea capaz de proponer alternativas a la formación de su identidad de manera constructiva y no mercantilizada. Si bien los ejemplos de esto en el caso de Norton son sutiles y en parte interpretables, son mucho más evidentes en el caso de Robert Paulson (del que ya hemos hablado dos veces a pesar de que sólo tiene 5 minutos de metraje en toda la película, demostrado que es cierto eso de que no hay roles menores, sólo actores mediocres, y el bueno de Marvin Lee Aday no es uno de ellos) el cual, mientras cumplía con los roles masculinos tradicionales (era un boxeador profesional, pocas cosas se me ocurren que encajen más con la definición tradicional de hombre) gozaba de una buena posición social, familiar y económica, pero una vez que, a causa de una enfermedad, abandona estos roles, pierde su fuente de ingresos y, al no poder cumplir su rol tradicional de hombre proveedor, es abandonado por su familia y rechazado por la sociedad (lo cual me recuerda un dato estadístico muy interesante, en EEUU es estadísticamente más probable que un divorcio ocurra por problemas de dinero que por una infidelidad de alguna de las partes, pensemos qué dice eso de nuestra sociedad por un minuto... bien, sigamos.)

Llegados a este punto, hace acto de aparición nuestro amigo Tyler Durden, y si lo observamos con atención, este se define por oposición a prácticamente cualquiera de las características que definen al buen pronsumidor (me odio a mi mismo cada vez que uso esa palabra, lo juro). Es propietario de una gran casa que carece de muchas mejoras y comodidades modernas, tiene un trabajo artesanal (fabricando jabones) en el que él conserva toda la plusvalía, reniega de cualquier tipo de consumo, sobre él la publicidad no tiene ningún impacto. Durante el primer tramo de la película, Durden se presenta como un carismático amigo que a través del cuestionamiento perpetuo de las normas sociales, lleva al narrador en un viaje de autodescubrimiento en el cual el Club de la Lucha como tal sirve como catalizador para que el personaje de Norton se cuestione la validez del sistema en que ha estado viviendo y, lo que es más importante, le de algo que dicho sistema no podía darle, el sentimiento de pertenencia a un grupo y una identidad con la que llenar su vacío existencial. Tras años comprando mierda de Ikea, por fin su vida adquiere un significado con algo tan básico como romperle la cara a Jared Leto. Lamentablemente, si la película terminara ahí evidentemente estaría incompleta, y en la segunda parte descubrimos que Durden está creando una milicia terrorista de corte fascista (y como buen historiador, "Fascismo" no es un término que use a la ligera, cuando lo uso lo hago con toda la intención.) con la que pretende crear una serte de revolución, el "Proyecto Mayhem".

Se reconocen en Durden numerosos rasgos del autoritarismo fascista, como pueden ser el hipermilitarismo apoyado en mensajes que llevan a la exaltación y a la actuación cortoplacista e inmediata, el uso genérico de la violencia como herramienta política (toda realidad política tiene un trasfondo de violencia más o menos potencial, incluido el benévolo estado del bienestar por ejemplo, pero en el caso del fascismo es destacable el peso que adquiere esta violencia en acto y como herramienta ordinaria.) el culto a la personalidad del líder, el cual tiene una autoridad superior a cualquiera de los organismos del movimiento en cuestión (a diferencia de lo que ocurre en otros sistemas autoritarios, como la URSS, en la cual líderes como Kruschev o Breznev estaban en buena medida supeditados a organismos generados por el propio sistema, como el KGB o el propio partido.) Esta descripción, evidentemente, encaja a la perfección con Daenerys Targary... perdón con Tyler Durden (lo de Danny y el fascismo ya lo hablaremos en otra entrada que también tiene mucha tela que cortar) y por lo tanto genera una interesante paradoja: ¿Cómo puede ser que el individuo que venía a liberarnos de un sistema opresivo termina, a la poste, creando su propio sistema opresivo en el que la libertad individual termina tan aplastada que ni sus miembros conservan su nombre?

Para dar respuesta a esto, no hay más que mirar a una interesante metáfora que es fácil que pase inadvertida (yo únicamente la descubrí gracias al brillante vídeo de Youtube que el canal Wisecrack hizo de esta peli, link al final) pero que da sentido a toda la obra. Al principio somos introducidos a un grupo de autoayuda hombres que han sido castrados por una cuestión médica y que a causa de ello han perdido a sus parejas y familias, su posición social, su salud mental, etc. A un nivel más amplio, lo que vemos son hombres que a través de la sociedad moderna han sido emasculados, con todas las consecuencias negativas a nivel social y personal. Durante el tramo final de la película, Norton es amenazado numerosas veces por los miembros del proyecto Mayhem con ser literalmente castrado si se opone a sus planes. ¿Nota usted el detalle? Ambos sistemas, la sociedad de consumo y la milicia de Durden, terminan resultando profundamente castrantes con todas las consecuencias inherentes a ello, porque en ello se basa precisamente la anulación del individuo, la supresión de la capacidad de ejercer un criterio individual y, por lo tanto, la supervivencia de dicho sistema. Y a la postre, de una forma u otra, ambos sistemas se alimentan de eso, de individuos que sistemáticamente rechazan su individualidad (bien sustituida por el mero consumismo bien abandonádola a cambio de la pertenencia a un grupo). Ambas realidades llevan a una inexorable conclusión, la destrucción del individuo.

Si Tyler Durden resulta particularmente atractivo para una parte de la audiencia se debe a que su carisma y sus mecanismos de atracción, como buen líder autoritario, funcionan extremadamente bien y, por otro lado, porque su acertada crítica al sistema del capitalismo tardío, el cual ha logrado exitosamente apropiarse de la mayoría de corrientes antisistema para, generando una ilusión contestataria, convertirlas en movimientos absolutamente inocuos, cala a la perfección en una generación post Gran Recesión que ha visto la cara oculta de la sociedad de consumo y el "crecimiento ilimitado". No ayuda la polisemia temática de algunas partes de la película (por ejemplo el monólogo de "somos una generación de hombres criados por mujeres" el cual no ha de entenderse de modo literal como una crítica misógina, sino más bien como una reflexión sobre la confrontación entre masculinidad tradicional y capitalismo moderno.) o que esta crítica a veces sea ladina y se esconda en los detalles (la adorable escena en la que Durden y el Narrador van por la calle destruyendo retrovisores de coches y si bien deciden perdonar a los vehículos de clase obrera descargan su furia contra un "New Beatle", símbolo del postureo de los 90 y producto de una despiadada mercadotecnia que mercantiliza hasta nuestra nostalgia.). Los mecanismos que hacen que una parte importante de la audiencia de la película adopte a Durden, a pesar de que sus acciones claramente le hacen ser un antagonista, como un héroe, son los mismos que llevan a que grandes grupos de personas apoyen a líderes autoritarios, siendo quizá el éxito de Durden entre los usuarios de Reddit el más evidente ejemplo de "Ley de Poe". Paradójicamente, la crítica irreflexiva hacia el personaje de Pitt causa en ocasiones pasar por alto lo profundamente tóxico que a varios niveles presenta la sociedad que habitualmente se considera como "normal".

Y entre medias se encuentra el personaje del Narrador interpretado por Norton. Al igual que el espectador, se encuentra entre el rechazo la opresiva, anularte y destructiva vida como un pronsumidor (gracias a dios que esta es la última vez que uso este palabro) y la oposición al autoritarismo militarista y terrorista de Durden, que pretende destruir la sociedad para, patológicamente, crear un sistema igual de opresivo para el individuo. Así que quizá, sólo quizá, en lugar de debatir sobre quien es el bueno y el malo y cual de las dos castraciones es más deseable, entender esta película implique reflexionar sobre cómo independiente de sus características exteriores, cualquier gran sistema social siempre va a tender a aplastar al individuo y por lo tanto este ha de estar intelectual y físicamente preparado para cuestionarlo (hasta en las cuestiones más sacrosantas, que a la larga tienden a ser las más problemáticas) ya que en eso radica su mera supervivencia como individuo.

O quizá yo esté equivocado también y la interpretación sea otra, al fin y al cabo eso es lo genial de las películas, pueden significar una cosa diferente para cada persona que las vea...



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