Cualquier persona
que haya pasado más de 20 minutos con algún cinéfilo habrá
llegado, irremediablemente, a la conclusión de que el cine es, quizá
más que ningún otro arte, un campo abonado para las más fervientes
discusiones e interpretaciones filosóficas. Prácticamente cualquier
película, por simple que parezca a simple vista, tiene, si se busca
lo suficiente, alguna lectura política, sociológica, histórica, de
género, etc. que daría para llenar unas cuantas páginas (En su
archiconocida obra de 1994 "Hard Bodies" Susan Jeffords se
las arregló para hacer un profundo análisis sobre el impacto social
y psicológico a nivel individual y familiar del neoconservadurismo
americano de era Reagan a través de la película de Schwarzenegger "Poli de Guardería", así que imagínese usted si en
lugar de esa hubiera elegido una película que fuera buena). No
obstante, en ocasiones los astros se alinean para generar una
película en la que las cuestiones susceptibles de un análisis
profundo son tan evidentes y a la vez tan complejas que permiten dar
munición a cientos, si no miles, de personas a la hora de realizar
interpretaciones y lecturas varias de las mismas. Y de todos estos
títulos que enriquecen tanto el mundo del cine, hay uno en especial
que, desde que se estrenara hace justamente 20 años, ha estado
omnipresente en cualquier discusión de cine mínimamente elevada.
Hablo ni más ni menos que de la obra maestra de Fincher
protagonizada por Edward Norton, Brad Pitt y Helena Bonham Carter "El
club de la lucha" (a pesar de estar basada en un libro, el
presente análisis se va a concentrar únicamente en el contenido de
la película y no necesariamente en la novela de Chuck Palahniuk en
la que se basa dadas las notables diferencias entre ambas obras.)
Lamentablemente, en el
caso de esta película en concreto cantidad no necesariamente ha sido
sinónimo de calidad y por lo general las interpretaciones que se han
hecho de la misma adolecen de no ver el significado mismo de la cinta
y en muchos casos de reflejar más bien las tendencias ideológicas
de la persona haciendo el análisis que la película en si misma. No
ayuda el hecho de que los diferentes análisis de esta película hayan evolucionado a lo largo de estas dos décadas junto con los
diferentes contextos sociopolíticos que se han venido sucediendo.
Así, allá por finales de los años 2000, cuando el que suscribe la vio (y la
debatió) por primera vez, Tyler Durden era visto por los jóvenes de
izquierdas como todo un referente que luchaba contra el consumismo
posmoderno y la alienación inherente al sistema capitalista,
mientras que para la gente de derechas no era el personaje
interpretado por Brad Pitt más que un hippie piojoso y de tendencias
sociopáticas que necesitaba buscarse un trabajo y dejarse de
revoluciones absurdas contra un sistema económico que había
generado (en aquel momento) un nivel de vida inusitadamente alto en
comparación con cualquier generación anterior. Hoy en día,
curiosamente, las tornas se han cambiado, y es precisamente desde los
análisis más cercanos a la izquierda desde donde se ve ahora a
Durden como un ejemplo de individuo extremadamente violento, sin una
verdadera motivación política y que personifica una amplia gama de
conductas tóxicas (xenofobia, misoginia, un absoluto desprecio por
la vida humana, etc.) mientras que los espectadores más
conservadores ven ahora en este personaje un rebelde alzándose
contra lo políticamente correcto y un sistema que anula al
individuo. Una visión más cercana de las diferentes
interpretaciones pueden, quizá, ayudarnos a entender esta
problemática:
-Interpretación 1: Tyler Durden es un
anti-héroe.
La interpretación propia de cualquier adolescente tras llegar a los títulos de crédito. La sociedad es altamente alienante e inhumana y Tyler Durden representa una respuesta contra este sistema, viéndole, por lo tanto, como una suerte de líder revolucionario que representa al hombre de a pie contra los poderes políticos y económicos que rigen nuestra voluntad. Aunque atractiva, esta explicación se deja en el tintero por qué Tyler Durden crea, para llevar a término su "revolución" un grupo despersonalizado y alienante hasta el extremo en el que sus miembros carecen incluso de nombres, o por qué el grupo de Pitt carece de ningún tipo de ideario social concreto. Más todavía, si se escuchan sus palabras adecuadamente, todo lo que persigue es el generar caos social sin importarle en ningún caso el beneficio o no que estas acciones puedan reportar a la sociedad. Sus acciones buscan casi en exclusiva catalizar su repulsa hacia la sociedad de consumo, las normas sociales burguesas y las grandes empresas sin buscar, por el lado contrario, la implantación de ningún sistema alternativo que sustituya al existente (un ejemplo de libro de la contradicción entre libertad positiva y libertad negativa de Erich Fromm, pero de este hombre hablaremos más adelante cuando analicemos la recientemente galardonada serie “Fleabag”). Así pues, la crítica a esta interpretación lleva a entender que Durden más que un liberador es, como mucho, un terrorista al borde de la paranoia y con un trastorno narcisista de la personalidad que busca usar palabrería barata para justificar sus arrebatos de violencia.
La interpretación propia de cualquier adolescente tras llegar a los títulos de crédito. La sociedad es altamente alienante e inhumana y Tyler Durden representa una respuesta contra este sistema, viéndole, por lo tanto, como una suerte de líder revolucionario que representa al hombre de a pie contra los poderes políticos y económicos que rigen nuestra voluntad. Aunque atractiva, esta explicación se deja en el tintero por qué Tyler Durden crea, para llevar a término su "revolución" un grupo despersonalizado y alienante hasta el extremo en el que sus miembros carecen incluso de nombres, o por qué el grupo de Pitt carece de ningún tipo de ideario social concreto. Más todavía, si se escuchan sus palabras adecuadamente, todo lo que persigue es el generar caos social sin importarle en ningún caso el beneficio o no que estas acciones puedan reportar a la sociedad. Sus acciones buscan casi en exclusiva catalizar su repulsa hacia la sociedad de consumo, las normas sociales burguesas y las grandes empresas sin buscar, por el lado contrario, la implantación de ningún sistema alternativo que sustituya al existente (un ejemplo de libro de la contradicción entre libertad positiva y libertad negativa de Erich Fromm, pero de este hombre hablaremos más adelante cuando analicemos la recientemente galardonada serie “Fleabag”). Así pues, la crítica a esta interpretación lleva a entender que Durden más que un liberador es, como mucho, un terrorista al borde de la paranoia y con un trastorno narcisista de la personalidad que busca usar palabrería barata para justificar sus arrebatos de violencia.
-Interpretación 2:
Tyler Durden es un villano.
Según
esta visión de la película, Tyler Durden personifica una serie de
comportamientos tóxicos latentes en la sociedad que se manifiesta a
través de la realización de actos violentos en los que su búsqueda
de un cambio social es meramente superficial y esconden lo que en la
práctica es la creación de un grupo terrorista filo-fascista. Esta
lectura se ve a Durden como una metáfora de cómo al violencia puede
ser profundamente dañina para la sociedad y de cómo un individuo
con una personalidad carismática es capaz de atraer a grandes grupos
de personas aparentemente normales y encuadrarlas dentro de un
sistema totalitario e hiperviolento (Un día hablaremos de películas
en las que se pone la capacidad de juicio de la audiencia a prueba a
través de uno o varios protagonistas que presentan de forma
carismática y atractiva ideas cuanto menos cuestionables y de cómo,
por ejemplo, en los 90, "Starship Troopers" logró que
cantidades enormes de personas apoyaran sin saberlo principios
Nacionalsocialistas, pero eso es harina de otro costal). No obstante,
esta teoría, expresada por la autora británica Laurie Penny,
también hace aguas por ciertos lados. Por ejemplo, es suficiente con
hacerse esta pregunta ¿De cuantas muertes es directamente
responsable Tyler Durden durante todo el film? La respuesta está
entre 0 y 1 dependiendo de cómo se sienta el lector sobre el triste
destino del pobre Robert Paulson. Por comparación, ¿De cuantas se
puede culpar a Edward Norton, contrapunto sobre el papel de Durden y
ejemplo perfecto de civismo? Bien, pues ni corto ni perezoso el bueno
de Norton colabora en la muerte de varios miles de personas sólo en
los 15 primeros minutos de película (Él mismo lo explica, cómo su
trabajo consiste en evaluar los accidentes mortales causados por un
problema de diseño en los coches fabricados por la empresa para la
que trabaja, pero cómo gracias a sus informes, a pesar de que es
algo que se podría solucionar con una mera llamada a fabrica para
modificar ciertos componentes, la empresa decide no hacerlo porque
dejar morir a miles de personas cada año es más rentable).
Igualmente, durante todo el primer acto, cuando asistimos a las
reuniones de autoayuda, podemos observar cómo la realidad social
aparentemente perfecta del consumismo ha generado una sociedad en la
que las enfermedades mentales como la depresión o las tendencias
suicidas se han normalizado. En otras palabras, si bien es cierto
todo lo que se critica al personaje de Durden, no es menos cierto que
la sociedad que se da a entender como normal adolece de una serie de
disfuncionalidades profundamente dañinas que se han aceptado sin
embargo como una parte inherente de la vida (el hecho de que como
espectadores nos escandalicemos cuando Durden pretende volar unos
cuantos edificios vacíos pero veamos normal que una empresa de
vehículos prefiera que miles de personas mueran calcinadas en sus
coches para ahorrarse algo de dinero es bastante significativo.)
Así
pues, después de todo este lío y de las ambigüedades deliberadas
del guión, se preguntará el lector qué demonios debe de sacar en
limpio de esta película. Bien, para responder a esta pregunta
entiendo que lo más adecuado es ir paso a paso observándola.
Durante el primer acto, vemos al narrador (Norton) describiendo lo
horriblemente aliente y emasculante de su vida como empleado de
oficina de una gran empresa. Sin necesidad de ser un lince se
aprecian aquí dos temas que luego serán una constante a lo largo de
la película, esto es , la crisis de la masculinidad y la alienación
de la sociedad de consumo. En referencia a la primera, no es baladí
que se relacione esta con el consumo innecesario de la vida americana
moderna ya que históricamente ambas están íntimamente
relacionadas. El concepto de crisis de la masculinidad surge en los
años 50 en EEUU a raíz de las transformaciones socioeconómicas de
la posguerra. El expansionismo industrial americano conlleva una
serie de transformaciones como el aumento de las exportaciones, la
creación de grandes empresas en prácticamente todos los sectores
económicos, el éxodo rural, etc. Y en este contexto surge una
generación de varones que experimentan estos cambios de primera
mano. Hombres que pasan de tener un trabajo en el que gozan de una
cierta autonomía a ser empleados asalariados en un cubículo de la
planta 55 de cualquier edificio, de ser propietarios de sus casas a
pagar un alquiler a un dueño por un piso. De poder desplazarse
libremente a ser dependientes de los horarios de transporte público
o los atascos de las calles. De producir con sus manos bienes y
servicios de valor para su comunidad a pasar horas (y años)
rellenando informes que posiblemente nadie llegaría a leer nunca).
Si bien a nivel salarial esto no supone un gran impacto, las
transformaciones económicas y el alzamiento de los trabajos de
cuello blanco como eje de la economía moderna sí suponen una
cuantiosa merma en la capacidad de autonomía laboral (baste para eso
hacer una pequeña comparativa, prácticamente todos los trabajadores
del sector siderúrgico que conozco están afiliados a algún
sindicato, pero rara vez he conocido a algún trabajador de oficina
sindicado. ¿Casualidad? No lo creo). Así pues, en aquella época la
cuestión de la crisis de la masculinidad se aborda desde la pérdida
de identidad que supone para los varones americanos la aceptación de
este nuevo sistema (máxime viniendo de la etapa del New Deal que
perseguía precisamente todo lo contrario, el empoderamiento del
pequeño-mediano propietario a través de su independencia económica,
al menos siempre que fuera blanco, pero eso ya es harina de otro
costal.) y se estudiaba desde un prisma muy diferente al actual, ya
que se temía que este sustrato pudiera poner en riesgo la capacidad
de producción y consumo del capitalismo post-segunda guerra mundial
y por ello limitar el crecimiento ilimitado que se esperaba que se
generara durante el resto del siglo (si, ha leído usted bien, en los
años 50 se consideraba que la capacidad de crecimiento económico
era potencialmente ilimitada. 4 Grandes crisis económicas después
la ingenuidad de esta afirmación es sonrojante cuanto menos.) La
respuesta a esta cuestión nos lleva directamente al segundo punto,
el papel social del consumismo en la sociedad americana (y por
extensión occidental) del último medio siglo (se que me estoy
desviando demasiado del tema, pero confíe en mí, estoy a punto de
volver a lo que nos interesa, todo esto va a tener sentido en un par
de párrafos).
Theo
Adorno (al igual que el resto de la escuela de Frankfurt) estudió,
entre otras cosas, el impacto de la sociedad de consumo en la vida
americana, llegando a la conclusión que dicha sociedad de consumo
había sido profundamente exitosa en la creación de un sistema
totalitario en el que, a través del consumo masivo y de la industria
cultural (esto es, grandes empresas creando contenidos culturales y
de ocio que refuerzan la alienación social, moldean la idiosincrasia
de la población y reducen la capacidad de crítica social de sus
consumidores, como por ejemplo, cualquier película hecha por Disney o sus
filiales a lo largo de toda su existencia) se reducía cualquier
disonancia dentro del sistema. Siguiendo este análisis Alvin Roffer
crearía en los 80 el término "Pronsumer" (traducido
castizamente como "pronsumidor" lo cual, lamento decirlo,
suena como un crimen al castellano) refiriéndose a cómo este modelo
económico ha creado una gran masa de individuos en los cuales la
linea entre consumidor y productor están totalmente desdibujadas y
en las que consumir es un acto tan importante como el de producir (ya
que el uno no puede existir sin el otro) y en el que el tiempo que
una persona no está trabajando sigue siendo parte de la rueda de la
economía a través de un ocio que está igualmente mercantilizado,
mientras que este consumo permite al individuo crear una identidad
propia al suplantar mediante el consumo otras estructuras
identitarias cada vez más erosionadas (¿Que cada vez existen menos
unidades familiares como tal o que debido a la globalización el
concepto de identidad nacional está más diluido que nunca y eso le
causa al individuo una crisis existencial? No importa, ya que ahora
por el módico precio de 899 € puedes comprar un Iphone y
pertenecer a la familia/nación de Apple! ¿¿¿No es genial??? Eso
sí, buena suerte tratando que la familia Apple te apoye si tienes
depresión o te cuide cuando seas viejo/a.) La tesis de Adorno era
que este sistema, a la postre, eliminaba en muchos sentidos la
capacidad personal de decisión y encuadraba a grandes cantidades de
personas dentro de un sistema inflexible al cual la voluntad
individual se ve supeditada. Quizá lo más interesante sería su
observación de cómo a diferencia de lo que pasa en sistemas
autoritarios tradicionales, no es necesaria la existencia de ningún
tipo de coerción en acto o potencia como podría ser en caso en un
régimen totalitario, sino que esta es ejercida en buena medida por
el propio individuo, que se autovigila y se modela a si mismo para
encajar en dicho sistema, dándose así la paradoja que una
aparentemente menor opresión externa por parte de los poderes
políticos y sociales conlleva una mayor opresión interna del propio
individuo. Posteriormente, Foucault reciclaría parte de estas ideas
para su archiconocida teoría del Panóptico (sí, empezar hablando
de una peli de Brad Pitt y terminar hablando de Foucault, cosas que le
pasan a uno.)
Volviendo
a la película en si misma, si analizamos todo el primer y parte del
segundo acto nos encontraremos con una acertada representación de
estos elementos. Así, el narrador, Edward Norton, busca a través del
consumismo más superficial y vacío una fórmula para conformar una
identidad propia. Lamentablemente, esto no hace sino lo contrario,
aumentar su crisis existencial ya que el propio Norton, como buen
pronsumidor (madre mía, odio esa palabra) necesita de estar en un
constante ciclo de vacío existencial que alimente su consumismo y, a
la vez, su dependencia de su trabajo de chupatintas de cuello blanco
haciendo informes inútiles sobre cómo los coches de su empresa
calcinan vivas a las personas que tratan de conducirlos, acrecentando
así su sentimiento de alienación y su necesidad de seguir
consumiendo para llenar el vacío que... bueno, creo que se ha
entendido. La erosión de roles tradicionalmente masculinos (roles
que, casualmente, no encajan demasiado bien con el capitalismo
pos-segunda guerra mundial como ya hemos visto) y la paradoja que se
da al vivir en una sociedad en la que no sólo se interrelaciona esta
crisis de la masculinidad con la pérdida de libertad ante la
sociedad de consumo sino que también existe una penalización social
por el abandono de tales roles tradicionales es lo que de alguna forma define la angustia de unos personajes que se ven al mismo tiempo fagocitados por un sistema en el que su identidad se desdibuja sin que dicho sistema sea capaz de proponer alternativas a la formación de su identidad de manera constructiva y no mercantilizada. Si bien los ejemplos de
esto en el caso de Norton son sutiles y en parte interpretables, son
mucho más evidentes en el caso de Robert Paulson (del que ya hemos
hablado dos veces a pesar de que sólo tiene 5 minutos de metraje en
toda la película, demostrado que es cierto eso de que no hay roles
menores, sólo actores mediocres, y el bueno de Marvin Lee Aday no es
uno de ellos) el cual, mientras cumplía con los roles masculinos
tradicionales (era un boxeador profesional, pocas cosas se me ocurren
que encajen más con la definición tradicional de hombre) gozaba de
una buena posición social, familiar y económica, pero una vez que,
a causa de una enfermedad, abandona estos roles, pierde su fuente de
ingresos y, al no poder cumplir su rol tradicional de hombre
proveedor, es abandonado por su familia y rechazado por la sociedad
(lo cual me recuerda un dato estadístico muy interesante, en EEUU es
estadísticamente más probable que un divorcio ocurra por problemas
de dinero que por una infidelidad de alguna de las partes, pensemos
qué dice eso de nuestra sociedad por un minuto... bien, sigamos.)
Llegados
a este punto, hace acto de aparición nuestro amigo Tyler Durden, y
si lo observamos con atención, este se define por oposición a
prácticamente cualquiera de las características que definen al buen
pronsumidor (me odio a mi mismo cada vez que uso esa palabra, lo
juro). Es propietario de una gran casa que carece de muchas mejoras y
comodidades modernas, tiene un trabajo artesanal (fabricando jabones)
en el que él conserva toda la plusvalía, reniega de cualquier tipo
de consumo, sobre él la publicidad no tiene ningún impacto. Durante
el primer tramo de la película, Durden se presenta como un
carismático amigo que a través del cuestionamiento perpetuo de las
normas sociales, lleva al narrador en un viaje de autodescubrimiento
en el cual el Club de la Lucha como tal sirve como catalizador para
que el personaje de Norton se cuestione la validez del sistema en que
ha estado viviendo y, lo que es más importante, le de algo que dicho
sistema no podía darle, el sentimiento de pertenencia a un grupo y
una identidad con la que llenar su vacío existencial. Tras años
comprando mierda de Ikea, por fin su vida adquiere un significado con
algo tan básico como romperle la cara a Jared Leto. Lamentablemente, si
la película terminara ahí evidentemente estaría incompleta, y en
la segunda parte descubrimos que Durden está creando una milicia
terrorista de corte fascista (y como buen historiador, "Fascismo"
no es un término que use a la ligera, cuando lo uso lo hago con toda
la intención.) con la que pretende crear una serte de revolución,
el "Proyecto Mayhem".
Se
reconocen en Durden numerosos rasgos del autoritarismo fascista, como
pueden ser el hipermilitarismo apoyado en mensajes que llevan a la
exaltación y a la actuación cortoplacista e inmediata, el uso
genérico de la violencia como herramienta política (toda realidad
política tiene un trasfondo de violencia más o menos potencial,
incluido el benévolo estado del bienestar por ejemplo, pero en el
caso del fascismo es destacable el peso que adquiere esta violencia
en acto y como herramienta ordinaria.) el culto a la personalidad del
líder, el cual tiene una autoridad superior a cualquiera de los
organismos del movimiento en cuestión (a diferencia de lo que ocurre
en otros sistemas autoritarios, como la URSS, en la cual líderes
como Kruschev o Breznev estaban en buena medida supeditados a
organismos generados por el propio sistema, como el KGB o el propio
partido.) Esta descripción, evidentemente, encaja a la perfección
con Daenerys Targary... perdón con Tyler Durden (lo de Danny y el
fascismo ya lo hablaremos en otra entrada que también tiene mucha
tela que cortar) y por lo tanto genera una interesante paradoja:
¿Cómo puede ser que el individuo que venía a liberarnos de un
sistema opresivo termina, a la poste, creando su propio sistema
opresivo en el que la libertad individual termina tan aplastada que
ni sus miembros conservan su nombre?
Para
dar respuesta a esto, no hay más que mirar a una interesante
metáfora que es fácil que pase inadvertida (yo únicamente la
descubrí gracias al brillante vídeo de Youtube que el canal
Wisecrack hizo de esta peli, link al final) pero que da sentido a
toda la obra. Al principio somos introducidos a un grupo de autoayuda
hombres que han sido castrados por una cuestión médica y que a
causa de ello han perdido a sus parejas y familias, su posición
social, su salud mental, etc. A un nivel más amplio, lo que vemos
son hombres que a través de la sociedad moderna han sido
emasculados, con todas las consecuencias negativas a nivel social y
personal. Durante el tramo final de la película, Norton es amenazado
numerosas veces por los miembros del proyecto Mayhem con ser
literalmente castrado si se opone a sus planes. ¿Nota usted el
detalle? Ambos sistemas, la sociedad de consumo y la milicia de
Durden, terminan resultando profundamente castrantes con todas las
consecuencias inherentes a ello, porque en ello se basa precisamente
la anulación del individuo, la supresión de la capacidad de ejercer
un criterio individual y, por lo tanto, la supervivencia de dicho
sistema. Y a la postre, de una forma u otra, ambos sistemas se
alimentan de eso, de individuos que sistemáticamente rechazan su
individualidad (bien sustituida por el mero consumismo bien
abandonádola a cambio de la pertenencia a un grupo). Ambas realidades
llevan a una inexorable conclusión, la destrucción del individuo.
Si
Tyler Durden resulta particularmente atractivo para una parte de la
audiencia se debe a que su carisma y sus mecanismos de atracción,
como buen líder autoritario, funcionan extremadamente bien y, por otro
lado, porque su acertada crítica al sistema del capitalismo tardío,
el cual ha logrado exitosamente apropiarse de la mayoría de
corrientes antisistema para, generando una ilusión contestataria,
convertirlas en movimientos absolutamente inocuos, cala a la
perfección en una generación post Gran Recesión que ha visto la
cara oculta de la sociedad de consumo y el "crecimiento
ilimitado". No ayuda la polisemia temática de algunas partes de la película (por ejemplo el monólogo de "somos una generación
de hombres criados por mujeres" el cual no ha de entenderse de modo
literal como una crítica misógina, sino más bien como una
reflexión sobre la confrontación entre masculinidad tradicional y
capitalismo moderno.) o que esta crítica a veces sea ladina y se
esconda en los detalles (la adorable escena en la que Durden y el
Narrador van por la calle destruyendo retrovisores de coches y si
bien deciden perdonar a los vehículos de clase obrera descargan su
furia contra un "New Beatle", símbolo del postureo de los
90 y producto de una despiadada mercadotecnia que mercantiliza hasta
nuestra nostalgia.). Los mecanismos que hacen que una parte
importante de la audiencia de la película adopte a Durden, a pesar
de que sus acciones claramente le hacen ser un antagonista, como un
héroe, son los mismos que llevan a que grandes grupos de personas
apoyen a líderes autoritarios, siendo quizá el éxito de Durden
entre los usuarios de Reddit el más evidente ejemplo de "Ley de
Poe". Paradójicamente, la crítica irreflexiva hacia el
personaje de Pitt causa en ocasiones pasar por alto lo profundamente
tóxico que a varios niveles presenta la sociedad que habitualmente
se considera como "normal".
Y
entre medias se encuentra el personaje del Narrador interpretado por
Norton. Al igual que el espectador, se encuentra entre el rechazo la
opresiva, anularte y destructiva vida como un pronsumidor (gracias a
dios que esta es la última vez que uso este palabro) y la oposición
al autoritarismo militarista y terrorista de Durden, que pretende
destruir la sociedad para, patológicamente, crear un sistema igual
de opresivo para el individuo. Así que quizá, sólo quizá, en
lugar de debatir sobre quien es el bueno y el malo y cual de las dos
castraciones es más deseable, entender esta película implique
reflexionar sobre cómo independiente de sus características
exteriores, cualquier gran sistema social siempre va a tender a
aplastar al individuo y por lo tanto este ha de estar intelectual y
físicamente preparado para cuestionarlo (hasta en las cuestiones más
sacrosantas, que a la larga tienden a ser las más problemáticas) ya
que en eso radica su mera supervivencia como individuo.
O
quizá yo esté equivocado también y la interpretación sea otra, al
fin y al cabo eso es lo genial de las películas, pueden significar
una cosa diferente para cada persona que las vea...


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